En pleno agosto, un sábado a mediodía, el centro de la ciudad es un hervidero de turistas. Excepto por los edificios emblemáticos, el paisaje ha perdido todo rastro de su color local. Las calles por las que transito, si hago abstracción de unos pocos detalles aislados, componen una geografía asimilable a la de cualquiera de esas otras urbes europeas rendidas a la hormigueante pululación del turismo de masas. El calor empuja a la gente a buscar refugio bajo la sombra de los toldos de las terrazas. Quienes no encuentran sitio allí se dedican a deambular por entre la umbría de las calles más estrechas, con ese aire un poco de hastío del viajero indiferente a lo que ve, del nómada estacional al que quizá el exceso de ciudades visitadas le ha hecho perder hasta la noción misma del lugar en el que ahora mismo se halla.
Este es el panorama que me encuentro cuando salgo del edificio al que he acudido a realizar una gestión y, antes de coger el coche para regresar al pueblo donde vivo, decido dar un paseo por las calles aledañas. Liberado de ya de todo apremio, voy atento a lo que se me ofrece a los ojos. A fin de cuentas, en esta ciudad en concreto yo no soy un turista, y no me acucia por tanto el ansia de fotografiar enclaves típicos o de abrirme paso hasta la barra de un restaurante para suplicar una mesa donde sentarme a comer.
Pero ahora, mientras camino, me doy cuenta de que tampoco los turistas con quienes me cruzo responden con exactitud al patrón característico establecido por la industria del ramo. Es un turismo que exuda una cierta cualidad precaria. Su fisonomía responde menos a los clásicos agrupamientos que siguen a su guía que a la mentalidad posmoderna del individuo autosuficiente cuya manera de apropiarse de los lugares en los que desembarca consiste simplemente en desparramarse por ellos. Puede —me digo— que en realidad no hayan venido a mirar nada; puede que sólo estén evadiéndose de su propio tedio, de una rutina que durante los restantes meses del año los mantiene disciplinados e inertes, y la manera de afirmar el dominio efímero de la soberanía de la que disfrutan ahora sea exhibir un desdén aparente por toda la belleza que una ciudad como ésta pone a su alcance.
No lo sé. Pero sé que, pese a la variedad de indumentarias y a la multiplicidad de razas y a la riqueza de lenguas que veo desplegarse a mi alrededor, todo culmina en una especie de babel monocorde, en la homogeneidad de un mundo tan abigarrado y diferente en sus manifestaciones externas como plano e idéntico en su interior. «Tras el culto a la diversidad, la estandarización del mundo», escribe Eugénie Bastié. Es el mundo que ha despojado a los viajes de su aura de descubrimiento y aventura y con frecuencia los ha convertido en otra cosa, en una mercancía de consumo, en un bien posicional, en un medio de afirmar el propio estatus. A veces, en una vía de escape del tumulto de demonios que cada cual lleva consigo. Ninguno de nosotros está libre, por lo demás, de convertirse en el protagonista de una experiencia análoga.
En la era del hombre psicológico el viaje se reviste de un cariz terapéutico. Sirve, entre otras cosas, para mitigar la desazón que produce en nosotros la imposibilidad de atender a los mil reclamos con que nos tienta a diario la sociedad de consumo. Durante unos días, el desorden estructural en que vivimos encuentra en el viaje una tenue fuente de satisfacción. Acumular «experiencias», reunir un mínimo capital de recuerdos con los que poder hacer frente a la previsible intemperie de los meses que nos aguardan: a eso parece reducirse entonces la existencia.
Pienso en ello mientras emprendo el camino de vuelta hacia el parking donde he dejado mi coche. Entonces, al pasar junto a un banco de piedra donde unos turistas están comiendo paella en envases de plástico, me asalta una especie de revelación. Entre la multitud aparece alguien que de inmediato desentona del resto. Es un hombre de mediana edad, corpulento, que camina arrastrando un poco los pies, con el rostro sofocado por el calor. El hecho de que vista pantalones largos ya le otorga una nota distintiva, pero lo que llama mi atención a medida que lo veo aproximarse hacia mí es la inscripción en letras rojas y enormes que luce sobre el fondo negro de la camiseta que lleva puesta: “Leer en defensa propia”.
Pasa a mi lado, nos cruzamos en silencio y ya nunca le diré lo extraordinaria que, en contraste con el paisaje humano que nos rodea, me ha parecido la frase que exhibe sobre su torso. Sí: leer en defensa propia, escribir en defensa propia, pensar en defensa propia. Quiero pensar que no es una ocurrencia para atraer la atención de nadie ni un invento publicitario para promocionar un producto cualquiera. A mí me parece la definición concisa y exacta de la actitud que uno debe adoptar cuando el mundo que le rodea le ofrece su rostro más desconcertante.