La perioactivista Cristina Fallarás venía a decir el pasado día 3, en un artículo publicado en el digital Público («No soportaríamos un relato fidedigno de lo que somos»), que «la llegada de decenas de miles de personas a Ceuta» es culpa nuestra.
«Eligen este territorio —España, la UE— porque, en principio, ofrece mayores posibilidades de ganarse la vida, mayores garantías en la defensa de los derechos humanos, mejor calidad de vida e incluso alguna otra fantasía comúnmente aceptada que no responde a la realidad. Europa ha acumulado durante siglos riqueza, cierta estabilidad institucional y capacidad económica», añadía.
Insistía en que «una parte inmensa —si no toda— de dicha acumulación se ha conseguido mediante el latrocinio llamado ‘colonización’, mediante la esclavitud y la extracción de recursos y trabajo de otros territorios. Esa larga historia sangrienta contribuye a explicar por qué muchas personas migran hoy hacia aquí. Pero todo esto ya lo saben hasta los nazis que ahora salen a la caza del ser humano, como siempre han hecho».
Y terminaba diciendo que «lo que las personas migrantes buscan en nuestros países lo hemos conseguido a base de expoliar sus territorios. Hemos desvalijado los lugares de donde proceden aquellos que hoy mueren en nuestras fronteras. Hemos sometido hasta la muerte a sus habitantes. Y ahora rechazamos compartir con ellos lo conseguido. Lo rechazamos hasta el punto de dejarlos morir ante nuestros ojos, ahí delante, en la costa».
Espero que practique con el ejemplo y empiece a acoger a menores de Ceuta en su domicilio particular. Es muy fácil predicar desde una atalaya mediática. Lo jodido es luego ponerlo en práctica.
Personalmente, como ya decía en mi artículo del 8 de agosto, soy partidario de dejar de flagelarnos. Es cierto que el colonialismo perseguía la explotación económica de los países colonizados y que hubo casos terribles, como el del Congo belga, que era propiedad particular del rey Leopoldo II. Donde, según algunas estimaciones, murieron hasta diez millones de personas. Para que luego los jueces belgas vayan dando lecciones.
Sin embargo, el expansionismo ha sido una constante en la historia. Desde los primeros imperios de Mesopotamia hasta Egipto o Roma. Si estuvo tan en boga en el siglo XIX, fue porque Europa gozaba de superioridad económica, tecnológica y, desde luego, militar. En otras palabras: si, en vez de haberse producido la Revolución Industrial en el Viejo Continente, se hubiera producido en África, nosotros habríamos sido los colonizados.
Quizás la peor herencia de todo aquello fue el concepto de Estado-nación. Se definieron Estados con tiralíneas. Generalmente, en función de los intereses de las potencias europeas, en vez de atender a los pueblos que los habitaban. Basta ver lo que ocurrió en Ruanda a mediados de los años noventa, cuando los hutus comenzaron a exterminar a los tutsis.
Además, la descolonización de los años sesenta ha demostrado que las élites poscoloniales han sido, con frecuencia, peores que las élites coloniales. La inmensa mayoría de las naciones africanas son Estados fallidos. Y eso ya no es culpa nuestra.
Ha habido, por ejemplo, gobernantes —por llamarlos de alguna manera— como Robert Mugabe, en Zimbabue, que estuvo 37 años en el poder (1980-2017). Por no hablar de Bokassa, en la República Centroafricana —trece años: de 1966 a 1979—, que llegó a creerse Napoleón. O Mobutu Sese Seko, en Zaire, hoy República Democrática del Congo, que gobernó entre 1965 y 1997 y presuntamente amasó una fortuna de 5.000 millones de dólares.
Sin olvidar tampoco a Teodoro Obiang Nguema, que lleva más de cuatro décadas en el poder en Guinea Ecuatorial, la antigua colonia española. Bendecido, además, por los pozos de petróleo descubiertos a partir de la década de los noventa. ¿Ustedes creen que los beneficios van a parar a su bolsillo o a los de sus ciudadanos?
O el rey de Marruecos, del que ya les hablé también el día 8. No sólo por el hecho de que la Corona alauí controla entre el 15% y el 40% del PIB, sino también por sus nueve palacios en Marruecos. Sin pasar por alto el castillo que posee en Francia, cerca de París, y el palacete en la propia capital francesa.
Un último detalle que no tiene nada que ver con los casos de corrupción descritos, pero que ayuda, como decía, a dejar de flagelarnos. En Sudáfrica han empezado a echar a golpes a inmigrantes sin papeles. De raza negra, por supuesto. Procedentes de otros países africanos, como Zimbabue, Malawi, Mozambique o Lesoto, entre otros. Para que luego digan que el racismo es solo cosa de blancos.