«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Santanderino de 1965. De labores jurídicas y empresariales, a darle a la pluma. De ella han salido, de momento, diez libros de historia, política y lingüística y cerca de un millar de artículos. Columnista semanal en Libertad Digital durante once años, ahora disparo desde La Gaceta. Más y mejor en jesuslainz.es

Hinchas antitrumpistas

5 de enero de 2026

No me voy a permitir la frivolidad de emitir un juicio sobre la intervención estadounidense en Venezuela porque ni tengo suficiente conocimiento sobre ello ni tampoco me interesa demasiado. Confieso que los numerosos y gravísimos problemas que tenemos en España me preocupan bastante más que quién gobierne en aquel país caribeño. Pero lo que sí me parece interesante es la supuesta excepcionalidad del caso y la furia con la que, como era previsible, lo ha recibido la izquierda española en bloque.

En primer lugar, lejos de ser una novedad, la intervención del ejército estadounidense para capturar a Maduro es sólo otro episodio de lo que viene sucediendo desde que aquellas republiquitas fallidas se emanciparon de España. Enemistadas entre ellas, gobernadas salvo pocas excepciones por corruptos inútiles, desorganizadas y caóticas hasta el esperpento, llevan dos siglos bajo la tutela de la gran potencia continental. El concepto «república bananera», acuñado a principios del siglo XX para definir aquellos estaditos en los que las grandes compañías yanquis hacían y deshacían a placer, no se lo ha inventado Trump. En las últimas décadas cabría recordar la invasión de Granada por Reagan en 1983 con el propósito de frenar la influencia soviética en el Caribe tras varios golpes de Estado comunistas; y la más parecida a la actual situación de Venezuela: la invasión de Panamá por Bush I en 1989 con el objetivo de derrocar y detener al general Manuel Noriega, reclamado en Estados Unidos por crimen organizado y tráfico de drogas.

Segundo error: la hinchada izquierdista identifica al Partido Republicano con el imperialismo y el belicismo, pues no en vano es de eso que se llama derecha, y al Demócrata con el pacifismo y el respeto al derecho internacional, pues no en vano es de eso que se llama izquierda. Sin embargo, basta un somero vistazo a la historia para comprobar que ese esquema maniqueo no responde a la realidad ya que ambos partidos se reparten las responsabilidades bélicas.

Por ejemplo, el presidente que, contra todas sus promesas electorales, hizo lo posible por entrar en la Primera Guerra Mundial con las muy discutibles excusas del Lusitania y el telegrama Zimmerman fue el demócrata Wilson, el mismo que ordenó intervenciones militares en República Dominicana, Haití, México, Cuba, Nicaragua, Panamá y Honduras. El que dio nombre al programa que establecía el apoyo militar en todo el mundo a los países que se opusieran al avance del comunismo y metió a su país en la Guerra de Corea fue el demócrata Truman. Y el que lo sacó, el republicano Eisenhower. El que comenzó a preparar la intervención en Vietnam fue el demócrata Kennedy, y el que, a partir del manipulado incidente del Golfo de Tonkin, declaró la guerra fue el demócrata Johnson. Y el que decidió ponerla fin, el republicano Nixon. El que intervino en Yugoslavia en 1999 fue el demócrata Clinton. El que hizo lo mismo en Siria fue el demócrata Obama, también continuador de la de Afganistán comenzada por Bush II. Y, como admitieron posteriormente ministros de Adolfo Suárez como José Manuel Otero Novas, los Estados Unidos del demócrata Carter forzaron a España a entrar en la OTAN con la amenza de que, en caso contrario, apoyarían la independencia de las Canarias.

A pesar de todo lo anterior, la hinchada izquierdista española brama ante cualquier movimiento exterior de un gobierno del malvado Partido Republicano y guarda ensordecedor silencio cuando el responsable es un gobierno del benéfico Partido Demócrata. Y la hinchada derechista suele hacer más o menos lo mismo, pero al revés.

Un ejemplo patrio todavía no lejano y en este caso, ajeno a asuntos americanos: si el gobierno al que le tocó lidiar con el hundimiento del Prestige hubiese sido del PSOE, no habría existido la furiosa campaña del Nunca Máis.

Las masas, tanto las de un lado como las del otro, no son ni justas, ni lógicas ni coherentes. No se adhieren a un ideario político, sino a una fidelidad visceral similar a la de los hinchas de los equipos de fútbol. Y estas lamentables adhesiones incondicionales seguirán funcionando hasta que se extinga el último pitecántropo dentro de muchos o pocos siglos. Porque el hombre-masa no se rige por la razón, sino por los eslóganes impulsivos de la hinchada a la que pertenezca por instinto. Tiene poco en común con un ser racional y mucho con los perros de Pavlov. 

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