«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

Humo y espejos

16 de marzo de 2026

Se supone que el tipo más insoportable de escéptico es el que ve por todas partes cortinas de humo, el que detecta en toda noticia una trampa y en todo anuncio un truco de prestidigitación, humo y espejos. Pero hoy voy a superar incluso a ese sujeto cansino hasta el aullido: no creo en las cortinas de humo.

Vienen a ser como el fascismo, e igual que todos somos el fascista de alguien, inevitablemente, lo que para unos es lo fetén, el verdadero objetivo de los que mandan, para otros es la cortina de humo, y viceversa. Es hasta generacional, que he observado que los de mi quinta y mayores tienden a ver trampantojos en lo que los millennials consideran lo esencial y verdaderamente peligroso.

Pero no hay verdaderas cortinas de humo. Con esto no quiero decir que el gabinete de «spin doctors» de Hacendado de Sánchez, un poner, no se devane los sesos a la búsqueda de alguna iniciativa o denuncia que logre distraer la atención del personal de una u otra novedad judicial que siga cercando a su señorito. Pero lo que sacan no llega a cortina ni a velo de beata, y es, más que humo, vapor de agua. No distrae a nadie, son pases de pecho que el morlaco de la opinión pública ignora olímpicamente.

Eso es lo que me alarma, que la gente denuncie como mera distracción lo que es política de alcance, simplemente porque parezca absurda o mezquina.

Y si no creo en la cola que mueve al perro, por hacer referencia a una película en la que un presidente norteamericano envuelto en un escándalo se inventa una guerra para desviar la atención, es porque creo que la teoría ya no funciona. Me explico.

Supuestamente, el escándalo programado, la declaración altisonante o la iniciativa chusca preparada en la cocina del poder tendría por objeto alejar la mirada del personal de la noticia real, negativa para el gobierno.

Pero miren a su alrededor —o en un espejo— y tendrán que convenir conmigo que al público de hoy se le distrae con un vídeo de gatitos suficientemente viral. Somos una sociedad con TDAH terminal, diagnosticable; un pueblo que vive con un dedo siempre deslizándose sobre la pantalla del móvil, que salta de una novedad a la siguiente con movimientos espasmódicos. Si quieren que el pueblo olvide lo que hoy le indigna y le hace gritar en redes que a qué espera el pueblo para levantarse, no hace falta que saquen nada que venga a taparlo; bastaría con esperar 24 horas; una semana, a lo sumo.

Hace no mucho, para un trabajo que no viene a cuento, tuve que rescatar de la hemeroteca una lista, que pretendía completa, de los desmanes de nuestro actual desgobernante, y antes de cansarme de este trabajo de Hércules me asombré advirtiendo cuántas de ellas me parecieron en su momento definitivas, letales, capaces de acabar con una docena de carreras políticas en un mundo mínimamente decente y racional. Y, sin embargo, las había olvidado.

No necesitan cortinas de humo. Las que sacan no funcionan y, en cualquier caso, ya aparecerá un nuevo escándalo que eclipse al que ahora nos solivianta.

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