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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

El encaje de sociedades heterogéneas

3 de noviembre de 2016

Ese es el aspecto superficial, la primera impresión, que nos producen tales sociedades a un occidental, sin intentar llegar a su verdadero sentidoCon ocasión de un reciente viaje al sur de la India me sorprendió la vitalidad económica y social del sector privado en aquellas megalópolis que contrastaba escandalosamente con la carencia manifiesta de infraestructuras, servicios y caótica organización dependiente del sector público. Junto a los más modernos edificios, centros comerciales, y unos logros científicos destacados a cualquier nivel, unas ciudades caóticas, sin aceras, ni sistemas de saneamiento, montañas de basura, vertederos inmundos por doquier, masas tiradas a la calle en un revoltijo indeterminado de riqueza y miseria, una junto a la otra, una visible falta de coherencia o cohesión social, un abandono que se traduce en una actitud estoica y templada, así como a una difusa y estrictamente necesaria interacción entre sus propios habitantes. Es como un tremendo rompecabezas de seres inconexos frenéticamente moviéndose por el siglo XXI, la mayoría con una mentalidad del siglo XII europeo, en que la más sofisticada industrialización y tecnología se superpone a una base humana y social antigua.

Ese es el aspecto superficial, la primera impresión, que nos producen tales sociedades a un occidental, sin intentar llegar a su verdadero sentido, el suyo, pues las estamos valorando en función de nuestro propio modelo de organización social, orden de prioridades y valores. Lo reducimos a un problema de carencia de interés por lo público, a una clase política corrupta, una falta de conciencia social, una administración ineficiente…

Sin embargo no nos planteamos que dichas sociedades funcionan o se organizan en función de unos esquemas de valores, principios, ideales, tradiciones y costumbres que no coinciden con los nuestros, en el fondo toda una cultura milenaria, y por tanto, donde nosotros vemos desorden, ellos contemplan una forma de desarrollo y evolución social distinta de la nuestra, y cuando aplicamos nuestra terminología a su realidad para hacer una valoración estamos en realidad ante un problema semántico, pues su forma de ver el mundo no es coincidente en temas esenciales con Occidente.

Escuchaba un discurso del Presidente de los EE.UU. Barack Obama por televisión, en el que afirmaba que nuestro problema era que teníamos que acostumbrarnos a una sociedad mundial interconectada, y tiene razón, donde se equivoca, como todos aquellos que defienden la teoría de una sociedad “multicultural”, es en confundir tal interconexión con asimilación,  o que pueda existir una convivencia pacífica entre juegos de valores y formas tan distintas de entender la vida. El que puedan dentro de un mismo conjunto social coexistir costumbres y conductas tan dispares sin que se produzcan conflictos, por simple rechazo cultural, es un ejercicio de voluntarismo que no se conforma con la realidad vivida sobre el terreno, concretamente en aquellos lugares del mundo donde tal contacto común se manifiesta, impera una dictadura colectiva, cubierta o encubierta,  y predomina claramente una de las formas o modelos de convivencia como norma general,  o bien estamos ante un modelo de estado fallido inmerso en una anarquía social como tantos del tercer mundo.

El seguir pensando que  sociedades con culturas milenarias como India o China, y sus formas de vida tan dispares, se distinguen de la nuestra exclusivamente por una cuestión  de desarrollo económico y social, y que con el tiempo su objetivo último es alcanzar un modelo  similar al nuestro, es de un paternalismo condescendiente euro centrista que como poco puede incomodar a  nuestros interlocutores asiáticos.

Juntos pero no revueltos podría ser el ideal, conocerse y respetarse mutuamente,  cada uno dentro de su esfera de influencia. No es tampoco conveniente ni aconsejable renunciar a nuestra propia historia y tradición europea, nuestras costumbres y forma de vida, conseguidas al cabo de siglos de conflictos y esfuerzas ingentes por parte de generaciones,  dejándose infiltrar por personas provenientes de otras culturas ajenas a la nuestra, sin que estas renuncien a una buena parte de sus propias costumbres.      El dramático fenómeno migratorio, alimentado por las actuales comunicaciones y la información,  es más la consecuencia de unas aspiraciones económicas y vitales por parte de una parte de la humanidad, que de un deseo real de mudarse de costumbres y cultura. Como vemos en el caso de India o China, donde hay abundancia de recursos e inteligencia entre unas elites muy aventajadas, intelectual y científicamente, en las que su modelo social prevalece.

El problema surge cuando  personas provenientes de diversos lugares del mundo pretenden instalarse en territorio occidental sin renunciar a sus formas de vida, sin darse cuenta que su propia situación de necesidad, se debe precisamente a esa mentalidad. Si trasladáramos a Occidente sin correctivos esas sociedades paralelas y permitiésemos que se instale aquí el modelo social que prevalece en sus países de origen, estaríamos generando un modelo social aberrante: una extraña mezcla de sociedad evolucionada y primitiva a la vez dominada por un gran desarrollo tecnológico  impersonal sin valores comunes parecido a esas películas de ciencia ficción tipo “Blade runner”.

De alguna forma, sin duda todavía imprecisa e inconexa, ciertos grupos de esta vieja y decadente Europa, intuyen ese modelo de sociedad que se avecina,  al que parece que ciertos intereses quieren encaminarnos desde las autoridades centrales, y sus consecuencias, la pregunta es si seremos capaces en Occidente de frenar el avance de ese modelo de mundo a lo indio o chino, o podremos seguir disfrutando de los derechos y forma de vida que se han conseguido tras tantos siglos de  conflictos y sacrificios…

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