El azar ha querido que el inicio de esta Semana Santa coincidiera con el momento en que al fin me senté a ver Los domingos, la aclamada película de Alauda Ruiz de Azúa. Lo hice varios meses después de su estreno (un síntoma más de mi acostumbrada falta de sincronía con el flujo espasmódico de la actualidad) y un poco condicionado por el recuerdo de la catarata de reseñas, la mayor parte de ellas elogiosas, que el largometraje había cosechado en su día.
Entre las valoraciones las hubo diversas, aunque mi impresión es que predominaron aquellas que veían en la película una suerte de reparación moral. Se sucedieron los parabienes porque —se argumentaba— al fin el cine español, ferozmente hostil durante décadas hacia el hecho religioso en general y hacia el cristianismo en particular, era capaz de alumbrar una película que abordaba un asunto central del catolicismo, como es el de la vocación a la vida consagrada, desde un prisma de interés y respeto.
Abundando en esa línea, Los domingos fue elevada a la categoría de epifenómeno sociológico dentro de un marco cultural más amplio, a saber, el del resurgir del cristianismo en el centro de unas sociedades ya casi irreversiblemente postcristianas. Menudearon también las referencias al último disco de Rosalía a fin de reforzar tal conjetura. La tesis era poco más que intuitiva: habría una corriente de regreso hacia la religión, quizás aún en ciernes, pero notoria entre los jóvenes, de las que ambas creaciones representaban sendos testimonios de inesperado impacto popular. La ultramodernidad cultural española, que si por algo se define es por su desinterés, cuando no por su desprecio hacia la religión católica, se encontraba de improviso con estos dos rotundos éxitos comerciales.
Creo que es posible apuntar un par de cosas, por otra parte nada originales, a propósito de Los domingos. La primera de ellas es que es una buena película. Las interpretaciones son meritorias, en especial la de la joven protagonista, Blanca Soroa, que transmite en cada plano una impresión de naturalidad madura y reflexiva que su buen hacer consigue hacer compatible con la agitación espiritual que la está transformando por dentro. La banda sonora es asimismo un remanso de dulzura. Por su parte, la directora parece poner un cuidado extremo en que la película no se malogre por culpa de algún súbito desbordamiento sentimental. De ahí que la puesta en escena se antoje por momentos de una sobriedad un tanto tétrica y que los conflictos resulten más soterrados que explícitos (salvo el estallido casi final de la tía de la protagonista, cuya causa no desvelaremos aquí), lo que por momentos confiere a la película una cierta tonalidad aséptica, la apariencia clínica de una realidad que, debido a su condición anómala, estuviera siendo observada a través de las lentes de un microscopio.
Lo segundo que cabe señalar de Los domingos es que no es una película acerca del cristianismo. Es este un dato que no le resta un ápice de interés ni juega en detrimento de sus valores artísticos. Pero no habla del cristianismo, ni menos aún lo hace (como ya se encargó de aclarar su directora) desde una postura cercana al cristianismo. El personaje central podría haber elegido alguna otra opción de vida en apariencia menos radical que la de recluirse en un convento y el conflicto que se desataría en el seno de su familia habría tomado un cariz semejante. Porque la película, en lo fundamental, trata de lo que es a día de hoy la familia, una realidad sumida en una profunda crisis, socavada por dilemas prácticamente irresolubles (el mayor de ellos, identificarse como una institución tradicional en mitad de una cultura que socava hasta el fondo las tradiciones) y que, aun así, lucha por mantenerse a flote en medio de la debacle.
A pesar de la meditativa serenidad que fluye de cada gesto de Blanca Soroa, de su bondad transparente y sencilla, hay más sufrimiento que gozo en esta historia, más empeño en hurgar en las heridas que voluntad de restañarlas. En el curso de esa tensión corrosiva se desenvuelve la trama, hasta que la situación no da para más. De ahí el regusto ambiguo que deja su visión. Y es que el otro gran tema que aborda Los domingos es el de la evidencia de un mundo roto. Es el tema de la incomunicación, lepra de una sociedad a la que, irónicamente, le gusta presumir de tolerancia y empatía. Se trata de la radical imposibilidad de que prevalezca el amor, incluso dentro de una misma familia, desde el momento en que una de las partes no acepta que la otra asuma una actitud vital que contradice sus apriorismos ideológicos. Cuando esos vínculos se han destruido, a la persona sólo queda sobrevivir, es decir, aprender a vivir en una dimensión menor, saturada de sombras, carcomida por un dolor que, en lo sucesivo, no hará sino alimentar su resentimiento y su amargura.
P. D. Este artículo aparece publicado en Viernes Santo. Durante estas fechas, las cadenas y plataformas televisivas acostumbran a salpicar sus programaciones con productos que, de manera directa o tangencial, abordan el tema religioso. Por si fueran de interés, dejo aquí dos sugerencias que me siguen pareciendo de una vigencia plena y de una hondura deslumbrante:
–De dioses y hombres (2010): la película del director francés Xavier Beauvais basada en la historia real de los ocho monjes cistercienses que, en la década de los noventa, se negaron a abandonar su monasterio en las montañas argelinas cuando el terror islamista se adueñó del territorio.
–Converso (2017): un documental acerca de la conversión al catolicismo de la familia de su director, David Arratibel, quien desde una postura agnóstica trata de indagar, con gran delicadeza y sincero deseo de esclarecimiento, en un suceso que siente que le sobrepasa.