El primer trauma lo tuve hace muchos años. Fui a mejorar mi precario inglés a Cork (Irlanda). Me compré una serie sobre los Tudor. Aún había DVDs. Enrique VIII estaba interpretado magistralmente por el actor irlandés Jonathan Rhys-Meyers (1977). La serie se enmarcaba en las guerras entre Inglaterra y Francia.
Al fin y al cabo, los dos países han estado mil años en conflicto. Hasta el surgimiento de Prusia —es decir, de Alemania— como potencia continental. Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando la reina de Francia estaba encarnada por una actriz negra. ¿Una monarca de color en el siglo XVI? Imposible.
Yo, que soy un firme partidario del rigor histórico, tuve un disgusto. Me gustan los libros de historia de mil páginas. Incluidas las biografías canónicas.
Igual eran razones de mercado. A fin de cuentas, el 60% de la población de Londres es ya de raza negra. O remordimientos de conciencia, de los cuales ya hablaré luego.
Ni que decir que, desde entonces, he tenido más chascos. Mi mujer se ha enganchado, por ejemplo, a ‘La edad dorada’, otra serie de televisión que narra la vida de unas familias ricas en el Nueva York del siglo XIX. También magníficamente ambientada. Basta ver el vestuario.
Pero una de las familias es de raza negra. Cuesta creer que en la ciudad americana, apenas unos años después de la Guerra Civil, hubiese familia de color con ese nivel adquisitivo. Hasta pillé una escena en la que el protagonista, al que le pegan un tiro, lo salva un médico. De color, por supuesto. Además, hace un trabajo magistral: sutura la arteria a la perfección.
Cuando ya ha pasado lo peor, llega el médico de la familia. Blanco, desde luego. Un tío antipático y aborrecible que pone en duda la habilidad de su colega y que se queja de todo.
Hace unos años ya se puso de moda otra serie, ‘Los Bridgerton’, en la que el protagonista —muy guapo— era también un actor de raza negra. Más de lo mismo. En este caso estaba ambientada en la Inglaterra victoriana del siglo XIX. Parece inverosímil que, en esa época, hubiera familias así en el Londres de la reina Victoria.
No sé si, como decía, son razones de mercado o remordimientos de conciencia. Yo, como se pueden imaginar, me siento poco responsable de lo que hicieron nuestros antepasados en África. Aparte de que España participó poco en el reparto colonial.
Nada que ver, por ejemplo, con los belgas. El Congo era propiedad particular del rey Leopoldo II. Ahí sí que se hicieron barbaridades. Aunque dieran cobijo a Puigdemont y vayan dando lecciones de derechos humanos.
No obstante, incluso en este caso, el colonialismo obedecía a la superioridad militar, pero también tecnológica o científica, de los países europeos. Si las naciones africanas hubieran tenido un desarrollo superior, habríamos sido nosotros los explotados.
Como en el caso de Hispanoamérica. Algunos van culpando a Hernán Cortés. Sin embargo, el conquistador extremeño no habría podido derrotar a Moctezuma —con apenas quinientos hombres y una quincena de caballos— si no hubiera contado con la inestimable ayuda de los totonacas, los tlaxcaltecas y texcocanos, que estaban hasta el moño de los aztecas. No en vano estos practicaban sacrificios humanos.
Europa es capaz de lo mejor y de lo peor. Es Leonardo da Vinci, pero también Auschwitz. Yo me quedo con las palabras que escribió el que fuera ministro de Asuntos Exteriores de Israel, Sholom Ben Ami, laborista para más señas, en un artículo en El País en febrero del 2012: «Occidente afronta amenazas graves… como siempre, pero los valores de la libertad y la dignidad humanas que impulsan la civilización occidental siguen siendo el sueño de la inmensa mayoría de la Humanidad».
Es como el esclavismo. Los romanos, es sabido que lo practicaban. Pero otras civilizaciones anteriores o posteriores, también. O el racismo. Tendemos a pensar que es una cosa sola de blancos. Pero, lamentablemente, es un sentimiento humano. Como el odio o el amor. Los hay de buenos y de malos. Seguro que está extendido en todas las razas. Todo el mundo quiere estar con los de su misma piel. Incluso, a ser posible, con los de su misma clase social.