«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Periodista, documentalista, escritor y creativo publicitario.

La tensión hogar comunidad

14 de agosto de 2025

Por norma general, y sin caer en generalizaciones, observo a mi alrededor que los padres de familia son más dados a implicarse en lo que sucede fuera del hogar mientras que las madres prefieren ocuparse de lo que ocurre dentro.

El padre lucha por salir y montar planes, la madre, por quedarse en casa y descansar con los hijos. El padre se los lleva de acampada o al fútbol, la madre juega con ellos y les descubre el mundo interior.

El padre los expone y enfrenta a retos —o por lo menos debería—, la madre los protege —o en su defecto los sobreprotege—. El padre tiene el mundo por hogar, la madre, el hogar por mundo. Y ambas cosas están bien, pero si no hay el debido equilibrio, se malogra y se vicia la familia, ya sea por desparrame o por aislamiento.

Si el padre desaparece y se somete a su esposa, la familia se encierra, se convierte en una célula desvinculada de la comunidad y eso no es bueno para el matrimonio, tampoco para los hijos ni para la comunidad. El padre y su papel quedan anulados y los hijos se quedan sin descubrir el mundo que les espera, se quedan sin ritos de paso y están condenados a una inmadurez prolongada mucho más allá de la infancia.

Si la esposa no es capaz de poner freno al marido cuando este se excede, la familia poco a poco se desvincula, sus miembros dejan de tener hogar y se disuelven en la comunidad.

Es importante que haya esa tensión, pero conseguir el equilibrio, a la vista de lo que sucede en la vida real, es más difícil de lo que parece. A menudo la esposa toma las riendas y el marido renuncia a su papel de cabeza de familia para convertirse en un apéndice, en alguien desprovisto de toda autoridad, sin carácter, confundiendo ser un buen marido con abandonar sus funciones, convirtiéndose en una segunda madre.

En otras ocasiones, aunque menos frecuentemente, la esposa es incapaz de plantarse cuando es necesario para proteger y hacer florecer su hogar. Se limita a asentir en todo sin pelear por su pequeño mundo, que es el que prepara a los niños para la eternidad.

Si la esposa no es capaz de poner al marido en el lugar que le corresponde, si este desoye los consejos de su esposa, la familia se convertirá en una realidad aburrida y egoísta encerrada entre cuatro paredes o en una deformación con aspecto de familia pero completamente desparramada.

Y para que eso no suceda la mujer a veces tiene que sacar fuerzas de flaqueza y convertirse en un todoterreno capaz de salir fuera del hogar con el marido y los hijos, pasando horas bajo el sol de la playa o rompiendo horarios de comidas y cenas de los hijos para compartir tiempo con otras familias, siguiendo la intuición del marido. Y el marido tiene que tener la humildad y la sabiduría suficientes para escuchar a su esposa y saber en qué momento toca proteger las paredes del hogar y hacer familia en su interior.

Cuando esa tensión entre hogar y comunidad se rompe, uno se encuentra con familias tristes y aburridas que, por desgracia, y por culpa de la confusión reinante, son más habituales de lo que cabría esperar.

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