La muerte del Café Gijón me deja frío. Al menos hemos de agradecer que no vaya a ocupar su lugar un sex-shop. Cierra, pero abrirá. A los de mi generación se lo popularizó Pérez-Reverte en sus columnas, y eso fue bueno para el café y malo para la bohemia. Dejé de escribir allí la última vez que me hicieron una foto pluma en ristre, creo que una sueca, como si fuera un aborigen sin contacto con la civilización, o como cuando el mono del zoo bosteza y se le ve hasta el QR del esófago. De algún modo, como a Sabina, a mi también me echaron de los bares que usaba de oficina. Pero yo me fui a otros.
Al Gijón le pasa como a todos los cafés históricos que sobreviven en la Vieja Europa, la que ya no existe. Con tanta Lonely Planet y tanto «typical spain» se han convertido en producto de coleccionista, como si fueran vinilos, se han llenado de turistas, y nos han expulsado a los escritores. Por ser del todo sincero, nos fuimos tan pronto como descubrimos que los derechos de autor de lo que sea que estés escribiendo nunca alcanzan a cubrir lo que cuestan un par de cañas allí. Además, ya no se venden libros. Y ni siquiera hemos encontrado un formato como el vinilo, como hicieron los músicos, para disimular la debacle. Por supuesto, nuestros conciertos tampoco tienen el sex appeal de una banda de rock, como para poder abrir nicho girando con una novela en directo. «Damas y caballeros, ahora voy a leerles el tercer capítulo»; la lluvia de botellines de cerveza sobre el escenario dejaría en anécdota la que sufrieron los Blues Brothers en aquel antro country.
Hay algo trágico y mortuorio en la desaparición del Gijón que conocimos, que ya no era ni la sombra del que había sido. La tercera generación de la familia, los Escadilla, lo ha vendido a un gran grupo que promete mantener la esencia, y no lo dudo, pero la historia, la leyenda, y la tradición no funcionan así. Justo es decir que, de todos modos, si ya solo era un museo popular a precios inasequibles a la bohemia, quizá esté mejor en manos de especialistas en ganar dinero. Es más, seguramente los Escadilla han optado por la única salida que permitirá mantener abierto el Gijón. Qué más da.
Con ese vicio mitómano que intento mantener en secreto, aparqué hace años mi cuerpo cansado de viajero en la mesita más discreta del Florian de Venecia. Había leído tantas historias sobre aquel café que ni siquiera me importó empeñar el hígado para pagar la copa. La ceremonia del barman, más cuidada y expuesta aún que en el Gijón, exquisito el ademán, elegante cada aspaviento, al servir el combinado en bandeja de plata, con sus almendras recién tostadas y no sé qué más muestras de cariño, antaño se llamaba educación, buenos modales, y era lo de lo más frecuente en la no tan lejana Europa de mis abuelos. Hoy no existe, o es un bien escasísimo, y la lógica del mercado es aplastante en esto: hay que pagarla. Bendito sea el Florian, los buscavidas solitarios y enloquecidos de Venecia, y la Europa en sepia que perdimos, disuelta en la cursilería globalista.
Antaño la preocupación por las piedras viejas era una constante, un deber moral para con los que nos precedieron, pero hoy es sólo un bien de lujo. Quizá en momentos de prosperidad la opinión pública se preocupa por salvaguardar los monumentos de su historia, desde los viejos monasterios que iluminaron de sabiduría toda Europa hasta los cafés, las casas natales de nuestros escritores, y los museos pequeños, repletos de tesoros familiares, que malviven aún en los rincones más remotos del Viejo Continente. Pero vivimos tiempos de miseria, de crisis, de disolución cultural, y los europeos están más preocupados porque no los maten a cuchilladas en el extrarradio, o de llegar a fin de mes, o de esquivar cualquier multa climática, que de salvar las piedras viejas de nuestra civilización. Esos bárbaros que llevan el timón nos han hecho elegir.
Mueren las piedras que cuentan historias. Se van en manos privadas, como se han ido yendo en las institucionales. Se van porque nadie ya las puede contemplar. Como en los países enfermos de miseria, donde la supervivencia manda, no hay tiempo para amar lo bastante el legado que un día recibimos. Habrá quien crea que el Café Gijón o el Florian no pueden equipararse a los grandes monumentos históricos. Allá ellos. Su lenta muerte, o su reconversión en cafés de lujo de una sola visita, es el síntoma de algo más profundo: la destrucción de esas piedras viejas, de las huellas de la historia, de las señales que los grandes protagonistas de Occidente grabaron durante siglos con sus uñas en losas que debían ser eternas.