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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Nadie sabe nada

20 de julio de 2016

La volatilidad ha permitido a los mercados de acciones recuperarse en pocos días de las históricas caídas originadas por el Brexit. La volatilidad y la creencia de que ahora los bancos centrales no tienen otra que mantener, si no bajar aún más, los tipos de interés. Algunos sin embargo apuntan con preocupación al mensaje del mercado de bonos cuyos precios siguen bajando, aumentando el volumen de la deuda soberana a tipos negativos.

Esta preocupación gira entorno al distinto futuro que anticipan los mercados de deuda y los de acciones, estos de crecimiento, aquellos de estancamiento como mínimo. Una vez más la compra de bonos por los bancos centrales del euro y el japonés distorsionan sus mercados, y a su vez reducen la oferta de activos refugio, lo que empuja la compra de los bonos norteamericanos e incluso británicos. Políticas extraordinarias pensadas para momentos extraordinarios, que llevan veinte años aplicándose en Japón y ya 10 en EE UU.

En este panorama ha querido traernos claridad en su reciente informe el Banco Internacional de Pagos (BIS, por sus siglas en inglés), el banco de los bancos centrales pero le ha salido poco tranquilizador. Nos habla de tres certezas: la primera el bajo crecimiento, la segunda la baja productividad que indicaría que el crecimiento seguirá bajo en el futuro, la tercera demasiada deuda pública y privada, esta última como alternativa a las bajas rentas salariales, difícil de pagar si los intereses nominales son más altos que el crecimiento nominal. Así los tipos negativos cobran sentido aunque el BIS los considera perjudiciales para la salud del sector bancario. Necesidades contrarias entre prestamistas y deudores. ¿Quién tendrá más influencia sobre los que toman decisiones? De momento van ganando los deudores públicos.

El elemento político está cada vez más presente en unos mercados financieros que empiezan a creer cada vez más en la teoría de la desafección de los votantes, pero creen cada vez menos en quienes dicen saber por dónde van las cosas. Los mercados apostaron a que el Brexit no saldría y salió; hace pocos meses nadie creía que Donald Trump fuera a ser el candidato republicano y lo es; elecciones aquí y allí producen resultados inesperados. No sólo los sondeos hechos por Internet o por teléfono, sino los personales, tienen dificultades para atinar. Las hasta ahora seguras casas de apuestas tampoco aciertan. Algunos se preguntan si hace falta mirar a profesiones más concienzudas y sin respuestas tipo test: historiadores, filósofos… Pero ¿cómo introducir sus teorías, largas y elaboradas, sobre el futuro en los modelos matemáticos que utilizan los mercados financieros? Quizás los precios no reflejan toda la información disponible como ya nos paso en 2007.

Mientras la robótica y la inteligencia artificial nos indican un futuro laboral con más presencia de “máquinas”, la Econometría nos dice que la productividad lleva tiempo estancada, tanto en los países desarrollados como en los emergentes. Nuestra experiencia personal puede ser distinta, pero la medición económica nos insiste en falta de productividad y por ende de rentas y crecimiento. Cada vez hay más información disponible, pero lo que aumenta son las dudas sobre el futuro. El oro ha empezado a crecer desde hace tres meses. Solía ser el refugio contra la inflación, pero ¿es ahora refugio frente a otra cosa? Todas las monedas se quieren depreciar porque no hay inflación que lo haga por ellas.

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