Occidente se divide en varios puntos de vista. Por un lado, los que celebran la liberación de Venezuela; por otro, los que condenan el ataque imperialista o terrorista del gringo. La vieja izquierda, que lo va teniendo básicamente en chino. Y en el centro, bruselistas, los meñiques demoliberales que, ay, no estando con Maduro, no pueden aceptar (y sufren mucho) que Estados Unidos haya pisoteado el derecho internacional (con esto hacen lo mismo que con la Constitución del 78: van de dignos que no se enteran). Los hay, cómicos, que sin haber demostrado tanto escrúpulo con la de aquí, también sufren por la democracia americana: ¿acaso no ha de pasar el ataque por el Congreso? Se debaten entre su rechazo a Maduro y el rechazo a Trump, ¡claro, al fin y al cabo, dos populistas!
Ha acabado el derecho internacional, dicen muy tristes, pero ¿cuándo significó algo? Su Occidente se ha comido todas las intervenciones americanas y la reciente en Gaza, y ellos encantadísimos.
La variante más derechista-neocon-aznarita de este sector hará una cosa: celebrar la democracia en Venezuela, sin dudar, sin remilgos, pero sin mencionar a Trump. A Maduro lo ha derribado Estados Unidos o un sujeto impersonal.
Y luego están los realistas, queridos amigos, los del realismo de las relaciones internacionales. Quienes hace años despreciaban como una nadería o un teatro las escaramuzas de la oposición venezolana, bolichica, porque solo la fuerza echaría a Maduro o a Chávez. Es más. La pedían. Pedían la intervención.
Los realistas también entendían a Rusia cuando invadió Ucrania, o cuando estira la guerra como si las vidas fueran leña para un fuego fatuo. Lo hacían porque era su patio trasero, y una amenaza existencial. «Así funciona un superpoder», decían con razón. ¿Y qué ha cambiado? Vender petróleo fuera del sistema dólar, por ejemplo, sería para Estados Unidos tanta o más amenaza que la otanificación de Ucrania para Rusia.
Grandes perdedores en lo de Trump son los youtubers geopolíticos, que anunciaban ya el mundo multipolar y el triunfo de los BRICS y la gran y definitiva debilidad estadounidense. Y cuánto enteradísimo declaraba cadáver a Trump. Pues parece que el hegemón se resiste y que, en cualquier caso, le ha dado a probar a los BRICS dos tazas de lo suyo. ¿Queríais multipolaridad, pelmazos duguinianos de Internet? Pues tomad multipolaridad: en mi polo manda mi pirulo. Quienes admiten las razones de Rusia para llevar, no sé cuántos, ¿más de medio millón de muertos en Ucrania? bien podrán admitir las de Estados Unidos para una operación militar quirúrgica.
La doctrina Monroe, una ordenación del espacio, era el derecho internacional realmente existente hasta hace no tanto y a Estados Unidos le servía lo mismo para defenderse que para intervenir, en línea con las dos almas, las dos pulsiones exteriores del país. Puro pretexto para la prepotencia yanqui, dirán, pero China y Rusia trasteaban en el continente y lo llamaban sur global.
Trump, que habla de estabilidad, de energía, de buena vecindad (patio trasero), no ha hablado de democracia, ni es posible que lo haga, sí de transición y de «dar liberty«. Pero libertad es lo que decimos los europeos o los hispanoamericanos, los que estamos baja el ala estadounidense. Nos llamaos así: somos libres, libres, libres… lo repetimos histéricamente. No es la misma libertad cuando te la dan que cuando la conquistas.
Los franceses aun han rechistado un poquito. La grandeur, ya se sabe, su orgullo y su mal llevada insignificancia. Ellos se quejan de que no son formas. ¡La souveraineté, mon ami! Pero como si me quejo yo.
Esa musiquilla neocón de la democracia y la libertad quizás sea la forma que los ‘americanizados’ tenemos de sobrellevarlo. Pero con Trump, aunque parezca compartir su triunfal intervencionismo, irá pasando porque no se trata exactamente de eso. Es algo más… crudo.
Trump ha hablado de intereses de su país. Quiere buenos vecinos, gente estable. Y es tan realista que habla de petróleo. No se inventa, como hace veinte años, un subterfugio para ocultarlo. El petróleo será nuestro y haremos tratos con China, ha venido a decir. Pero en otras condiciones. Porque con Venezuela e Irán, a China y Rusia ya las tiene un poquito cogidas por los barriles. Hay que asegurar además el dólar y el precio de la energía. Venezuela es la mayor reserva del mundo. ¿Cómo afecta esto a Rusia o a la dependencia de Estados Unidos con Oriente Medio? Es un golpe de efectos incalculables.
Trump habla de droga, que tampoco es manca amenaza, para poder dotarse de facultades ejecutivas presidenciales y eludir el Congreso, porque no sería tampoco muy razonable telegrafiar por una Comisión el ataque bélico. Entendemos que los centristas españoles, metidos ahora a peperos, lo reclamen, pero es que solo a ellos les pasan por registro de entrada un golpe de Estado.
Ah, pero ¿no era pacifista Trump? Esto lo repetía insistente la periodista experta con la que TVE estuvo torturando al contribuyente durante unas horas. ¡Traiciona a su base! No, nunca fue pacifista Trump. Y los que seguimos su trayectoria en realidad deploraríamos el premio Nobel de la Paz, sin categoría suficiente para aspirar a Trump, que tampoco ha sido nunca un aislacionista. Quien compare Venezuela con la Guerra del Golfo lo tendrá difícil por ahora: cero víctimas estadounidenses no son cuatro mil. Ni ha sido un Vietnam, sino lo que viene siendo una feliz «entrada y salida».
Faltaría repasar la nueva y última rama del análisis internacional, lo que alguien ha llamado ya la derecha halal: los que tienen mononucleosis israelosa y todo lo explican con Israel. A ver… ¿cómo enlazar esto con Bibi? Ya está: esto puede presionar más a Irán, debilitar su importancia petrolera, satisfaciendo a Tel Aviv. Qué marioneta, Donald. ¿Ven qué fácil?
Siente uno que con Trump, que era tonto, menos mal que era tonto, unos y otros parlotean aquí y allá con planteamientos infantiles. El antiamericanismo explica bastante; el antritrumpismo mucho, y dentro del trumpismo, para colmo, las manías y obsesiones divisivas de los últimos tiempos, esa idea peregrina de que Trump iba a desmontar el imperio y a repartirlo. Pues no. Primero aseguró la frontera. Ahora la primera esfera de influencia.