Luis Montero Trénor ha sido colaborador en medios como La Gaceta, Revista Literaria Visor, El Correo de España, La Gallina Ilustrada o Diario Ya, donde se encargó de la actualidad política hispanoamericana. Con sus relatos, obtuvo diversos galardones en España, Argentina o Uruguay; además, escribió el libro sobre fútbol histórico “Tú querías ser Juanito…Y yo driblar como Rubio” (editorial Homo Legens, 2018).

Creímos tocar lo más hondo del subsuelo al comprobar cómo el tedioso lenguaje de la corrección política ganaba terreno. Y lo ganaba hasta el punto de decidir qué ideas merecían ser arrinconadas, despreciadas, pisoteadas bajo una censura tan encubierta como eficaz. Ese nuevo tribunal de la santa inquisición progre. Después, sufrimos infartos intelectuales ante una nueva corriente de antipensamiento que controlaba y juzgaba las letras de las canciones, los tonos simpáticos de entrañables anuncios televisivos o cualquier declaración vagamente interpretable o sospechosa de apartarse medio milímetro del discurso oficial. Ideas o palabras no del todo afectas al Régimen, eran de pronto arrojadas a una hoguera donde las hordas celebraban el proceso de extinción de sonidos parecidos al disenso. Todo eran cadenas, prohibiciones, escándalo.

Algunos nos indignábamos, sí, al ver que una banda de contertulios parasitarios o de políticos amiguísimos de lo ajeno (sobre todo de los beneficios que les reportaba el esfuerzo del ciudadano medio), destruían el más mínimo amago de pensamiento. Tocaba repetir como imbéciles las consignas televisivas, y la derecha acojonada —que nunca creyó en nada, mucho menos en sí misma— aceptaba el avance imparable del absurdo .

Llegó esa hora decisiva en la cual ya no es posible exiliarse en islas rozadas por el viento o buscar refugio junto a huertos plantados por hombres de mano tranquila.

Un día llegamos a la ingenua conclusión de que las cosas no podrían ir a peor. Quien quisiera sostener el pulso a tanta infamia, lo haría con un permanente movimiento de pies sobre arenas movedizas. Estaría condenado a un implacable exilio interior.

Y si pensábamos que esto no podía empeorar fue porque ignorábamos una terrible realidad: debajo del infierno conocido había un averno mucho más profundo y sofisticado.  Nos esperaba, quién iba a decirlo, ese abismo monocolor donde hasta las interpretaciones históricas serían obligatorias o estarían prohibidas (con sanciones disparatadas para los disidentes), en los juzgados imperaría como criterio la condición biológica y sufriría censura inmediata cualquiera que tratara de poner en entredicho los sacrosantos mandamientos del catecismo progre, que todo lo contamina con su olor nauseabundo. Y entonces se dieron cuenta de que la masa tragaba con todas las aberraciones, aunque se estuviera dictando la prohibición de asistir al sepelio del padre muerto por COVID mientras colaboradores del pesebre llenaban el espacio cerrado de estudios televisivos.

Llegó esa hora decisiva en la cual ya no es posible exiliarse en islas rozadas por el viento o buscar refugio junto a huertos plantados por hombres de mano tranquila. Porque al fin y al cabo, esos lugares también terminarían siendo arrasados por furiosos vendavales. Es el momento inexcusable de comprometerse porque —ahora sí— se ha alzado un muro firme, fiable, con vocación de proteger lo innegociable frente a la barbarie que todo quiere emponzoñar.

Vivimos, por fin, el tiempo de hacerles frente, de discutirles el futuro y de mostrarles una enmienda a la totalidad. Hoy, los hijos de España exclamamos que nuestra madre -como ayer, como siempre- no se resigna a morir.

Deja una respuesta