'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.
Kiko Méndez-Monasterio es escritor y periodista. Ha sido director de La Gaceta desde 2015 hasta 2017. Madrileño de 1972. Reaccionario de siempre. Después de que sus relatos fueran premiados en distintos certámenes literarios –Camilo José Cela, Decano Pedrol, Jorge Ortúzar...– publicó una recopilación titulada Lo nuestro y lo triste y una primera novela, La calle de la luna, que Horacio Vázquez Rial celebró de esta manera: “Hay aquí un escritor de verdad. Y juro que no son muchos”. Los domingos, en Radio Intereconomía, dirige la tertulia Los últimos de Filipinas.

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Kiko Méndez-Monasterio es escritor y periodista. Ha sido director de La Gaceta desde 2015 hasta 2017. Madrileño de 1972. Reaccionario de siempre. Después de que sus relatos fueran premiados en distintos certámenes literarios –Camilo José Cela, Decano Pedrol, Jorge Ortúzar...– publicó una recopilación titulada Lo nuestro y lo triste y una primera novela, La calle de la luna, que Horacio Vázquez Rial celebró de esta manera: “Hay aquí un escritor de verdad. Y juro que no son muchos”. Los domingos, en Radio Intereconomía, dirige la tertulia Los últimos de Filipinas.

Esperar sentada

17 de octubre de 2013

Triple déjà vu en la Asamblea de Madrid, que ayer apareció por Vallecas el club de los ex presidentes de la Comunidad: Leguina, Aguirre y Gallardón, los tres en comandita para dar su parecer sobre una posible reforma electoral que no acaba de convencerles, porque el trío coincidió en que la propuesta se queda corta. El ministro de Justicia aprovechaba para desempolvar una vieja idea suya, en el más puro estilo “esto ya lo había dicho yo, pero mejor”; Leguina, por su parte, parecía el Eliot Ness de la película, cuando –en mitad del caos y la violencia de los gangsters– recibe la llamada de su esposa para preguntarle por la reforma que están haciendo en casa, y él cuelga algo perplejo al comprobar que “todavía hay gente en el mundo que se preocupa por el color de la cocina”. Y Aguirre a lo suyo, a no perder ocasión, a soltar un discurso de estadista de posguerra aunque la coloquen frente a una junta de vecinos que discute el riego por goteo.

Hace tiempo sospecho que anda todo el mundo equivocado creyendo que el referente histórico de Esperanza Aguirre es Margaret Thatcher. En realidad la presidenta del PP de Madrid en quien se fija es en Charles de Gaulle, a quien los franceses fueron a buscar en su retiro para que finiquitara la IV república –que era una estructura corrupta y obsoleta, superada por los acontecimientos– y regenerase la vida pública adecuándola a los nuevos tiempos. De Gaulle lo hizo, refundó Francia con mano de hierro en guante de hierro, y huesos de hierro también, los que le habían permitido sobrevivir a las bayonetas de la Gran Guerra. Decía el general gabacho que el carácter es la mejor virtud para los tiempos difíciles, hacía bromas con la mala puntería de la OAS –que trató de liquidarlo media docena de veces– y publicitaba lo que hoy los cursis llamarían “la marca Francia” hasta recién salido de un atentado, asegurando que era el motor de su Citröen DS el que le había sacado ileso de la emboscada. No es cierto que la OAS tirase mal, la verdad es que De Gaulle tenía baraka, esa potra providencial que le escondía de los plomazos, como la que tuvo Esperanza Aguirre en su viaje a la India, o la que le hizo salir casi pizpireta de entre los restos de un helicóptero hecho cisco. Pero Aguirre no se fija en el francés por la suerte. Y menos, por supuesto, en su proteccionismo económico. De lo que ha tomado nota es de hacer del carácter virtud, y esa postura –entre irresponsable y digna– de esperar sentada a que la nación la llame cuando la estructura no aguante más.

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