«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Carlos Marín-Blázquez (Cieza, 1969) es profesor de literatura, escritor y columnista. Ha publicado hasta la fecha dos libros de aforismos ('Fragmentos y Contramundo'), un volumen de relatos ('El equilibrio de las cosas') y una recopilación de artículos ('Una escala humana'). Su último libro es 'Arraigo', un ensayo publicado por CEU Ediciones y que obtuvo un accésit en la segunda edición del Premio Sapientia Cordis. Periódicamente, sus columnas aparecen en diversos medios digitales.

Ha de haber una reacción

31 de octubre de 2025

Para destruir una sociedad primero se necesita desacreditar sus símbolos. Los símbolos funcionan como catalizadores de las energías colectivas. Son un factor primordial de movilización. No importan tanto por sí mismos como por el universo de significados al que remiten. Ellos son el emblema de las aspiraciones comunes y, a la vez, la representación material de un orden enraizado en la historia.

Los símbolos actúan como un elemento de cohesión. Mantienen a un pueblo unido alrededor de una cierta idea de sí mismo a la que solía denominarse identidad. No se trata de una idea compacta y definitiva, es decir, dada de una sola vez y para siempre. Pero sí resulta lo bastante sólida y abarcadora como para que todos los que se sienten concernidos por ella se reconozcan miembros de una misma realidad. Partícipes, en suma, de un espíritu común.

Tener identidad implica, por tanto, la capacidad de aunar esfuerzos. Más allá de los intereses utilitarios y el legítimo deseo de prosperidad material que motiva a las personas, la identidad es el combustible con el que una nación logra proyectarse hacia el futuro. Así pues, ¿quieres arruinar a una nación, desmoralizar a sus ciudadanos, corroer los lazos que los unen? Empieza por atacar sus símbolos. Porque en los símbolos y en su capacidad de influir sobre los estratos más hondos de la emotividad humana se encierra buena parte de la confianza con la que una nación hace frente a sus desafíos.      

En España, los símbolos que representan su identidad han sido objeto de un ataque sistemático a lo largo de los últimos tiempos. No vale la pena utilizar el breve espacio de esta columna para ilustrar esta realidad con ejemplos concretos. Pero sí cabe recordar quiénes han sido sus artífices: unas élites moralmente putrefactas que detestan al pueblo al que dicen representar. Entre todos (políticos de inteligencia raquítica, dueños de grandes medios de comunicación, intelectuales orgánicos, parásitos de la cultura subvencionada) han ido abrasando la fina capa de tejido simbólico que recubre la piel de una colectividad. Su intención ha sido crear una masa de individuos dóciles, a los que se les induce a que se avergüencen de su legado espiritual y cuyo vacío interior se rellena con la alfalfa ideológica que les suministra el gigantesco sistema de propaganda que, a todas horas, desde la cuna hasta la sepultura, modela su existencia. 

Una vez logrado ese objetivo, ¿qué nos queda? Una nación sin rumbo ni proyecto, carente de ambiciones; una sociedad empobrecida y resignada a su propia extinción; un paisaje diario arrasado por la discordia; un Estado que vampiriza fiscalmente a una cada vez más exigua clase trabajadora; una juventud sin perspectivas de futuro y que en muchas ocasiones ha tenido que abrirse paso en el mundo desde la problemática matriz de unas familias rotas.  

Ahora vivimos inmovilizados alrededor del sentimiento de desolación que se desprende del presente panorama. Nuestras energías se agotan en una contemplación cada vez menos indignada de la debacle, porque nuestra capacidad de sorprendernos disminuye en la misma medida en que se agiganta nuestra sensación de impotencia. Nuestros símbolos ya no nos dicen nada, los hemos dejado caer, y con ello se ha abierto la veda para la degradación de las instituciones, la corrupción de la clase gobernante, el deterioro galopante de los servicios públicos o la marea migratoria sin orden ni control.  Mientras, otras naciones han actuado justo en sentido contrario, y en un mundo globalizado como el que habitamos esa circunstancia nos condena a penurias futuras cuyo alcance todavía no somos capaces de prever.

Y, sin embargo, ha de haber una reacción. Porque la vida exige esperanza, un deseo de continuidad y perfeccionamiento. Ninguna sociedad es posible si renuncia a la esfera de los ideales que la elevan sobre el suelo de sus propias carencias. Y los ideales necesitan un cuerpo de símbolos en los que encarnarse y a partir de los cuales dotar de un sentido concreto al esfuerzo de vida en común. Quienes se han dedicado a destruirlos sabían muy bien lo que hacían. Mataban nuestra identidad. Nos convertían en siervos de sus intereses privados. Hacían de nosotros un rebaño de ovejas asustadizas y manipulables. En definitiva, prolongaban una agonía que sólo acabará en el instante en que recuperemos la conciencia de que existe una senda alternativa al camino que conduce hacia la nada. Si es que para entonces ya no es demasiado tarde.    

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