De una forma espontánea y bastante serena, la gente pedía que Puigdemont fuera a prisión. Era casi lo único que se gritaba en 2017. A los españoles les cuesta hacer cánticos, se ve en el fútbol. Y ahí salió uno, apenas un grito, que el golpe catalán hizo florecer del mudo pueblo español: ¡Puigdemont a prisión!
Por supuesto, casi una década después, Puigdemont la prisión no la ha olido. Primero fue el desliz de dejarlo escapar, después la Euroorden, con la que Bélgica, Alemania, Italia y la propia Bruselas hicieron papiroflexia y eso que la Unión Europea nos iba a solucionar todo… Primero el 155 y luego Europa. ¿Se acuerdan de cuántas veces al día lo repetían?
Los secesionistas que sí fueron a la cárcel tampoco es que estuvieran mucho. Había ese matiz que no observó Marchena en la sentencia y que aflojó el régimen penitenciario de los reos, cuyo destino fue un resort penal catalán. Otros ni eso; Rufián actualmente hace de estrella moral en Madrid.
Hubo indultos, amnistía, se les cambió la ley, y no es descartable que en el futuro haya que indemnizarles. Y sí, fue Sánchez, el terrible Sánchez, pero nunca estuvo solo.
Habíamos visto a ETA, el pacto con los asesinos y el 15M, pero el golpe catalán, el puto procés, tuvo algo insufrible. Las ceremonias de odio y supremacismo, el atrevimiento de osar romper España… El golpe catalán fue incruento, aunque diseñado para que alguien cometiera un error, pero por eso, por su propia impotencia odiosa, también fue un ensañamiento simbólico, un sufrimiento para los españoles que tuvieron que escuchar la ruptura de España. Puigdemont, que entonces pasaba por psicópata, habló a los españoles de una forma inadmisible.
Comprobar lo poco que importaba esto a la gente supongo que fue el momento generacional de escarmiento. Estas humillaciones con el tiempo no generan odio, ni ira, sino un vacío, una reserva, amarga desgana de la que nace la sensación de estar ante un sistema monstruoso que nos envilece o nos humilla.
Cada español se queda enganchado a una humillación. Una se queda clavada. Yo creo que siempre desearé ver a Puigdemont en la cárcel, condenado a mirar un cielo español por la ventana.