No sólo el moralmente asimétrico «mundo basado en reglas» está saltando por los aires con la administración Trump. Sin necesidad de Delta Force ni fuerte viento de Levante, al orden alimentario occidental, ese que durante décadas se basó en la pirámide de Ancel Keys, también le han pegado un buen meneo.
Es cierto que ya nadie hacía caso al famoso poliedro cerealista, pero de la mano de Robert F. Kennedy, misto de Marcos Llorente y Carlos «reancestralización», el trumpismo ha decidido invertir la geometría del comer hasta rozar la revolución euclidiana. De la famosa pirámide de Keys han hecho un embudo donde el contenido alimenticio ya no ocupa los mismos lugares que le fueron reservados hace décadas. Ahora, en la zona superior del cono, las grasas saludables junto a carnes magras y rojas, comparten espacio con fruta, verdura y algunos lácteos. Se trata de una sección transversal abundante. Un área alegre, casi mediterránea, que se va estrechando hasta el cuello donde terminan, cautivos y desarmados, los granos.
La oposición estadounidense, por descontado, ya está hablando de «populismo alimentario» o de alimentación reaccionaria. Dos términos, «populismo» y «reaccionario», que en el 80% de los casos sirven para detectar imbéciles, tanto en política como en prensa. Y la nuestra, que es de mucho negroni y poco lerele, no es una excepción. A ver cuánto tardan algunas redacciones en traer al cardiólogo de turno a criticar por criticar. O en dedicar un espacio exclusivo al «anti vacunas» e infiel Kennedy en sus secciones de colorín, nuevo lugar de señalamiento —o destripamiento— de personajes poco alineados políticamente con unos medios que han hecho de la vergüenza ajena y el canapé su especialidad. Lo anterior, sin embargo, no quiere decir que a esta nueva propuesta nutricional no se le puedan imputar «defectos» parecidos a los de su predecesora.
Dicho lo cual, no hay mucho de novedad en lo planteado bajo la dirección de Kennedy. Hace años que esta manera de alimentarse se practica en uno de los últimos lugares donde todavía existe un orden basado en reglas: el gym. En ese ecosistema, los degradados capilares, bigotes y bebidas energéticas comparten espacio con cruces de San Andrés y camisetas cuyos mensajes son dignos del liberalismo-turolense más vintage («A nadie le importan tus excusas…¡Trabaja más duro!»). Para los bros la ingesta de proteína y grasas es casi una religión. Así como la limitación estratégica del consumo de hidratos de carbono (sustancias aparte).
La orientación nutricional promovida desde las agencias federales de salud estadounidenses no oculta que hay algo más aparte del bienestar. La guía que acompaña a la pirámide invertida habla textualmente del realineamiento del sistema alimentario para apoyar a los agricultores, ganaderos y empresas nacionales que cultivan y producen alimentos reales. Fomentar la soberanía alimentaria y la cultura gastronómica propia es también una forma de proteger los intereses del pueblo norteamericano.
Con este tipo de acciones, Estados Unidos se vuelve a marcar un doble frontal de bíceps frente al mundo. Y, nosotros, tenemos la sensación de regresar, aunque sea por un instante, a nuestra adolescencia reaganiana –ingenua, todo sea dicho– donde el hegemón era poco más que puro imaginario pop, apenas los 501 de Springsteen sobre fondo de barras y estrellas.
Mientras tanto, la despreciable UE acaba de firmar la sentencia de muerte de nuestro sector primario con el acuerdo de Mercosur, protegiendo así unos intereses que nada tienen que ver con los de los pueblos europeos. Ahí la llevamos.