«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
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Madrileña, licenciada en Derecho por la UCM. En la batalla cultural. Española por la gracia de Dios.
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Madres

20 de enero de 2024

Por razones obvias nunca olvidaré el día que nació mi hija. El momento más impactante e inolvidable fue cuando me dijeron que era niña y supe que María había llegado a mi vida. Yo no sabía el sexo de mi bebé y me daba igual, pero ponerle nombre en ese momento, desenvolver el regalo que había dentro de esa barriga inmensa —inmensísima según médicos, báscula y encantadores allegados— creo que ha sido el momento más importante de mi vida. Y de esto hace ya muchísimos años.

Horas más tarde vino a verme al hospital una amiga embarazada de su quinto hijo. Para relajarme después de una paliza de veinticuatro horas, me dijo: «Eres madre, ya nunca volverás a ser la misma». Me quedé callada. La maravilla esa que estaba en la cuna con cara de no haber roto nunca un plato —en ese momento todavía no se había estrenado— iba a estar en mi cabeza como prioridad de una u otra manera toda la vida, desde la guardería, pasando por el colegio, la universidad, su emancipación… Ya nunca volvería a ser la misma. Y no lo fui. Y me alegro muchísimo de que sea así. El epicentro de mi vida pasó a llamarse María.

Nunca pensé que fuera a escribir sobre la maternidad ni a contar cosas personales, pero veo por todas partes artículos y entrevistas sobre lo terrible que es la maternidad. Que sí, que todas quieren mucho a sus hijos, pero que no los soportan; que si lo hubieran sabido, no se hubieran quedado embarazadas. Un hartazgo.

Cuando oigo a estas mujeres lo primero que me pregunto es qué esperaban de ser madres. No sé, ¿una perpetua fiesta de pijamas, tener perros que no ladran, ser la familia Telerín en versión progre? Tener hijos es maravilloso, pero es un cambio de vida que exige saber lo que haces, dedicación completa, una organización distinta, una adaptación de la pareja a la nueva situación y todo esto requiere de algo que no se lleva nada: sacrificio. La palabra innombrable. El horror. Para mí es un sacrificio que compensa con creces, pero es un sacrificio, al fin y al cabo. Y no me refiero sólo a la etapa del no dormir, que ya es bastante molesta. Me parece mucho más dura la época de la formación, pero que también puede ser más interesante e incluso llegar a ser divertida muchas veces.

Acometer la inmensa tarea de educar a nuestros niños en valores, espiritualidad, principios y cultura es el proyecto de nuestras vidas, más allá de nuestras vidas profesionales y de nosotros mismos.

Sin embargo, ahora mismo muchas familias están más dedicadas a que los niños coman, vistan, hagan sus actividades extraescolares, duerman y lo que queda del día molesten lo menos posible para que los padres puedan terminar de hacer sus cosas, que a hacer precisamente ‘familia’. Visto así es comprensible que los padres vean la vida familiar como un infierno y los niños estén irritables e insoportables.

El día que decidimos formar una familia elegimos un proyecto vital en el que embarcamos a unos niños que no han pedido ser incluidos en él. No creo que exista para un padre o una madre algo más apasionante que esto: pararse a pensar qué tipo de persona quiero que sea mi hijo cuando sea un hombre o una mujer. Y pensar qué tengo que hacer para lograrlo. Si me pongo cursi, diría que es una aventura brutal. Si no me pongo cursi, también. Y esta aventura empieza el día que nacen.

Al margen de todas estas razones estupendas para formar una familia, está la más poderosa para no ser una madre amargada. El amor hace feliz. Amar a un hijo hace enormemente feliz, quizá es lo que me cuesta más entender de estas mujeres. Y sí, todas hemos estado muchas veces hasta las narices de no tener tiempo para nosotras.

Ahora se lleva más tener perros que hijos, y es lógico. Yo de mi perro no me tengo que preocupar porque sea un ser con valores, educación y principios; con que no muerda a la gente y me dé la patita me hace bastante feliz. Ahora es cuando me disculpo con todos los dueños de perros y les digo que yo adoro a los perros y tenía a mi maravillosa westy, Phoebe, que se emancipó con María hace un tiempo. ¿Ven como la maternidad es todo sacrificio?

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