«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

La división unamuniana

28 de octubre de 2025

Norte contra Sur es una división del mundo que en España se usa poco. Sí en Madrid, pero no en el conjunto porque se invirtió la relación y el norte explotador pasa a ser el sur cuando a los andaluces se les ocurre subvencionar la comida del gato o a los extremeños poner ordenadores en las aulas.

Pero hay otra división que se percibe con sólo mirar los muchos mapas de datos que ahora circulan (el INE publicó unos hace poco). Por ejemplo, los que reflejan el porcentaje de extranjeros entre 20 y 44 años, el porcentaje de nacimientos de madre nacida en el extranjero, el porcentaje de compraventa de viviendas por extranjeros o la renta media de los habitantes… En estos mapas, donde el color se hace más intenso a medida que la provincia presenta un valor más alto, se observa una división cromática del país: una España que recorre el arco de la costa mediterránea, y que alcanza el interior hasta Navarra y País Vasco y Madrid; y otra, de menor intensidad, con valores más bajos de renta o extranjería (en sus diversas modalidades) en la zona cantábrica, Galicia, Extremadura, las Castillas y la Andalucía interior…

No es exactamente así en todos, pero sí a grandes rasgos, y este mapa (un norte-sur girado unos grados) se repite mucho y recuerda a la división que Unamuno hacia de España por sus vertientes: de un lado, la atlántica y cantábrica; de otro, la mediterránea con el Ebro. La primera era la montañosa, la del «verbo imperial», de donde salían los españoles conquistadores que acababan en ultramar o, como el Quijote o el Cid, en la segunda España, más blanda, resbaladiza, desembocada, «menos casta y castiza», que sería ahora la más global y participada, menos esencial quizás. En cierto modo, algo de la distinción unamuniana pervive.

El artículo lo escribió Unamuno en Alicante, imaginamos que inundado de sol, iluminado, donde el confín del Reino de Valencia, Murcia mediante, se toca con Andalucía y donde él podía sentir la «semejanza estrecha entre el dominio lemosín, mejor diríamos catalán, y el andaluz y cuan profundamente se asemejan estas dos porciones de la vertiente mediterránea»,

Esta particularidad de lo valenciano, tan clara en lo alicantino, la destacó Unamuno, pero también el DJ Nando Dixkontrol, que en una conferencia sobre La Ruta (del Bakalao), explicó que tuvo que ser en Valencia, precisamente por su equilibrio entre lo industrioso y lo hedonista.

Que Unamuno mencionara Alicante, síntesis mediterránea (aunque para Pla ya demasiado madrileña), venía muy bien al último mapa observado, que era, con datos de los colegios de notarios, el de las compraventas de casas por extranjeros. En Alicante, un 43% las hacen extranjeros, sobre todo ingleses, belgas y holandeses.

En momentos de reflexión sobre soberanía, población o nacionalidad, ya parece natural preguntarse hasta qué punto se tiene un país, una región o una ciudad cuando las casas están en manos extranjeras (y la palabra «extranjera» siempre tiene una hilaridad dentro porque recuerda a la oyente gallega de Pumares: «¡Son letras extranjeras!»). ¿No es la vivienda un bien, en cierto modo, un poquito estratégico, como la energía, las comunicaciones o los alimentos básicos?

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