Para los que les gustan los libros, ir a la Feria del Libro Viejo y de Ocasión del Paseo de Recoletos de Madrid es una práctica de «piedad literaria» que uno ha de hacer solo… salvo que se haga acompañar de alguien a quien le guste entretenerse en los puestos tanto como uno mismo. La compañía es buena si demuestra paciencia ante la búsqueda recurrente de una a otra caseta, en busca de esa pieza que falta en la colección de los libros verdes de Historia de España de Ricardo de la Cierva, del segundo tomo de los discursos de Onésimo Redondo —todos tenemos el primero—, de la biografía de Fouché de Zweig de Editorial Juventud… Es una experiencia inigualable poner la oreja en los libros que buscan los libroheridos porque casos como los de arriba o parecidos son los que se oyen. Subrayo que lo que ha de gustar son los libros, más aún que leer. Los que vamos de mostrador en mostrador/ del caño al coro/a la busca del tesoro comprando libros sospechamos que no podremos leer todo lo que nos llevamos a casa. Pero nos los llevamos y estamos deseando parar en un bar para desenvolver el juguete nuevo.
Y tiene que ser un bar. Mi hermano Ignacio decía que los libros se han de estrenar en un bar. Con él fui muchas veces por los puestos de los soportales de la vallisoletana Vicente Moliner. Mi hermano Carlos me acompañó por las tiendas ambulantes del paseo de coches del Campo Grande. Este año he pasado esa experiencia con mi amigo José Ángel en la feria madrileña. A los tres, y a mí, nos gustan los bares y especialmente aquellos con personalidad propia.
No hay local que merezca más el honor de estrenar un libro que el Café Gijón, al costado de la feria. Este bar es en sí un libro viejo. No tiene mesas, tiene páginas. El tiempo ha rasgado aquí y allá los asientos de terciopelo granate del banco corrido que enmarca el salón de la planta de calle. Un retrato y un recorte amarillo de un periódico recuerda que ahí hubo un cerillero con bata de algodón azul y un cigarro. Cuadros con ilustres habituales, Fernán Gómez, Manuel Aleixandre, López Vázquez… cuelgan de las paredes interrumpiendo la hilera de listones de madera que abriga las paredes. Mesas de formica jaspeada en negro con sillas de madera con asientos también de terciopelo granate pueblan en el resto del salón. Una isla central, toda en madera, sirve de base para que los camareros distribuyan las comandas.
Todo es elegante ahí. Lo opuesto a una videollamada a voces sosteniendo el móvil. Los camareros son tan elegantes que se comportan como conservadores del museo de recuerdos y tertulias que es el Gijón. Uno de ellos nos contó que una señora había roto a llorar, enterada por el mesero de que el Gijón se cerraba por un tiempo, cambiaba de dueño y se iba a reformar. Ha ocurrido esta semana. Las ventanas del Gijón son los ojos de las tertulias de Madrid que miran la calle. Los ojos del Gijón se cerraron, de momento, y la vida madrileña sigue andando, libro en mano, esperando volver a posarlos en sus mesas.