«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Periodista, documentalista, escritor y creativo publicitario.

Tiranía disfrazada de neutralidad 

29 de enero de 2026

Desde el trágico accidente ferroviario ocurrido en Adamuz, la prensa, las redes y las instituciones han hecho muy visible el retraso civilizatorio en el que nos encontramos y que poco tiene que ver con el estado de las vías y mucho con haber expulsado a la religión de la centralidad social. 

Hace siglos no había trenes, pero el hombre estaba mucho más adaptado a la naturaleza, era mayor su armonía con ella por mucho que no existieran las comodidades actuales y el agua corriente fuera un bien escaso.

Ahora lo máximo que nos ofrece la sociedad es una suerte de religión inmanentista que no hace sino arrancar a Dios del corazón del hombre y del horizonte, y poner al hombre en su lugar. Y, gracias a ello, proliferan en el mundo ideas y actitudes que, lejos de elevar al hombre, lo empequeñecen y lo castran. 

El vacío ocupa el centro, so capa de neutralidad, como vimos en la pantomima laica por las víctimas de la gota fría en Valencia. Y ocurre ahora lo mismo con minutos de silencio que son lo más parecido a asomarse al abismo de la interioridad, sin intención de encontrar nada más allá del propio vacío, y aplausos ensordecedores que lo hacen todo todavía más inquietante. 

En las tertulias de la telebasura, frente a las críticas de las familias de las víctimas, encorajinadas ante el rechazo del Gobierno a celebrar un funeral católico, los contertulios lo justifican diciendo que el Gobierno tiene que velar por todas las sensibilidades.

Como si optar por la no religión fuera lo neutro, como si convertir esto en un sindiós fuera el punto medio, cuando precisamente es algo que destruye al hombre. Y así, con muy buen criterio, las familias, que no entienden de esas moderneces de la supuesta neutralidad, han dado plantón al Gobierno. 

Ellas saben lo que necesitan sus fallecidos, que no es otra cosa que pedir a Dios los acoja cuanto antes en su seno, y no silencios, aplausos y otras masonadas que nos convierten en una sociedad peor que, bajo la apariencia de rendir homenaje a sus muertos, los desprecia y desampara. 

Tanto es así que el obispo de Córdoba ha denunciado que las autoridades impidieron a los sacerdotes acudir al lugar del siniestro para administrar los últimos sacramentos a las víctimas. Normal en un mundo que sólo cree y vive para la materia, aunque no por ello deja de ser una tiranía aterradora. 

Actuamos como si la salud fuera lo más importante, casi lo único importante. En un alarde de desesperación y vacío en el que vivimos instalados, brindamos por ella siempre que se presenta la ocasión. Pero la realidad es que lo más importante es vivir y morir preparados, cerca del Señor, y negarlo puede tener consecuencias nefastas para la eternidad.

Conviene huir por tanto de ese miedo a no ser neutrales, a ser señalados como una panda de frikis poco leídos, y tomar partido por la causa de la Verdad, como han hecho las familias de las víctimas. La diferencia entre hacerlo o no tiene consecuencias, por supuesto aquí y ahora, pero más las tendrá todavía cuando lleguemos a la vida eterna. 

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