Decía el otro día un tuitero que en España el 97% de los ginecólogos no practican abortos. Lo llamativo de la cifra me hizo indagar en el asunto y he podido comprobar que la información sale de una entrevista que Pablo Motos le hizo a Susana Griso en El Hormiguero.
La literalidad de la frase es: «Un médico me contó que, de casi 5.000 obstetras en España, sólo 150 practican la interrupción voluntaria del embarazo». Los datos oficiales hablan de 4.600 ginecólogos en España. O sea que las cifras parecen encajar. Y los pocos que conozco me han dicho algo parecido. Y todo ello, sumado a que no tengo a Susana Griso por una férrea detractora del aborto, no veo por qué no podría acercarse esta cifra a la realidad.
Si además tenemos en cuenta cómo se practica un aborto, es bastante razonable que la mayoría prefiera mantenerse al margen de semejante sangría. Hace años conocí a una enfermera que trabajaba con uno de los abortistas más conocidos y sangrientos de Barcelona. En cuanto quedó embarazada y nació su hijo no pudo seguir triturando cuerpos de bebés y buscó trabajo en la clínica ginecológica de un amigo mío que decidió contratarla para sacarla de aquel antro criminal.
Llegó a contarme que algunas veces habían inducido partos a mujeres embarazadas de ocho meses, y cuando el niño nacía vivo lo ahogaban en cloroformo. Esa es la realidad de las misas negras que se practican hoy en España. Por altar, una camilla, por sacerdote un médico asesino. Al diablo se le ofrece en sacrificio un bebé inocente con la complicidad de gobiernos, asociaciones, medios y madres.
Las manos de esos 150 aborteros están manchadas de sangre, y los bolsillos repletos de dinero. Entre ellos se reparten los más de 100.000 abortos anuales que se practican en España. Toda una generación que, año tras año, es eliminada sin piedad por unos pocos asesinos que, gracias a ello, nadan en la abundancia.
Algunos se ponen cachondos cuando ven las cárceles de Bukele repletas de delincuentes y maleantes, y aspiran a tener algo parecido en nuestra patria. Aunque, para llenar las cárceles con gente de fuera, mejor que la fiesta la paguen sus países de origen.
Aquí podríamos hacer algo parecido pero para esos 150 médicos criminales. Requeriría mucha menos infraestructura, podríamos meterlos en cualquier agujero, sólo son 150. Y el asunto es sangrantemente urgente. No sólo por las 100.000 vidas cada año trituradas, envenenadas y ahogadas en salmuera en el seno de sus madres, también porque, mientras eso siga sucediendo, difícilmente habrá paz en nuestra tierra.
Qué se puede esperar de un pueblo dispuesto a sacrificar cada año a decenas de miles de los suyos. Sólo guerra, odio y destrucción.
Podríamos encerrarlos de por vida y ponerlos a coser ropa para bebé, a fabricar juguetes y a construir cunas y cochecitos. Cosas que luego se pudieran regalar a las familias más necesitadas. Familias como las que un día, por falta de recursos y, por cruzarse con un doctor sin escrúpulos, asesinaron a su bebé. Eso es lo prioritario, lo de Bukele puede esperar.