En su comparecencia tras los resultados en Aragón, Pilar Alegría hizo lo previsible, lo que se espera de un muñeco de resorte al darle a la manivela: se irguió frente al atril y advirtió sobre el peligro que supone el avance de la «ultraderecha». Con ello logró los primeros aplausos de la militancia, algo mohína hasta entonces por los amargos frutos de la noche electoral. A nadie pudieron sorprender las palabras de Alegría porque es antiguo el soniquete. Tanto se ha repetido que la legitimidad de ciertos partidos parece depender de la ilegitimidad de la «ultraderecha». Son deseables sólo en la medida en que la «ultraderecha» es indeseable. Son necesarios como lo es un pesticida.
La matraca comenzó en las elecciones andaluzas de 2018. Vox consiguió doce sorprendentes escaños que auparon a Moreno Bonilla, dando por concluidas cuatro décadas de gobierno socialista. En la comparecencia, Susana Díaz, dolorida, destronada y queriendo comprometer al PP, disparó la primera ráfaga de «ultraderechas» que recuerdo. Tanto lo repitió entonces y en días sucesivos, que al final le pasó lo que a don Desiderio, un cura de mi pueblo. El pobre hombre vivía dominado, sojuzgado por una muletilla: «naturalmente». La utilizaba sin tino, a discreción, como si faltándole el «naturalmente», le faltara el aire. En momentos de crisis o dudas, el adverbio de marras le salía a borbotones. Sólo recuerdo una de sus homilías. No sé lo que dijo, ni si estuvo acertado, severo o edificante; sólo sé que cayeron treinta y dos «naturalmente» y que gané una apuesta. Ninguno de sus feligreses podemos ya emplear la palabra: primero, porque es prácticamente como citarlo; segundo, porque con él aprendimos que «naturalmente», en realidad, no significa nada.
No creo, sin embargo, que lo de la «ultraderecha» sea un mero tic verbal, al menos no de un tiempo a esta parte. Al principio quizá se tratase de un espantajo, del lobo que Pedrito no dejaba de anunciar; pero últimamente empieza a resultar plausible que, después de todo, la «ultraderecha» llegue. Ya se sabe: hay que tener cuidado tanto con lo que se desea como con lo que se teme. También cabe la posibilidad de que la alarma constante del progresismo haya ejercido un inopinado efecto seductor: «Eso de la «ultraderecha» ―habrá pensado alguno― no será cosa mala del todo si así de nerviosos los pone». Sea como fuere, aquí estamos, como en el poema de Cavafis, «congregados en el foro», con el corazón en vilo y sin legislar, esperando la inminente llegada de los bárbaros.
La semejanza con el poema funciona, además, a varios niveles. A ojos del progresismo, los «ultraderechistas» tienen algo despreciable y grosero, algo troglodita, igual que los bárbaros. Encarnan una suerte de regresión, como si la Historia se hubiera despistado y nos obligara ahora, ¡en pleno siglo XXI!, a repetir curso. La llegada de la «ultraderecha», con sus supuestos atavismos y sus corazones oscuros, amenaza nuestras conquistas civilizatorias —se quejan—, la altura de nuestros ideales —claman—, la maestría de nuestras instituciones —sollozan—. Pero ya es tarde para evitarlo. Están aquí, a punto de atravesar las fronteras.
Y ahora pueden suceder varias cosas: que los bárbaros irrumpan en la ciudad, incendien el Parlamento y acusen de brujería a las mujeres alfabetizadas; o que a la postre no resulten ni tan fieros ni tan virulentos, que sirvan incluso para vigorizar un sistema decadente; o que, por último, se asimilen a tal velocidad que sean pronto indistinguibles de aquellos a quienes derrocaron.
Aún cabe una última posibilidad, la del poema de Cavafis, donde, para decepción de todos, los bárbaros finalmente no llegan, incluso empieza a dudarse de que hayan existido. En ese caso, a esos que tanto han repetido la amenaza que suponía la «ultraderecha» no les quedará otra que decir: «¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?/ Esta gente, al fin y al cabo, era una salida». Porque sí, los bárbaros eran inconvenientes, estaban sin domesticar y resultaban peligrosos, pero al menos venían a librarnos de nosotros mismos.