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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.

Si uno ve los telediarios americanos, escucha las declaraciones del secretario general de la OTAN y hace caso a la mayoría de expertos de eso que se llama la comunidad pensante pro-atlanticista, sólo puede pensar que estamos al borde de una nueva guerra mundial, este vez precipitada por la ambición territorial de Putin y por la necesidad de defender el principio de no modificación de las fronteras por la fuerza. Hasta hay quien ya ha escrito cómo será ésta próxima guerra. Pero yo creo, sin embargo, que no va a estallar conflicto alguno.

Es cierto, desde su llegada al poder en los 90, Putin se puso tres objetivos estratégicos: restaurar la autoridad de Moscú sobre las regiones (con tan claro como brutal ejemplo en Chechenia); restablecer la autoridad política del Presidente sobre los oligarcas surgidos tras el derrumbe de la URSS; y recuperar para Rusia una zona de influencia en lo que hasta 1989 había sido el espacio soviético. Y hay que reconocer que mucho de lo que ha hecho desde entonces ha sido bien coherente con sus objetivos.

En el caso de Ucrania, se tragó de la noche a la mañana la península de Crimea con el pretexto de que fue un regalo territorial por parte de Rusia a Ucrania y que su historia, cultura y población era rusas por derecho propio. Imagino que el valor estratégico de contar con una potente base naval en el Mar Negro desde la que proyectarse al Mediterráneo también influiría.

Luego llegó la caída del régimen proruso en Kiev y la “necesidad” de proteger a la minoría rusa en la zona de Donbass. Abriendo un conflicto híbrido y nunca declarado que rompió la unidad territorial ucraniana y con ello, el fin de cualquier opción de que la OTAN invitara a Ucrania a convertirse en su nuevo miembro. Jurídicamente, la Alianza Atlántica no puede integrar a países con fronteras en disputa.

La OTAN debería haber ofrecido a Kiev las capacidades militares para que una invasion rusa se convirtiera inexorablemente en un nuevo Afganistán para Moscú

Ahora, tras amasar fuerzas para, teóricamente, unas maniobras en la fronteras con Ucrania, la Administración americana denuncia la ambición de Putin, su tentación de invadir Ucrania y la condena inaceptable de esa tentación. Y tras los americanos, la OTAN. Y, sin embargo, ¿quien está dispuesto a morir por Donbass?

No el nuevo gobierno de izquierdas alemán, dependiente de la energía rusa tras años de ponerse Berlín en una situación de vulnerabilidad energética. Y Biden, con un ritmo similar a la sedimentación del pleistoceno, sigue rumiando qué hacer. Aunque las voces desde su Administración no dejan de emitir condenas y amenazas.

En realidad la OTAN, en mi opinión, ha caído en la trampa del ladino Putin: cuanto más se amenace con la guerra, mejor. Él sabe que nadie en Occidente la quiere y que él tampoco. Pero cuanto más se vea la OTAN como un tigre de papel, mejor. Más concesiones podrá arrancar. Seguramente no quedarse con Kiev, pero si con Donbass y establecer un corredor terrestre con Crimea. Y, además, podrá presentarse ante los rusos como alguien de paz que ha evitado la guerra pero que ha sido firme frente a los americanos y europeos.

La OTAN hace mucho que perdió el norte. Y sus líderes políticos el conocimiento de lo que es la estrategia. Si de verdad tan comprometidos estaban los aliados con Ucrania, lo que deberían estar poniendo en marcha (deberían haberlo hecho hace mucho) es la estrategia del puercoespín: haber ofrecido a Kiev las capacidades militares para que una invasion rusa se convirtiera inexorablemente en un nuevo Afganistán para Moscú.  Los británicos han anunciado el envío de sistemas defensivos. Quizá demasiado tarde.

Las conversaciones con Rusia no han dado más resultado que aceptar que no se ponen de acuerdo, porque a Putin le viene bien estirarlas en el tiempo. Sabe que arrancará más concesiones. Es más, cuanto más se prolonguen, más tambores de guerra y con ellos, más concesiones occidentales. 

Nos guste o no —y para que conste bien claro, a mí no me gusta nada— Putin está demostrando ser mucho más inteligente que todos los líderes occidentales juntos. Habrá que aprender a convivir con ello y prepararse mejor para la próxima crisis. 

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