Los perdedores de la globalización logran una victoria rotunda en Bruselas. El Parlamento Europeo paraliza el acuerdo Mercosur-UE y el triunfo será histórico si la Justicia comunitaria lo tumba para siempre. No serán pocas las presiones para el juez ponente que resuelva el contencioso. Encima de la mesa tiene nada menos que refrendar que Occidente ha virado al proteccionismo, una verdad irrefutable proclamada durante años en calles, urnas y parlamentos, desde el Brexit a Trump, desde las dehesas de Extremadura hasta la Grand Place.
Es la primera vez que una mayoría del Parlamento consulta al TJUE la legalidad de un acuerdo internacional que nuestros agricultores, ganaderos y pescadores han explicado mejor que nadie en sus pancartas y eslóganes. El genio español siempre aparece cuando las élites traicionan al pueblo: «Sin el sector agropecuario tu frigorífico servirá de armario» / «España se recuperará con el campo, no contra el campo» / «Un litro de gasóleo 2 euros… que lo sepa el mundo entero, el chiringuito de Montero se lleva tu dinero».
Antes que cualquier politólogo, nuestros hombres de manos encalladas y piel tostada bajo largas jornadas al sol han demostrado la estafa que supone llamar libre comercio a que la clase política inunde nuestros supermercados de productos extranjeros a menor precio. A que frutas, carnes y verduras no hayan pasado los mismos controles de calidad que exigen a los nacionales. O a subvencionar el campo marroquí con fondos europeos.
El ataque al sector primario y la deslocalización han empeorado las condiciones de vida de millones de trabajadores, antes anclados a la seguridad de un mundo rural e industrial al que la globalización ha declarado la guerra.
Hay, sin embargo, algo que no estaba en el guion. Una nueva e inesperada clase proletaria se suma al sector primario. Jóvenes con licenciatura e idiomas compartirán muy pronto pancarta con las gentes del campo. Tales son hoy los desheredados del sistema. España ostenta el récord en paro juvenil en Europa al tiempo que hace la vida imposible a quienes nos dan de comer. Ambos, jóvenes y agricultores, harán pinza frente al enemigo común que estrangula nuestra soberanía alimentaria mientras importa mano de obra barata y exporta talento nacional. El sistema levanta barreras a los jóvenes mejor preparados y las elimina para los productos extracomunitarios. Destruye la clase media, se lleva las fábricas al tercer mundo para abaratar costes, subvenciona el regadío marroquí y reemplaza nuestra población. Díganme si esto no es conspirar contra nuestro futuro.
Nietzsche decía que la historia avanza con pasos de paloma, quizá porque no conoció el siglo XXI, donde en un mes ocurren más cosas que en una década. Este abrupto cambio de agujas es imperceptible para esas élites cuya miopía les impide ver las transformaciones que laten en Occidente desde la gran crisis de 2008 y el «fin del mundo» de 2016.
Este siglo no lo explica el eje izquierda-derecha y el paradigma es la votación que frena el acuerdo Mercosur. A un lado, los partidarios de las soberanías nacionales; al otro, los entusiastas de una gobernanza mundial. Igual que no hay una sola patronal que esté en contra de la inmigración masiva tampoco hay ninguna asociación de agricultores o ganaderos a favor de Mercosur. Estas son las verdades de nuestra época.
A estos cambios Europa llega fabricando taponcitos diabólicos en las botellas de plástico y levantando molinos de viento tras años de ataques a la energía nuclear, a la que habían condenado los mismos chamanes que ahora dicen que los trenes descarrilan por culpa del cambio climático.
No es de extrañar que Trump advierta que Europa se está autodestruyendo. China fabrica los molinos de viento. China no tiene ningún parque eólico. China se los vende por una fortuna a los tontos de Europa. China gana. Europa pierde.
Lo ha dicho en el Foro de Davos, rompeolas del mundo de ayer y el de mañana. Sánchez, delfín del primero, pide el control total en las redes sociales para combatir la desinformación (sic) y el discurso de odio (sic). Un día antes la decrépita Comisión Europea aprueba una estrategia contra el racismo. Ni una palabra sobre la cristianofobia en Europa o el genocidio en Nigeria. Ni un recuerdo a Iryna Zarutska, la chica ucraniana cosida a puñaladas hasta la muerte.
Claro que tampoco podemos esperar mucho del Gobierno de Bruselas ni de Davos, alfombra roja de la hipocresía de las élites. Por ella también desfiló Katy Perry de la mano de Justin «sojas» Trudeau para concienciarnos sobre el medioambiente. La cantante sabe de lo que habla: viajó al espacio en abril a bordo del cohete New Shepard, que emite hasta 75 toneladas de CO2 por viaje, es decir, como si un coche diera la vuelta al mundo quince veces. Por supuesto, la culpa del cambio climático es del agricultor subido al tractor o de Manolo de Getafe, que usa el coche para ir al trabajo en la otra punta de Madrid.
PD: 21 de enero: el PP vota a favor de Mercosur en el parlamento europeo. 22 de enero: el PP, con el culo al aire y elecciones a la vuelta de la esquina en Aragón y Castilla y León, pide que se paralice el acuerdo.