«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

La guerra contra el darse cuenta 

4 de mayo de 2026

Temo por mi columna, porque me he contagiado de un caso grave de cinismo terminal, de escepticismo nacional. Al principio lo achaqué al cambio de estación. No sé a ustedes, a mí los cambios de estación me sientan fatal. Así que traté de tranquilizarme diciendo que aquello era cosa de unos días, algo pasajero, como la alergia. En nada estaría otra vez entrando a matar con las elecciones de aquí o allá.

Pero va a ser que no, porque llevo así cosa de una década, y no se me pasa.

Lo que hace irrecuperable a nuestra civilización no son sus pésimas ideas, sino algo previo a cualquier ideología: las premisas.

Si te convencen, digamos, de que los incentivos no existen, ya da un poco igual que seas de izquierdas o de derechas. Si discriminar —es decir, seleccionar, distinguir— es siempre malo, de perdidos al río. Si los estereotipos nunca responden a la realidad, podemos tirar por la borda miles de años de conocimiento acumulado y empezar de cero.

Empezar de cero con un manual del que no podemos levantar los ojos para ver lo que realmente pasa, porque ese es el pecado imperdonable. La modernidad, parafraseando a Steve Sailer, es la guerra contra el darse cuenta (war on noticing).

Reconocer patrones —el rasgo que nos ha hecho sobrevivir desde el Paleolítico hasta hoy— es la última herejía, y por eso el buen ciudadano occidental moderno, cuando empieza a notar patrones, a darse cuenta de que cada vez que se da A sucede B, debe reaccionar como los moralistas aconsejaban en el caso de las tentaciones contra la castidad: huyendo. No hay que dialogar con la tentación.

Pero yo caí. Especialmente, durante ese periodo extravagante del que todavía seguimos evitando hablar, la pandemia universal, la peste más extraña del mundo. Y fue entonces cuando me di cuenta de que todas las naciones soberanas, supuestamente cada una de su padre y de su madre, en muchísimos casos con gobernantes elegidos por el sabio pueblo, respondían todos con las mismas medidas, idénticas.

Ahora, uno puede pensar que hay problemas cuya solución es tan obvia e incontestable que todos los que lo enfrente, a poco que tengan dos dedos de frente, aplicarán la misma. Pero ahí está lo curioso: las medidas que todo el mundo aplicó eran disparatadas. El confinamiento lo empeoró todo, las mascarillas no sirvieron para nada, fiarse de unas “vacunas” creadas deprisa y corriendo carecía de precedentes. No es que todos hicieran lo mismo; es que todos lo hicieron igual de mal.

Y es una de esas cosas que, una vez que la ves, ya no puedes dejar de verla.

¿Por qué nadie habla de que todos los países abrieron sus fronteras al mismo tiempo, y han seguido haciéndolo cuando el ejemplo del vecino ponía los pelos de punta? Es como ver a tus amigos arruinarse comprando acciones de una empresa trucha y correr a invertir el patrimonio familiar en lo mismo.

Que los países de un área muy interconectada tenga problemas similares y se influyan mutuamente es natural. Pero ver el desastre en que han resultado sus políticas y precipitarse a copiarlas… No sé, Rick. Aquí hay algo que no vemos. Sobre todo porque se da en países con gobiernos de izquierdas y en países con gobiernos de derechas. De repente a todos los da a la vez por algo absurdo, suicida, no sé, como enfrentar a hombres y mujeres, como crear de la nada el disparate transgénero, como demonizar la energía que ha acabado con las hambrunas crónicas en el planeta en nombre de una hipótesis muy dudosa que todos han decidido creer porque… ¿Por qué?

Si «soberanía» significa algo (si significa algo «diversidad», por cierto), es la capacidad de elegir el propio camino, pensar con la propia cabeza en el pueblo propio y sus condiciones concretas y no, como solía decir mi madre, tirarse a un pozo si todos tus amigos se tiran a un pozo.

Así que, mucho me temo, mi mal no tendrá cura hasta que pueda responder a ese porqué. Hasta entonces, me va a costar recuperar la pasión por la política nacional, el interés por las elecciones, como si realmente estuviéramos eligiendo algo.

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