«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

Juegos de rol

30 de octubre de 2025

El hombre retiene de la infancia el amor por el juego, esa escuela de vida, y el más común en la infancia es uno sin reglas: hacer como el que hace. La niña sigue, pese a todo, jugando con muñecos en una preparación inconsciente de la maternidad, igual que el niño juega a la guerra como si entendiera que su papel adulto implica la protección, a menudo violenta.

En una civilización infantilizada como la nuestra, ese «hacer como el que hace», se extiende a la edad adulta. Es lo que los anglos llaman «LARPing» (Live Action Role-Playing), en el que unos tipos disfrazados como sus personajes favoritos actúan en una representación espontánea de sus universos ficticios.

Como desahogo ocasional, el LARPing es inocuo, pero tengo para mí que ha invadido la vida pública hasta el punto de que nuestras instituciones políticas son ya sólo un juego, un «hacer como el que hace» que esconde una realidad cada vez más siniestra.

Las instituciones juegan —larpean— a sus cosas: regular el Poder Judicial, proporcionar estadísticas precisas, ofrecer datos sociológicos fiables, fiscalizar las cuentas del Estado, interpretar fielmente la constitución, prevenir catástrofes naturales, informar de forma imparcial, no sé; pero en la realidad tienen una única misión común: asegurar el poder omnímodo de un grupo. No es por incompetencia que no arreglan los problemas para cuya solución se crearon; es que ni siquiera lo intentan, no es su verdadero objetivo.

De la sima cada vez más insalvable entre el PP y VOX, esos dos partidos cuya unión imploran quienes siguen sin enterarse de nada, una de las diferencias más visibles se refiere a la actitud oficial frente al LARPing institucional. Los populares han optado por mantener la ficción. VOX, por denunciarla. No otra cosa fue la negativa de Santiago Abascal a asistir al desfile de la fiesta nacional en la tribuna de autoridades: el rechazo al LARPing.

Las dos posturas son defendibles. El PP teme ser el niño que grita que el rey está desnudo (lo dice por lo bajini, con moderación, susurrando que la indumentaria de Su Majestad Imperial quizá no sea la más apropiada) ostensiblemente porque teme una reacción en cadena que destruya definitivamente la democracia. Pero el principio de la Navaja de Ockham nos lleva a concluir que en realidad participa del teatrillo y espera seguir aprovechándose del juego de humo y espejos por tiempo indefinido.

En cualquier caso, la huelga de formalidades de VOX ha demostrado que no hay riesgo inmediato de derrumbe. Se ha desgañitado denunciando la ilusión y el tenderete no se ha venido abajo, ahí sigue, con su exasperante hipocresía.

La Historia es desalentadora en esto, ha demostrado que el LARPing institucional puede prolongarse durante generaciones, convirtiendo en cínicos a los ciudadanos. La Unión Soviética mantuvo durante ocho décadas la charada del Estado de los trabajadores, y desde el golpe de Estado de Julio César hasta Diocleciano, los romanos siguieron larpeando una república inexistente durante tres siglos.

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