«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

Sonrisas y ascetismos

6 de septiembre de 2021

El viaje de Santiago Abascal a México y la atención constante de la Fundación Disenso al Nuevo Continente demuestran que la apuesta por la Iberosfera va muy en serio, y allí, además, nos la ven, y la doblan. Tiene un precedente intelectual muy interesante en José María Pemán, que dedicó un libro a sus impresiones y reflexiones sobre América tras un viaje en 1941. El título ya es magistral: El paraíso y la serpiente. Conjuga la esperanza máxima (el paraíso) con una cautelosa prudencia (la serpiente).

Como buen columnista, Pemán mezcla en ese libro el ameno anecdotario, la impresión paisajística y la crónica social, con unas observaciones sobre el presente y el futuro de la comunidad hispanoamericana, que impresionan por su clarividencia. No es la primera vez que el escritor gaditano hacía pronósticos de calado. Hughes, en las páginas de ABC, ha dado cuenta, tras una atenta lectura de los artículos pemanianos, de que fue el pensador que mejor vio venir la transición española. Mientras todo el mundo hacía teorías más o menos desiderativas, él levantó el plano de lo que debía pasar y pasó.

Con esas credenciales, conviene leer atentamente lo que dijo hace sesenta años de uno de los temas más candentes de la actualidad. Para empezar, predijo con inquietante puntería el peligro de un indigenismo pasado por Marx: «Da terror pensar lo que pueda resultar en lo futuro de la unión del resentimiento proletario y el resentimiento racial. Mientras que allá, en Europa, se tambalea el Imperio de Stalin, no sé yo si el próximo Stalin será, acaso, algún Atahualpa marxista…» La idea del Grupo de Puebla está ahí, pero vista mucho antes, y con más conciencia del peligro.

Es la serpiente, o una de ellas, que amenaza el paraíso. Le preocupa mucho menos el desapego cosmopolita a la madre patria que ve aquí y allá. «Antes o después, como en las excavaciones, brota la sangre española», afirma, quitando hierro a anglicismos y francofilias. Le entretiene, por sus propios resabios elegantes, detallar modas y modismos ingleses, italianos y, ya menos, franceses. Pero precisa «no es lo mismo comprar un figurín que vender el alma», y expone ejemplos de profunda hispanidad de señoritas y caballeros que pueden ir vestidos a la inglesa. Como modas, resultan efímeras: «Hoy se busca inútilmente en Buenos Aires esa influencia francesa. Está barrida. Ha bastado que no llegasen a los escaparates los libros de Plon o los perfumes de Cotty, para que todo se esfumara. Si he de decir verdad, casi me daba pena comprobarlo, a mí que sin ser un afrancesado, amo a Francia: no a la de Cotty, ni Plon, ni Gide, pero sí a la de Barres, Mistral y San Luis». 

En 1941, en pleno apogeo nazi en Europa, Pemán desdeña los argumentos raciales y pone el acento en el idioma común: «Cuando los más escépticos llegan a dudar de todas las otras comunidades más etéreas e imprecisas —raza, cultura, espíritu—, queda siempre la sonora realidad del lenguaje». Es el lazo que salta a la vista (o, mejor dicho, al oído), con ecos de hermandad profunda. Desde opuestas posiciones ideológicas, la impresión de Cernuda, narrada en Variaciones sobre un tema mexicano (1952), es también de absoluto deslumbramiento por el hecho del idioma compartido. Pemán rehúye citar al mexicano José de Vasconcelos, el autor de un ensayo de sonoro título La raza cósmica que se publicó, además, en España en 1925, y que el autor gaditano conocería. ¿Por qué? Seguramente por el peso que Vasconcelos da, primero, a lo racial. Mistifica un mestizaje total entre las cuatro razas del mundo del que Hispanoamérica es la precursora de la «quinta raza». En segundo lugar, Vasconcelos se lanza al utopismo de una comunidad internacional fundida también en una sola unidad política. Ese futuro Pemán no lo ve y corre un tupido y silencioso velo.

España continúa en el Continente y sigue ofreciéndose a ellos [los hispanos de América] como cabeza de puente para que no tengan que renunciar a Europa

Sí cita en cambio a Alejandro Ruiz Guiñazú que habló de América como de «la tercera solución». Ahí Pemán vuelve a hilar muy fino con más de medio siglo de adelanto. Ve que la Iberosfera encarna dos principios sobre los que girará el debate político del futuro: «La libertad del individuo y la universalidad del espíritu». El valor real (moral) del mestizaje estriba en que es el reconocimiento vivido de la dignidad de todo ser humano. Además, impide que nadie sea considerado como una mercancía. Junto a ello, sitúa el amor por la libertad, que ha de ser vital en un mundo amenazado «por la apisonadora de las masas», dice. Ahora, más.

«España continúa en el Continente y sigue ofreciéndose a ellos [los hispanos de América] como cabeza de puente para que no tengan que renunciar a Europa», añade Pemán, que sabe que esa condición occidental de América es constitutiva. Tanto como el afán de independencia de los pueblos de América. Lo expone con acentos vibrantes: «Pero esta “soledad” [frente a España] fue en ti lo instrumental y circunstancial: lo sustancial fue siempre la Independencia. […] Pues yo te digo que ahora está en peligro otra Independencia; pero la Independencia grande de tu mundo que reza a Cristo y habla en español». Habla de «una batalla mundial que hay que ganar al lado de España».

La Hispanidad es el único fragmento del mundo donde quedan los elementos de una síntesis: donde quedan América y Europa, producción y mercado; libertad y orden; sonrisas y ascetismos

No se trata, por tanto, de restaurar unidades políticas. «Para llegar a la Hispanidad, no hay más que ser muy intrépidamente lo que somos: Argentina muy argentina; España muy española…».  Porque «en resumen, toda la tarea es ser nosotros, salvar nuestro ser entre tantos flancos peligrosos». Este amor a la peculiaridad de cada nación, explica en Pemán las descripciones entusiastas de paisajes y personas, el ánimo por conocer mejor desde la política local hasta el la canción popular y siempre el resultado final de ese conocimiento: «Cuando llegué a mi hotel, yo comprendí que amaba más la Argentina y entendía mejor la Hispanidad».

¿Qué tiene «nuestro ser» común que aportar? «La Hispanidad es el único fragmento del mundo donde quedan los elementos de una síntesis: donde quedan América y Europa, producción y mercado; libertad y orden; sonrisas y ascetismos»; también —lo dijo antes y es lo prioritario— la libertad individual y la comunidad orgullosa de una historia abierta a la trascendencia. Esto lo escribe ante el mundo partido en dos de la II Guerra Mundial, convencido de que ni el nazismo ni el comunismo son soluciones reales al vaciamiento interior del liberalismo. Esa síntesis metafísica e histórica de la Iberosfera es hoy, tal y como la vio Pemán hace sesenta años, más necesaria que nunca.

Fondo newsletter