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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

La opinión pública sigue en sus trece

8 de octubre de 2013

Los problemas percibidos por los españoles siguen siendo los mismos encuesta tras encuesta del CIS, y sin apenas variaciones. Este retrato nos muestra una sociedad escéptica frente a las promesas políticas, desencantada y escasamente esperanzada, un panorama que contrasta fuertemente con el optimismo que algunos querrían basar en el carácter positivo de ciertos indicadores y con las reiteradas afirmaciones del Gobierno sobre un futuro más halagüeño a no demasiado plazo. La crisis está siendo destructiva para las esperanzas y los gobiernos se muestran incapaces de levantar el ánimo de los ciudadanos.

Claro está que no se trata sólo de estados de ánimo sino, más bien, de situaciones objetivas que persisten. El paro y la corrupción no cesan, crecen y se multiplican como si no existiese remedio alguno, pese a las reformas y a las acciones de la Justicia, con frecuencia lentísimas y de final desconcertante. Los ciudadanos sienten que hay, al menos, dos clases de españoles, los que tienen que pagar sin rechistar y los que consiguen salirse con la suya y se las arreglan para sacar ventaja. Tanto el paro como la corrupción han cedido puntos, pero siguen encabezando las preocupaciones de la mayoría.

Los dos asuntos siguientes en la escala de los ciudadanos parecen rubricar esta fijación porque se refieren a los problemas económicos y a la mala opinión que se tiene de los asuntos políticos y de quienes los protagonizan.

La opinión que los españoles tiene de su situación deberá preocupar al Gobierno porque no aparecen signos claros de aprecio hacia su labor. Alrededor de la mitad de los encuestados creen que la situación económica es peor que hace un año, porcentaje que llega casi al 90% si se suma al de los que creen que seguimos igual. Menos del 10% creen, por tanto, como afirma el Gobierno, que estamos mejor que hace uno o dos años. Crece algo, sin embargo, la esperanza de que la situación mejore en los próximos meses, de manera que podría producirse un cierto vuelco de esta imagen negativa si en el futuro hay datos incontestablemente positivos, como la mejora del consumo, el crecimiento del empleo o la mejora de la imagen de los políticos y, muy en especial, del Gobierno.

 

En eso parece consistir la esperanza de los dirigentes del PP, pero harían bien en pensar que no basta con esperar que las cosas mejoren, sino que hay que esforzarse en que así sea, de manera que el Gobierno debiera arriesgarse con algunas reformas pendientes que puedan aliviar el peso de la crisis, un peso que los ciudadanos perciben que recae en exclusiva sobre sus hombros. Es muy significativo que mientras crece poco el número de los que piensan que la economía puede mejorar, es muy pequeño el de los que creen posible una mejora de la situación política. Romper con este círculo vicioso de pesimismo y desesperanza es la principal obligación del Gobierno.

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