Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.

El virus que vuelve loco

El coronavirus que vino de China no afecta por igual a las personas normales y a los políticos. Mientras que a la mayoría daña primordialmente a los pulmones, a nuestros dirigentes les afecta el cerebro. Carentes de sentido común, la vista nublada e incapaces de hacer memoria y corregir sus errores, la locura acaba por apoderarse de ellos. Y los locos sólo pueden producir locuras. Mientras que hay líderes que elevan a la sociedad y luchan porque no sea el miedo lo que rija nuestros destinos colectivos y personales (léase Trump, Bolsonaro o López Obrador), hay otros, como los que sufrimos en nuestra querida España, que sólo saben alimentar el temor en la población como la única forma de imponer su ideario político. Los medios de comunicación tradicionales, convertidos en voceros del poder y no en su contrapeso, tampoco ayudan. Por ejemplo, no hay día que salten las alarmas por el número de nuevos infectados. ¿Pero es ese el indicador adecuado para dar cuenta de la verdadera dimensión y gravedad de la pandemia?  ¿Alguien podría decirnos cuántos contagios hubo en marzo y abril cuando sanidad era incapaz de hacerse con los test PCR? Es difícilmente imaginable que fueran más bajos que en la actualidad. Y, sin embargo, la imagen que se proyecta es que vamos camino del apocalipsis.

Si hay una lección que sacar de los meses de confinamiento que padecimos porque los gobiernos no sabían qué hacer, encandilados como estaban con los problemas del medio ambiente o criminalizar los piropos, es que el encierro de la población no vence al virus, sólo gana algo de tiempo. Apenas ha habido frontera temporal entre las mal llamadas primera y segundo ola. Y por mucho que se critique a países como Suecia o Estados como Utah o Arkansas, donde no se impuso confinamiento alguno, ninguna serie numérica de marzo hasta ahora prueba irrefutablemente que los encierros colectivos son superiores en resultados a otras medidas de prevención menos dañinas. Basta con mirarnos a nosotros mismos y la pésima gestión del gobierno con la trágica complicidad de buena parte de la oposición, para saber que no somos el ejemplo de cómo combatir el virus.

Ahora que la supuesta segunda ola ha vuelto a sorprender a todos nuestros gobernantes, nacionales y autonómicos, y que los sueños de contar pronto con una vacuna eficaz se disipan por momentos, nuestros dirigentes vuelven sus ojos para calcar lo que otros líderes de nuestro entorno -que a su vez no tienen ni idea sobre qué hacer- están decidiendo y se sacan de la chistera políticas como la nueva Ley Seca y el militarista toque de queda porque nada más se puede hacer para “romper el ciclo de infección”, que es la frase que ha sustituido aquello de “doblegar la curva”. Y mientras, el paro sigue aumentando, el PIB sigue cayendo y la gente continúa muriendo. Y seguirá muriendo porque mientras no haya una vacuna, el contagio es posible y el agravamiento de las condiciones será inevitable, al menos para determinada franja de edad y para personas con ciertas patologías previas. Pero nunca en la Historia se ha mandado a las leproserías a enfermos y sanos por igual. Que es lo que han hecho muchos gobiernos ineptos porque es la mejor fórmula, no para sanar, sino para acrecentar su poder. El caso español es sangrante en este sentido, con una izquierda llevando aceleradamente adelante su agenda totalitaria.

Si aceptamos alegremente o con resignación nuevas restricciones a la movilidad y a nuestra forma de vida, estaremos dando un cheque en blanco para que cualquier gobierno, ante cualquier eventualidad, una gripe más letal o el Covid-23 o 30, cuando vuelva a llegar de China, cercene aún más nuestras libertades. Trump lo ha dicho alto y claro: “No dejen que el virus domine sus vidas”. No dejen que aquí un gobierno de desalmados y una oposición pusilánime domine nuestras vidas. Sólo hay que aprender lo que siempre supimos y un sistema educativo calamitoso nos obligó a olvidar. Que el mundo no es Disneylandia, que el sufrimiento existe, que el bien y el mal existen, y que el riesgo existe en todo lo que hacemos. Porque eso es la vida. Los fumadores lo saben; los conductores lo saben; los enfermos lo saben; como lo saben nuestros mayores. Es hora de madurar. Encerremos a los locos antes de que nos encierren a todos nosotros.

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