Poco revuelo ha suscitado la confesión de Iván Redondo sobre el propósito de Sánchez de acelerar la plurinacionalidad para 2028. Esto ya no escandaliza porque solo es uno más de los varios golpes en marcha.
Habría uno que no es golpe como tal, pero que hace imposible darle prioridad a otra cosa; es el golpe al poder adquisitivo del español o sea, el empobrecimiento galopante.
Este es el principal. Luego está el mencionado golpe separatista-federalista, que ya ni siquiera es el urgente.
En el sentir de la gente estaría antes el institucional sanchista, no por la vía tejeril clásica sino desde dentro, corrompiendo las instituciones hasta controlarlas en farsa electoral. Este golpe se intuye como una posibilidad acuciante.
Y hay otro de tipo económico, la cara venezolana del anterior: el aumento de la proporción de población dependiente del Estado, cautivos de la sopa boba, quedando el resto atrapados en su sostenimiento, sometidos al infierno fiscal para alimentar, en círculo vicioso de encadenamientos, las redes clientelares que los atenazan.
Y aun quedaría otro golpe en marcha, absolutamente original. No se trata ya de pervertir el sentido de nación y nacionalidades, o de tomar el Estado reuniendo en un puño los poderes no divididos o deformando su enunciada naturaleza social, sino apuntar a un sujeto que está a la vez dentro y fuera de la Constitución, protagonista del artículo primero, a saber: «la soberanía nacional reside en el pueblo español».
El proceso consiste en transformar al pueblo, modificarlo con una entrada de millones de personas en brevísimo tiempo, algo insólito y sin justificación por guerra, catástrofe o una razón humanitaria.
La inmigración masiva y acelerada transforma el censo, sí, pero también algo más allá: transforma al pueblo, al sujeto constitucional y político. Para que esto pudiera suceder, el pueblo debía ser entendido de una determinada manera. No como una cierta realidad histórica, étnica o cultural, identitaria. «Pueblo» pasó a ser una palabra sospechosa y a entenderse solo como la suma de ciudadanos que comparten unas normas y, a lo sumo, los principios y valores que en ellas se afirman.
Esta consideración es básica para su intercambiabilidad. Es lo que permite que millones entren y salgan por motivaciones económicas («alguien tiene que hacer este trabajo»). En cierto modo, los centristas triunfaron al morir. Pierden importancia, pero se impone su visión del mundo. El impulso inmigratorio nace de lo económico, por lo oligárquico-empresarial, a través de una filosofía centrista de la ciudadanía. (El PSOE es principal ejecutor, pero ninguna de estas dos cosas son estrictamente suyas).
Convertido el Pueblo en suma de ciudadanos, ciudadanía abierta a lo cosmopolita que se confundirá pronto en una sola ciudadanía global (unidad en la diversidad), el pueblo del artículo 1 (solemne y anticuada declaración) se transforma en algo, para empezar, separado de su historia, fracturándose así el elemento identitario del término Estado-nación. Si el Estado hacía la nación, ahora la deshace.