Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.
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Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.

El juego de las apariencias

Es un lugar común en todas las sociedades: la vida social se puede entender como una suerte de continua y espontánea representación teatral. Ahora, habría que añadir la que tiene lugar delante de una cámara de televisión o equivalente, como los teléfonos móviles. El problema surge cuando los “actores” (que somos todos) nos llegamos a creer los papeles que nos toca personificar. Es una reacción general, pero, ni siquiera, la advertimos con todas sus consecuencias.

En El retrato de Dorian Grey, Oscar Wilde, maestro de la paradoja, sostiene que “solo los tipos superficiales se abstienen de juzgar por las pretensiones de los otros”. Es decir, la realidad del yo es la que se presenta, más o menos, disfrazada ante los demás. La creciente importancia que tiene la intimidad hogareña o los viajes turísticos o de vacaciones, es que, en tales circunstancias, nos podemos quitar el disfraz. El cual es tan común en el resto de los episodios.

La preocupación latente por quedar bien ante los demás, o ser bien visto por ellos, es tan general, que puede predicarse de sociedades campesinas tradicionales, tanto como de las urbanas. Con todo, hay una notable diferencia entre esos dos ambientes. En la sociedad agraria, la presión ambiental de los “otros” es la del conjunto de todo el vecindario, en el que se halla inmerso el sujeto. En la sociedad actual, esa presión del prójimo se circunscribe, más, a un pequeño núcleo de parientes, amigos, compañeros, etc., a los que el sujeto ha elegido como su “círculo íntimo”. En ambos casos, lo común es que el sujeto tienda a presentar la mejor imagen de sí mismo. Nada más natural. Solo, los locos, delincuentes y ciertos estratos exquisitos logran evadirse de la presión social descrita.

Móviles y ordenadores, tan generalizados, nos obligan a que la vida como representación teatral se extienda a muchos episodios de nuestra existencia

La literatura de todos los tiempos está llena de ilustraciones sobre el juego de las apariencias. En El príncipe, de Maquiavelo, se contiene esta admirable regla de conducta: “Todos ven lo que pareces, y pocos lo que eres”. Por tanto, hay que cuidar muchos la representación de los papeles, los que nos corresponden en el “gran teatro del mundo”. Aunque pueda parecer extraño, esos disfraces o máscaras son la realidad con la que nos exhibimos, de cutio, ante los otros. No se olvide que la palabra “persona” indicaba, originariamente, la máscara de los actores del teatro clásico.

En Los intereses creados, de Jacinto Benavente, el personaje Crispín arguye: “Nada importa tanto como parecer, según va el mundo, y el vestido es lo que antes aparece”. Es evidente que, en la sociedad actual, muchos individuos tienen la opción de elegir la ropa apropiada a cada ocasión. Es el primer indicador de lo que sigue, después, para mostrarse ante los demás con las oportunas “galas”, según la ocasión. En particular, tal interés se puede convertir en obsesión para los “personajes” que actúan, profesionalmente, delante de una cámara de televisión. Sin pretenderlo, se convierten en verdaderos “modelos” para el resto de la población, los espectadores. Son los que pueden jugar con las cámaras insertas en los teléfonos móviles o los ordenadores. Estos dispositivos, tan generalizados, nos obligan a que la vida como representación teatral se extienda a muchos episodios de nuestra existencia. Ya no es, ni siquiera, una metáfora, sino la misma realidad. No vale argüir que uno no es un actor, ni nada parecido. Ahora, ya, estamos inmersos todos en la gran farándula de la sociedad.

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