Del Año Franco se pasó sin pestañear a la celebración de la monarquía y la Santa Transición, lo que ha permitido a la derecha establecida, que andaba forzadilla, a salirse por la tangente setentayochil entre «radicales» contrarios, porque es lo mismo, al parecer, quien cumple la ley que quien la incumple.
A los que les gusta lo que hay (El Mejor Momento de Nuestra Historia jorobado por Perico Sánchez) se agarran a la línea dinástica de Felipe VI, el hombre con tres abuelos, uno de los cuales no se menciona.
Y se acepta solo tiernamente, íntimamente, como secreto familiar, a don Juan Carlos, en cuyas memorias, o lo que primero supimos de ellas, dice cosas que se tomarán como desvarío de abuelo arrinconado.
Don Juan Carlos habló de libertad, nada menos, de la «libertad» que le dio Franco «para hacer después de su muerte» (entendemos hacer y deshacer) y la «libertad» que luego él nos dio a los españoles. Fue por tanto, y según su relato, una libertad-que-a-todos-nos-dio más que entre-todos-nos-dimos.
¿Era esa libertad transmitida la libertad política colectiva? Franco le dio la llave al Rey que la entregó a los partidos con birlibirloque constituyente, aunque sobre esto no se puede dialogar con los integristas de la Transición… Libertades llegaron, sin duda, pero ¿hubo esa libertad unánime, colectiva, ganada, igualadora, abierta y decisiva?
Juan Carlos I se refiere a otra, o no, cuando habla sobre sí mismo y lamenta, por su destino escrito, que «nunca pude disfrutar esa libertad para mí». Quizás con ese anhelo navegaba en el Bribón año tras año, buscándola en el mar, buscándola en el viento…
Al Rey le dieron una libertad y él, generoso según su relato, como un fuego Prometeo, la transmitió a los españoles o más bien a los partidos, a los que acabó sometido junto a un estado de cosas y un consenso que se imponía para continuar. Ahora, mirando hacia atrás, algo se le ilumina: «me doy cuenta de que nunca fui libre».
Si los demás no son libres, yo no lo soy tampoco, y resuena aquí el eco de una risotada de Trevijano.