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Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.
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Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.

En 1914, José Ortega y Gasset incluyó esta desasosegante pregunta, «¡Dios mío ¿Qué es España?!», en sus Meditaciones del Quijote, interrogante que bien pudiera aplicarse a otras naciones. Entre ellas a Panamá, nación a un canal pegada -antes lo fue a un ferrocarril interoceánico-, que cumple este 2021 sus doscientos años de vida política.

En 1826, en Panamá se celebró, a instancias de Simón Bolívar, un Congreso de Plenipotenciarios de los diferentes Estados hispanoamericanos, cuyo objeto era la formación de una liga capaz de neutralizar la ofensiva británica a la que el así llamado Libertador, movido por el odio a su madrastra España, había abierto la puerta. El intento de remediar lo irremediable fue, naturalmente, estéril, a pesar de que tras la reunión se acordara el establecimiento de un tratado de amistad perpetua entre todas aquellas jóvenes naciones. Muerto Bolívar, Centroamérica sufrió los embates del filibusterismo gringo hasta tales extremos, que en 1856, Facundo Goñi, encargado de negocios de España en Costa-Rica y Nicaragua, fue convocado en Guatemala para tratar de poner remedio a los efectos de un Destino Manifiesto que se ramificaba hacia el Sur. La idea era recuperar la liga bolivariana con, así lo consignó don Facundo, «España  como la Madre de toda la gran familia». El papel reservado para dicha madre era el de entrar en la alianza «con las condiciones de superioridad y con las ventajas que le corresponden de derecho».

Las fuerzas y los intereses del periodo virreinal y, más tarde, del independiente, eran limitadas y no permitían llegar hasta los confines de un territorio tan, en ocasiones, impenetrable

En su informe, Goñi señaló que las repúblicas hispanoamericanas se habían emancipado de España «prematuramente y sin la preparación ni medios ni elementos para ser Estados independientes y constituir economía separada» y se dolía de que esas nuevas naciones hubieran imitado irreflexivamente a los Estados Unidos. Goñi se preguntaba: «¿Pero qué derechos políticos, que igualdad, ni que voto público podría existir en pueblos compuestos en su mayoría de indígenas y en el resto de negros y mestizos principalmente?». Con el poder en manos de los criollos panameños, estos, al igual que había pasado en la Península, se dividieron cainitamente entre serviles y liberales, debilitando más, si cabe, las estructuras políticas y económicas de una población que, según los cálculos del diplomático navarro, tenía esta composición: «una mitad de indígenas, un cuarenta por ciento de mestizos y negros, y un diez por ciento de blancos originarios de España». 

Ajustadas o no, las cifras manejadas por Goñi permiten afirmar que la mitad de aquellas sociedades, pues el término mestizo es harto impreciso, se mantenían en un segundo plano con respecto al poder blanco, lo que no quiere decir que estuvieran enteramente sojuzgadas, pues muchas poblaciones indígenas mantuvieron sus propias estructuras de poder. Las fuerzas y los intereses del periodo virreinal y, más tarde, del independiente, eran limitadas y no permitían llegar hasta los confines de un territorio tan, en ocasiones, impenetrable. Todo ello determinó la supervivencia de ciertos grupos étnicos, algunos de las cuales han llegado, en mayor o menor grado de aculturación, concepto oscuro donde los haya, hasta nuestros días.

Si durante la conquista, nunca completa, del Nuevo Mundo, fueron los clérigos quienes llevaron a cabo la tarea de elaborar gramáticas de lenguas indígenas que permitieran llevar a cabo la evangelización de los naturales, siglos después, consumada la inversión teológica, con el protestantismo yanqui como continuador de aquella tarea, España, a través de la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECID), auspicia desde hace años la conservación de la lengua guna, hablada por una etnia asentada en Panamá, de la que recientemente tuvimos noticia debido a las reticencias que el Secretario de comunicación del Congreso Guna, Anelio Merry López, expresó en un perfecto español a propósito del uso del barbijo. 

El nuevo intento de globalización, sujeto a la agenda del disco multicolor en lugar de a la cruz, conserva esta lengua [guna] para establecer un particular divide et impera

Las peculiaridades de la lengua guna son suficientes para que la AECID ayude a mantener lo que, en la práctica, no es sino una suerte de reserva, una reducción acogida no a las doctrinas de la Compañía de Jesús sino a las del mito de la cultura. Sustituida la bandera confeccionada en 1925, una enseña en cuyo centro aparecía una esvástica que dice mucho de las referencias del indigenismo de principios del siglo XX, por otra compuesta por ocho estrellas y dos antebrazos con arco y flecha, que suele ondear al lado de la bandera panameña, los Guna reciben una ayuda, la de España, que debe ajustarse, según figura en la web de AECID, a unos objetivos que resultarán muy familiares al lector:

Las prioridades sectoriales de la AECID en Panamá son tendentes a favorecer el logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) establecidos en la Agenda 2030 como nuevo compromiso y estrategia internacional.

Como ya hiciera la Iglesia católica, no en vano católico quiere decir universal, el nuevo intento de globalización, sujeto a la agenda del disco multicolor en lugar de a la cruz, conserva estas lenguas para establecer un particular divide et impera que supone un poderoso obstáculo para llevar a cabo proyectos como los que figuran en los decimonónicos despachos de Goñi.

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