«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

La vida práctica

23 de octubre de 2025

Hay dos mundos irreconciliables que conviven en paz porque incluso para pelearse hay que entender algo de lo que dice tu enemigo: soñadores y pragmáticos; o si lo prefieres, los de la bohemia y los de la pasta. Con perdón, porque odio todas las categorías citadas, y también la categorización, y el verbo «categorizar» parece inventado por Von der Leyen después de una noche haciendo vudú al diccionario. Estamos juntos cada día, hablamos idiomas inalcanzables mutuamente, y entre nosotros puede incluso surgir la amistad y hasta el amor, aunque siempre habrá un recelo de condescendencia en ambas direcciones. A veces pagaríamos por entendernos. Otras pagaríamos por no volver a vernos.

Allá en el pleistoceno de mi historia, cuando algún ministro de hoy todavía quemaba sus horas arrojando cocos a los transeúntes desde de la palmera, dirigí mis destinos del periodismo musical de primer día a otras letras, más como expansión imperial que como exilio voluntario. Recuerdo entonces entre los amigos las voces del pensamiento científico rasgándose las vestiduras por mi arriesgada dispersión, y los sermones sobre el modo en que debía ganarme la vida en mis negocios, como si yo me hubiera pronunciado alguna vez sobre los suyos, que no solo me son ajenos, sino que me anestesian el apetito por vivir.

Aquel coro de timoratos volvió a cantarme las cuarenta varias veces, como aquel primer día que, tras guardar unas horas la pluma y el bloc de notas, me planté en televisión haciendo un sketch de humor con mi compadrito Javier Quero; divertidísimo, por cierto. Y un coro, en fin, que se ha ido apagando con los años, no sé si por desistimiento, o por la fuerza de los hechos, que todo ha salido bien, siempre mejor de lo esperado, y recemos a las alturas por los caprichos del futuro, que para tocar madera ya tenemos a Yolanda mesándose el cabello.

Con la coña que le asistía, decía P. J. O’Rourke que «todo el mundo sabe criar hijos excepto las personas que los tienen», y algo parecido pasa con los que recorremos el delgado filo de la bohemia, sin más terror demoníaco que a las hojas de cálculo: todo el mundo sabe qué hacer con la vida de los soñadores excepto los soñadores.

La lujuria de lo digital ha vuelto aún más locos a los bohemios y aún más peligrosos a los pragmáticos. Los primeros buscan llevar su mente al último estado antes de la locura por pura adicción a lo disperso, como si vivieran dentro de un poema tardío de Hölderlin, mientras que los segundos han encontrado otra oportunidad para maximizar beneficios. Es preciso aclarar que no hablamos de modos de vida, sino de caracteres; que mucha gente no lo sabe, pero hay economistas soñadores inventando formas asombrosas de arruinarse, e ingenieros rayando poemas en las puertas de los baños de los pubs. También hay hombres que amasan grandes fortunas incapaces de divertirse, ese sinestro club de los tipos sin aficiones, en el vicio de la insatisfacción, y pobretones tan sonrientes y alegres que parecen sacados de una fábula de cuando los cuentos escolares no trataban de niños atrapados en el cuerpo de niñas y otras historias de ciencia ficción.

Da igual hacia dónde mires, en cualquier ámbito de lo social conviven con normalidad estos dos caracteres, y a menudo resuelven sus tensiones con cierta violencia. También lo cultural y lo político se ve inyectado de esta guerra civil silenciosa que atraviesa los mundos y los siglos. Aunque quizá nunca como ahora hemos visto con tanta nitidez el debate entre los pragmáticos cientificistas y los asiduos al humanismo, por elevar la categoría de la bohemia a la intelectualidad y no herir más susceptibilidades por hoy. Unos son los del cálculo electoral, los que quieren que el programa se parezca a lo que la gente desea votar, y los que extraen sus coordenadas ideológicas de resúmenes for dummies de chatgepeté. Los otros son los que se arrojan a la piscina sin mirar si hay agua, los que buscan convencer a los votantes de que su proyecto para la nación es mejor que el de otros, y los que tienen la certeza de que su concepción del mundo más completa, más verdadera —si la verdad pudiera ser un pantone—, y más bella; aunque a veces yerren también en la audacia improvisadora de alguna estrategia que sonaba mejor en la cabeza que en la vida real.

Al fin, la sensatez no está, aunque nos pese, en exacerbar nuestro propio carácter, sino en equilibrar la balanza, abrazar discretamente el pragmatismo los soñadores, y romper de tarde en tarde la rigidez de su fórmula matemática los pragmáticos. En lo político, en cambio, la norma es mucho más sencilla: desconfía siempre de los que gusten de doblegar lo moral a los caprichos del pragmatismo.

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