En el pueblo de mi madre la vendimia era una fiesta que caía siempre del lado de septiembre, como los santos serios. El verano se moría con orden: primero se iban los veraneantes, después las tormentas dejaban el aire limpio y una mañana cualquiera aparecía el remolque delante de la cooperativa, que era la señal. A los niños nos daban las tijeras viejas y una fila corta, cerca del camino, donde no pudiéramos hacer mucho daño. Yo cortaba poco y mal, con un miedo escrupuloso a llevarme un dedo, y a media mañana ya tenía las manos tan pegajosas de mosto que al despegarlas del pantalón sonaban como celo arrancado de una caja de mudanzas. Los racimos llegaban al remolque calientes de sol, con un calor de cosa viva, y el capataz los sopesaba como un joyero sopesa un reloj heredado, sin tocarlo apenas, sabiendo cuánto vale. Uno creía entonces que aquello era eterno porque tenía fecha.
Pero la fecha se ha movido de sitio. Leí esta semana que Cigales empezó a vendimiar el 24 de agosto, en Cubillas de Santa Marta, y que es el tercer año seguido que aquella tierra mete la uva en casa sin esperar a septiembre. Leí que Rueda anda con una semana de adelanto, que en media España la maduración llegó con quince días de prisa y que los técnicos lo llaman fenología, palabra que suena a enfermedad de balneario y que quiere decir que el calor ya no respeta ni el calendario de los abuelos. La uva madura antes porque los veranos aprietan más y más pronto, y el rito que ordenaba el año —verbena, tormenta, vendimia, matanza— se ha quedado sin su bisagra de septiembre. Y no es el único desorden.
Los números de esta campaña se dicen enseguida y pesan mucho. La uva blanca se pagaba en Castilla a treinta y cinco céntimos el kilo cuando producirla cuesta sesenta, una aritmética que en el bar de mi pueblo sabía resolver cualquiera sin encender la calculadora: vender a treinta y cinco lo que cuesta sesenta se llama arruinarse. Cada año quince mil españoles cruzan a vendimiar a Francia porque allí el jornal da para volver con algo, y la campaña pasada casi dos de cada tres bodegas no encontraron gente bastante para completar la cuadrilla. Galicia espera ochenta y un millones de kilos y busca entre cinco mil y siete mil pares de manos, porque allí la uva se corta a mano o no se corta. El campo pide brazos a gritos y los brazos hacen las maletas: nadie ha explicado ese nudo en ninguna comparecencia.
Estuve hace unos días en una viña de allí arriba, de visita y de estorbo, a la hora en que ahora se vendimia, que es la del frescor: las seis de la mañana, frontales encendidos, un frío corto que se gasta enseguida. Las luces se movían entre las cepas a la altura de la rodilla, como si el pueblo entero hubiera salido a buscar unas llaves perdidas. La cuadrilla eran seis hombres que hablaban en rumano, dos jubilados del pueblo que cortaban por no perder la costumbre y un chaval de veintipocos, sobrino del capataz, que había hecho las maletas dos veces para Francia y esta vez las deshizo. Trabajaba con una soltura antigua, de oficio aprendido mirando, y había convencido al tío para embotellar aparte unas filas de garnacha vieja. El capataz me lo señaló con la barbilla, sin pararse. «Este dice que la viña da para vivir si no la vendes al peso», me dijo. «Yo le digo que eso mismo decía su abuelo, y mírame las manos.»
Me quedé hasta que el sol pegó de plano y la cuadrilla paró a almorzar sobre las cajas vueltas del revés. Pregunté al capataz, por decir algo, si no les daba pena vendimiar en agosto, con la piscina abierta y la verbena aún sin desmontar, y si no podían aguantar la uva una semana siquiera por respeto al calendario. Se limpió las manos en el pantalón con la misma parsimonia con la que mi abuelo doblaba el periódico. «La uva no espera», dijo. «Esperar es cosa de los despachos.»