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Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

Técnico de la pupa, perito en odios

26 de diciembre de 2023

El sucedido entre Ortega Smith y Eduardo F. Rubiño es incansablemente revelador y nos enseña algunas cosas. Rubiño no solo se victimiza en la teatralidad ridícula con la que recibe el papelazo de Ortega; en realidad, Rubiño se victimiza tres veces: antes, durante y después.

Antes, por persona interpuesta, cuando interpreta el discurso de Ortega como «ataque repugnante» e «insulto a la memoria de una víctima de forma nauseabunda» . Gustará más o menos lo de Ortega, pero esta interpretación es un exceso al que Rubiño acostumbra, con la intención de demostrar que Ortega merece la «reprobación política absoluta por parte de todos». Nótese el absoluto y el de todos: unánime y sin fisuras, en bloque. Es una interpretación para justificar, no solo sus palabras («me da asco») sino la exclusión o cancelación del oponente.

Se victimiza en el acto, cuando Ortega se encara, como ya se ha comentado sobradamente.

Y se victimiza después, en dos medios afines: la SER, cuando hurga en la potencial homofobia del acto de Ortega («ahora llora») y en El País, cuando vuelve sobre el tema y habla de «matones con corbata».  El papelazo  le sirve, en segunda derivada, para revictimizarse («piensa que soy menos hombre que él») y convertir a Smith en arquetipo culpable encorbatado. En El País extiende sobre Vox el constructo habitual de culpa: «Todo Vox [de nuevo el todo] ampara esta actitud violenta porque va en su ADN. Vox produce una violencia institucional. Ponen en la diana a las personas LGTBI, a los migrantes, a los vulnerables. Agitan ese odio…». Rubiño no se corta: «su forma de hacer política no debería tener cabida en las instituciones».

No es nuevo, Rubiño suele hablar así, es durísimo, como si aspirase a nuevo Echenique, pero la victimización le regala más foco y lo aprovecha. Su lenguaje es abiertamente cancelador y excluyente. Es un virtuoso de la victimización, un Paganini del victimismo y se vale de una especie de pseudofilosófica pericia técnica para revelar actitudes supuestamente fascistas. Una hermenéutica ‘antifa’ que nos revela el fascismo en el discurso ajeno, en el acto y en el no acto, como zahoríes de lo ultra especializados intelectualmente en detectar esa corriente subterránea, pues el fascismo, por supuesto, no es tan evidente. Necesitamos técnicos en desfascistización, cazafantasmas interseccionales. El fascismo aflora en epifanías ante la minoría víctimizada. Rubiño seria las dos cosas: víctima y detective hermeneuta.

Con Ortega se da algo adicional. En Ortega Smith, como tipo humano, hay algo que evoca lo militar. Fue boina verde y en él se percibe cierta rigidez castrense. Es abogado, pero es sabido que los abogados son los nuevos guerreros. ¿No venía virtud de vir, guerrero o soldado? Ya no. Es un tipo humano completamente hostil para la izquierda, en ello ven machismo, blancura, autoritarismo, rancios códigos de honor… Incluso en el acto no feliz del papelazo, Ortega se encara, da la cara, es frontal, no busca escondrijos… Ortega Smith es el personaje perfecto para personificar este proceso de culpabilización del ‘matonismo’ ordinario. Los matones auténticos son perdonados o reintegrados, olvidados o contextualizados, y se les sustituye por los constitutivamente matones del día a día, con traje y corbata, dignos de toda exclusión institucional. Unos han de entrar en las instituciones, los otros salir.

El discurso de Rubiño es completamente incivil , pura violencia conceptual propia de una casta política y técnica de sacerdotes o sacerdotisos dotados de un saber técnico-intelectual para la deconstrucción del discurso, la detección del ‘odio’, y la culpabilización; son doctores de victimismo con el latín y griego del posmodernismo y el neormarxismo, técnicos woke de la demonización. Técnicos de la pupa, chamanes del nuevo tribalismo, clero de un culto distinto.

Nos lo ha explicado Domingo González. La izquierda tiene dioses secularizados, pero también demonios. Bajo el manto de la ideología, del cientifismo y del racionalismo, su mente tiene una estructura primitiva y mágica que busca una única causa maniquea y conspirativa para la exclusión: la ultraderecha, mal absoluto, demonio informe que foucoltianamente está por todos lados, y que necesita de ellos, de un clero revelador de la mácula original: del ‘fascismo’. El demoníaco fascismo (o también, y más bien, extrema derecha o ultraderecha) lo detecta y revela Rubiño con su técnica analítica, que hace las veces de crucifijo. Lo antifascista no es lo contrario del fascismo, sino el fascismo boca abajo. El reducido a Hitler, el caricaturizado como tal, es merecedor de una persecución estigmatizante y señaladora. Ellos persiguen la exclusión sobre un esquema similar: la maniquea construcción de un enemigo implacable que han de revelar a base de análisis, denuncias, cancelaciones… No hay juicios formales ni tribunales técnicos para ello: solo personas con credenciales arbitrariamente concedidas para acreditarlo.

Son fabricantes de victimismo: creadores industriales de narrativa de odio sobre el modelo nazi-judío, un esquema que copian abusivamente como los chinos la tecnología y que arrojan en forma de pliegos sobre el enemigo a excluir. El poder (PSOE) se rodea de un anillo ‘echenique’ de gais, trans, mujeres o africanos que enfrentar al arquetípico Ortega Smith («matón con corbata», nuevo uniforme, como ataque al militar de ahora. No ya el ejército, sino lo castrense jurídico, el espíritu castrense que, leal y nacional, pueda quedar dentro del Estado de leyes).

Usaron al ejército masacrado por ETA para la creación de Miedo y ahora harán lo mismo con los abogados que osan recurrir y hablar de España y honor.

Este anillo de victimismo a flor de piel es agresivo y rodea al poder como una corona de cristalitos sobre el muro sanchista de la exclusión (muro que, por supuesto, no afecta a los cantores pinkfloidianos del muro: peperos, inquietos centristas y (n)europedantes).

Rubiño es un ejemplo particularmente llamativo de esta técnica nazi y fascista usada por los no nazis y antifascistas: la demonización oscura del otro convertido en quintaesencia y origen de todos los males y el ofrecimiento de técnicas para su revelado y para su exorcismo definitivo mediante la exclusión social y política. ¿Qué nos separa de la felicidad? La ‘extrema derecha’. Acabemos con ella. Saquémosla de toda institución.

Este es el discurso intolerante, intolerable, excluyente y en esencia esquemáticamente primitivo revestido de sofisticación neomarxista, ecológica, y racionalista.

Rubiño es monaguillo clamoroso del nuevo clero, perito en odios, técnico de la pupa.

En Eugenio o proclamación de la primavera (1936), novela de García Serrano, falangista, un protagonista se encuentra con alguien y le dice (cito de memoria) «hola, te vas a pegar conmigo». Ahora le diría: «Hola. Me vas a pegar. Lo quieras o no, hoy me vas a pegar». Los llamados ‘antifascistas’ tienen una mentalidad similar, solo que camuflada e invertida.

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