Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.
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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.

Los que nos asustaban con una mortífera “segunda ola”, que situaban hacia finales de noviembre, y que no supieron ver que había comenzado ya a principios de septiembre y que no era tan letal como auguraban, ahora avisan desaforadamente de que si no se cumplen con las restricciones actuales a la movilidad, ese encierro regional que se han sacado de la manga las comunidades autónomas, tendremos una “tercera ola” justo por Navidad. No vieron llegar la primera, no se coscaron de la segunda, pero se atreven a predecir el futuro de la tercera

Imagino que, si quedan historiadores honestos, dentro de unas décadas llamarán a esta etapa, La Gran Histeria. Como acaban de demostrar tres científicos australianos en su estudio comparativo de la tasa de infección del coronavirus actual, los enfermos de covid-19 han superado con creces las cifras oficiales. Para España calculan que la tasa real de contagiados es superior a cuatro veces el millón y pico que da el ministerio de Illa. ¿Qué quiere decir esto? Pues que la letalidad del virus es relativamente baja. Ni siquiera da para llamarlo la Gripe China. La Española sí que fue mortal.

El miedo es una herramienta poderosa de sometimiento. Y bien que han explotado el miedo.

Pocos gobernantes han actuado con la frialdad que exigían las circunstancias. Y, por las razones que sean, han caído en los brazos de la improvisación, la sobreactuación y el pánico. Tal vez recordaran con amargura que la crisis financiera de 2008 se llevó por delante a gobiernos de izquierda y de derechas y querían evitar verse de patitas en la calle. El miedo es una herramienta poderosa de sometimiento. Y bien que han explotado el miedo. Pero hay más, a la ineficacia en algunos casos, como en España, se ha sumado la maldad. Iglesias y Sánchez han instrumentado la pandemia no para preparar a la sociedad española ante una futura crisis, sino para imponer autoritariamente su modelo político radical. El PSOE siempre ha sido una espléndida agencia de colocación de fieles y amiguetes, y están dispuestos a aceptar por un plato de lentejas que los hilos los maneje el Rasputín venezolano que es lo que en verdad se esconde bajo el moño de Iglesias.

La Tercera Ola la auguran los técnicos de Bruselas, de ese monstruo burocrático que es la UE.  Que caiga precisamente en Navidad, sin embargo, no me parece casual. Una institución que renunció voluntariamente a sus raíces judeocristianas para dotarse de una mal llamada constitución europea, más pronto que tarde tendrá que lanzarse a destruir todo símbolo de la religión sobre la que se fundó, le guste o no. Que el gobierno permitiera ir a la peluquería, pero prohibiera los oficios de culto, ya indicó su falta de respeto por los creyentes y su negativa a que muchas personas encuentren consuelo y razón de ser en la fe. Que sí permitiera las congregaciones de musulmanes para sus rezos no fue más que otra andanada contra las instituciones básicas de lo que ha sido la civilización occidental.

Empiezo a pensar que esa película sobre el amor en el horror de la revolución soviética, el Doctor Zhivago, se rodara en España no fue casualidad

Ahora le ha llegado el turno a la Navidad. Cierto, para muchos poco más que unos días de consumismo desmesurado. Pero también de celebraciones familiares, con cuñado incluido si se quiere, pero familiares. Y ya sabemos, la familia, salvo que sea un aglomerado de excentricidades y tribus varias, lleva en el punto de mira de la izquierda desde el comienzo de sus tiempos (de la izquierda, no de la familia). Despojarnos, además, del elemento espiritual de estas fechas es otro paso más en la imposición de una secularización extrema que margina y castiga a los creyentes. Es la URSS en otra latitud. Empiezo a pensar que esa película sobre el amor en el horror de la revolución soviética, el Doctor Zhivago, se rodara en España no fue casualidad, sino un presagio de los tiempos que corren.

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