«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

Ruido blanco

16 de abril de 2026

Hace unos meses, quizá un año, una americana anónima se hacía viral con un vídeo en el que compartía con la audiencia su asombro al enterarse por una amiga que todos los varones pensamos en el Imperio Romano, siquiera una vez al día, como con la pastilla contra la hipertensión.

Los machirulos en las redes le seguimos amablemente el juego confirmando tamaña exageración completamente infundada. Pero de un tiempo a esta parte empiezo a sospechar que la teoría de la gringa está cerca de ser cierta con respecto al Imperio Español, al menos si juzgamos por la cantidad inesperada de títulos de novelas, ensayos y documentales, así como espontáneos en redes, que han surgido como setas. La Leyenda Negra está muertísima, incluso si es la política oficial.

Pero sospecho que muchos de estos nuevos admiradores de las hazañas patrias, si les preguntara a bocajarro cuándo alcanzó nuestro imperio su máxima extensión, con toda probabilidad rondarían cualquier fecha en torno a nuestro Siglo de Oro. Y no: la respuesta es 1790, finales del siglo XVIII, cuando España no era el hegemón indiscutible.

Es un fenómeno habitual, y es lo que vemos con la izquierda, en sentido amplio, con el progresismo desmandado de nuestro tiempo, que es, a la vez, omnímodo y completamente inane. No hay ya una sola idea mínimamente original que salga de sus filas, no están en los debates que van a condicionar el futuro inmediato, no tocan suelo, ignoran por completo la realidad a su alrededor.

El progresismo es un zombi; es el psiquiatra protagonista del Sexto Sentido, que no sabe que está muerto. Y no lo sabe porque el Poder ha desollado al progresismo y se cubre con su piel. Nadie, en el fondo de su corazón, cree en las locuras de la izquierda, aunque pueda interesar seguir repitiéndolas, que es otra cosa muy distinta. Las lentejas son las lentejas.

Estamos, en ese sentido, en una situación muy parecida, sino idéntica, a la de las sociedades del «socialismo real» en los años ochenta del siglo pasado: nadie cree ya en la línea del partido, pero todos tienen que acatarla. Se habla a menudo de la distancia convertida ya en abismo insalvable que separa los intereses de nuestros gobernantes en todo Occidente de lo que vive realmente la gente en su vida cotidiana. Pero este abismo no es sólo de reconocimiento de hechos o intereses, sino también ideológico. La izquierda está agotada, el progresismo es intelectualmente impotente. Pero, oficialmente, no hay nada más. Incluso vemos feroces debates, enfrentamientos a cara de perro entre facciones de lo que está fuera del discurso oficial, no porque una presunta derecha se esté descomponiendo, sino porque nunca ha sido un bloque real.

La izquierda, intelectualmente dominante durante muchas décadas, decidió en su día llamar «derecha» a todo lo que no se ajustase a sus postulados crecientemente estrechos y caprichosamente cambiantes pero, agotado su impulso vital, lo que se ve fuera es cualquier cosa menos un bando homogéneo.

Pero el progresismo que ha sido el dogma de Occidente tanto tiempo no queda solo en las leyes y los pronunciamientos oficiales. Es también un «ruido blanco», de fondo, tan habitual que hemos dejado de advertirlo incluso cuando debatimos desde posiciones intencionalmente contrarias al pensamiento dominante.
Esa es su última victoria, ese remanente epistémico, todo ese conjunto de nociones que ni siquiera estamos revisando seriamente y que constituyen la premisa básica y no estudiada. Es, por así decir, la última victoria de un corpus ideológico exhausto, de un cadáver exquisito que, como el Cid, sigue ganando batallas después de muerto.

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