Para empezar a desmontar todo lo que se ha torcido, lo que nos lleva al suicidio civilizacional, hay que empezar por purificar el diccionario. Más: hay que acabar con ese cúmulo de frases hechas que llevamos décadas, a veces siglos, repitiendo como loros, que todos damos por verdades indiscutibles y que son, en realidad, falsas e inaplicables en toda su extensión.
La más que comprensible reacción de los ciudadanos ceutíes para recuperar su ciudad ante la inacción criminal de las instituciones ha propiciado, como accionada por un resorte, la reacción automática de los moderaditos: la violencia, nos repiten solemnes, nunca es la solución.
La de los moderaditos es una plaga exclusiva de la derecha o, si lo prefieren, del vastísimo campo que queda fuera de la izquierda doctrinaria. En esta última las discrepancias, existiendo, rara vez se subrayan delante de las visitas. Uno puede definirse socialdemócrata moderado del PSOE, pero no corre a denunciar el último disparate demencial de Podemos o Sumar, por lo común. Esas son nuestras cosas, que se hablan en privado sin «dar alas a la extrema derecha», faltaría más.
La derecha –sensu lato, insisto–, en cambio, se mueve generalmente en dos tiempos en el espacio público, una dinámica que ya exaspera por lo repetida y por lo que tiene de autosabotaje paralizante. En la Fase 1, se desespera ante una situación objetivamente desesperante y pide a gritos que las instituciones actúen con urgencia o, si no lo hacen, que el buen pueblo español «haga algo», que se levante y actúe.
Entonces alguien se lo toma en serio, actúa, y se activa la Fase 2: recogida de velas asustada entre mohínes de «no es esto, no es esto». No, nunca es «esto» para los patriotas a la violeta. Nunca les gusta lo que pasa cuando la gente, como piden dos minutos antes en todos los foros, reacciona. La plebe les horroriza, supongo, como si su destino fuera siempre asaltar la Bastilla. Es un reflejo condicionado. Y fatal, porque es el que garantiza con absoluta eficacia que nunca se haga nada realmente y que la derecha recupere su posición favorita de perdedor indignado.
«La violencia NUNCA es el camino». ¿De verdad? En pura lógica, esa actitud gandhiana debería llevar a la renuncia explícita de todo territorio, derecho, libertad o institución obtenido históricamente por las armas. Que son todos los que importan.
Dogmatizar que la violencia no es el camino es renunciar al poder político, de cualquier clase, porque no es otra cosa que el monopolio de la violencia. Y aquí hay un equívoco nacido de la complacencia: como uno no ve violencia explícita en la coerción estatal, es fácil olvidar que, en última instancia, no importa con cuántos ‘smilies’ adornen sus medidas los gobernantes, debajo de todo está la fuerza, está la capacidad, presuntamente legítima, de obligar físicamente al cumplimiento. ¿Quieres ver la violencia del Estado? Deja de pagar a Hacienda. Resístete a un arresto. Luego hablamos.
Si se le expone todo lo que acabo de exponer, nuestro dogmático pacifista aclarará que, naturalmente, él o ella no habla de ESA violencia, tan tranquilizadoramente envuelta en los paños de la costumbre y las relaciones públicas. Habla de la violencia privada, de la no autorizada por el poder, de la que no cuenta con el permiso sellado de las instituciones.
Y, naturalmente, todo el mundo prefiere que no exista esa violencia. Todo el armazón de lo público está creado para que sea innecesaria y siempre ilícita, aunque solo sea por imprevisible. Y está bien que así sea… Hasta que esas instituciones protectoras dejan de funcionar o, mejor, se niegan a funcionar. Porque ya representan un poder que no es agente de los intereses comunes, sino de intereses muy particulares de élites que no responden al consentimiento popular ni tienen ningún especial apego por él, sino más bien desprecio.
Es en situaciones así como se hace necesario volver a la casilla de salida o resignarse a perecer. Es comodísimo vivir creyendo en un padre abstracto y benevolente que siempre estará ahí para defender mi derecho, que siempre se podrá contar con la aparición in extremis del Séptimo de Caballería. Pero la historia está llena de momentos en los que el padre es un padrastro indiferente e incluso sádico y el Séptimo de Caballería está a sueldo de quienes nos odian.