«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Director de Rius TV en YouTube. Trabajó antes en La Vanguardia y en El Mundo. Director de e-notícies durante 23 años.

El problema es el velo

15 de noviembre de 2025

El grupo parlamentario de VOX ha presentado esta semana una proposición de ley orgánica para prohibir el nicab y el burka. El nombre oficial es «para la protección de la dignidad de las mujeres y la seguridad ciudadana en el espacio público».

La propia portavoz del partido, Pepa Millán, lo anunció en la rueda de prensa celebrada en la sede de VOX el pasado martes. En la que compareció entre el portavoz, José Antonio Fúster, y el secretario general, Ignacio Garriga. Millán lamentó que, desde la llegada de Sánchez a La Moncloa, «las mujeres estamos más desprotegidas que nunca» y aludió a los «datos alarmantes» de delitos cometidos por personas de «culturas incompatibles con la nuestra».

En la exposición de motivos se remarca que «España es una de las grandes naciones históricas que han configurado la civilización europea» y que «está asentada sobre los pilares de la tradición cristiana y de la cultura grecorromana».

«Pero todos estos bienes y derechos están siendo amenazados por un fenómeno que está marcando las sociedades europeas en las últimas décadas, que es la llegada masiva de inmigrantes procedentes de otros continentes». El fenómeno ha provocado «la importación de hábitos y comportamientos ajenos a los de las sociedades occidentales».

«La llegada masiva de inmigrantes de países con fuerte influencia islamista —insiste— plantea la cuestión de cómo deben actuar los poderes públicos de las naciones occidentales como España». Incluso advierte que «una falsa noción de tolerancia» podría llevar a «la progresiva normalización» de estos hábitos.

También recuerda que países «como Francia en 2010, Bélgica en 2011, Austria en 2017, Dinamarca en 2018, Países Bajos en 2019 y Suiza en 2021 —mediante consulta popular—» han establecido restricciones al uso de estas prendas. O que el propio Tribunal Europeo de Derechos Humanos, en su sentencia de 1 de julio de 2014 —el denominado caso S.A.S. versus Francia—, declaró que este tipo de medidas podían tener “una justificación objetiva y razonable».

En resumen, propone —en un artículo único— la «utilización en el espacio público de los velos denominados nicab y burka». El nicab, para entendernos, solo deja ver los ojos. El burka ni siquiera eso. Los ojos permanecen ocultos detrás de una rejilla. Es propio de los regímenes islámicos más rigoristas, como, por ejemplo, Afganistán.

Pero que conste que yo he visto nicabs ya por Barcelona. Incluso por el Paseo de Gracia, la vía más exclusiva de la ciudad. En este caso, sospecho que eran turistas alojadas en alguno de los hoteles de lujo de la zona. Iban con un nombre. Lo que no sé es si todas eran sus esposas. Y en el Raval, o sus aledaños, no es extraño toparse con alguno. Un día en la estación de Sants subió una delante de mí. Menudo susto. Iba de negro de arriba a abajo. No se le veían ni los brazos. A pesar de que era verano.

Supongo que la propuesta legislativa acabará en saco roto. Cosa que deben saber hasta los diputados de VOX. Previsiblemente, la mayoría gubernamental —si todavía existe— votará en contra. Aunque es curioso que lo haga un gobierno —y unos socios parlamentarios— que se definen como «feministas».

Incluso, probablemente, tampoco contará con el voto del PP. A pesar de que, aparentemente, está endureciendo su posición sobre la inmigración. Sobre todo a medida que detecta fuga de votos por su derecha. Tampoco, Junts, aunque le pasa lo mismo. Yo no estoy a favor, excepto en casos como estos, de las prohibiciones. Atenta contra mi alma liberal. Pero me temo que la proliferación no solo de nicabs y burkas —las piezas más extremas— refleja una creciente islamización de nuestras sociedades.

Lo que pasa es que el problema no es el burka y el nicab, al fin y al cabo minoritarios: el problema, en el fondo, es también el velo islámico. Las mujeres musulmanas ya no van solo con un pañuelo en la cabeza, sino con hiyab, que solo deja ver el rostro.

En cierta medida es una manera simbólica de marcar territorio. Lo que se oye en la calle: «Cada vez hay más». Recientemente, dos profesoras como Elena Ramallo y Sonia Sierra abrieron el debate de qué hacer en los centros escolares ante su proliferación entre adolescentes.

Ahora es muy complicado hacer nada. Esto habría que haberlo hecho al principio. Recuerdo que, en el 2009, en un instituto de la localidad de Mollerussa (Lérida), los alumnos plantearon una protesta ante la aparición de los primeros velos en las aulas.

Si ellas iban con velos, ellos irían con gorras. Nada más justo. Pero profesores buenrollistas les hicieron desistir de su petición. Se perdió una oportunidad de oro para remarcar una de las bases del Estado de Derecho: todos son iguales y la escuela pública, en España, es aconfesional. Tanto batallar algunos para sacar los crucifijos de las escuelas —y que conste que yo estaba a favor— para permitir luego entrar los velos islámicos que, al fin y al cabo, también son un símbolo religioso.

El velo es una manera de decir que las mujeres que no lo llevan son «impuras». La cuestión de fondo es que ninguna de los que lo lleva —y seguramente sus familiares y hasta sus hijos— se integrará nunca. ¿Cómo hemos dejado entrar a tanta gente?

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