Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.
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Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.

Los inevitables errores de percepción

El hombre es el animal que más veces se equivoca al utilizar su capacidad de observación para determinar una conducta. El error es una consecuencia de dos raros atributos, específicamente, humanos en el conjunto del reino zoológico: la inteligencia y la libertad. Parece difícil renunciar a ellos.

La equivocación más típica, continua, es lo que, en inglés, se denomina wishful thinking. Es decir, vemos lo queremos ver. La percepción de la realidad es, siempre, parcial y selectiva. Nuestros deseos tiñen nuestras percepciones. Luego, podemos disfrazar la discrepancia como un ejercicio de libertad, pero, es, más bien, un simple y constante error. La prueba es la cantidad de tropezones que acumulamos en la permanente evaluación de la realidad física y, sobre todo, humana. 

Es fácil determinar ex post facto que nuestras apetencias y voliciones condicionan los estímulos recibidos del exterior. Es algo que nos produce una cierta tranquilidad. Más difícil es reconocer que nuestras percepciones aparecen teñidas por lo que nos interesa ver, especialmente, cuando las preferencias sean poco legítimas. Es, también, algo muy común. Aunque no moleste el adjetivo, lo más corriente es que nuestras conductas aparezcan como “interesadas”. Lo son, igualmente, las que podemos considerar como altruistas.

Los portavoces no desmayan al representar su cometido triunfalista; les pagan para ello. No son más que una mínima pieza de una empresa más general, llamada propaganda

El “error interesado” es más propio de los que hablan, públicamente en nombre de un grupo, una institución. El ejemplo típico es el de los portavoces; se designen, así, o de otra manera. En ellos, no se espera nada original, escasas ideas personales. Sus palabras, medidas con cautela, transmiten “lo que tienen que decir”, según una pauta prevista. El portavoz no puede dudar como el resto de los humanos. Precisamente, el conflicto estalla cuando un político expresa algo “a título personal”, no como dependiente de un partido o un Gobierno. En ese caso, el portavoz se ha trocado en una voz discrepante.

A esos políticos o portavoces se les perdona un estudiado optimismo o “triunfalismo”, cuando interpretan algún problema que inquieta a la audiencia, vagamente los ciudadanos o contribuyentes. Por ejemplo, ante los temores de que se genere una inflación económica o un alza en los contagios de la pandemia, el representante del Gobierno pretenderá quitar hierro al asunto. Puede recurrir al argumento trillado de que se trata de un “asunto puntual”(por “ocasional o episódico”), que pasará. Si el asunto dificultoso se enquista, argüirá que se empieza a vislumbrar el “principio del fin” de la catástrofe. Se trata de un optimismo calculado, casi, como una obligación del papel de la portavocía. Asimismo, se puede recurrir a la selección de alguna “buena noticia”, que alivie la preocupación general. Ese juego de errores de percepción de la realidad se acepta por el público porque todo el mundo se siente aliviado con alguna pequeña novedad agradable, aunque sea tergiversada. Cabe, incluso, que sea falsa. Son conductas que suceden todos los días. Los portavoces no desmayan al representar su cometido triunfalista; le pagan para ello. Son más efectivos de lo que puede parecer su ingenua función de informar o convencer. No son más que una mínima pieza de una empresa más general, llamada propaganda. Es la que impera en nuestro tiempo en todos los Gobiernos, especialmente, los teñidos de algún ramalazo autoritario, que son los más, especialmente, en la Iberosfera.

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