Escribía en el Twitter del Club de los Viernes, en octubre del 24, que era ya hora de abrir en serio el debate sobre si la izquierda es una enfermedad mental; a lo que Javier Milei, con el que tenemos relación bastante antes de ser Presidente de la República Argentina, respondía que “Es algo muchísimo peor a ello, es una enfermedad del alma…”.
Y hay que darle la razón. El hombre que nos enseñó, y hemos aprendido por las malas y a nuestro pesar, que «a los zurdos no se les puede ceder ni un milímetro», estaba acertado en su diagnóstico. Cuando cedes, lo aprovechan para destrozarte.
Enfermedad mental es lo que dicen que sufrió Lindsay Clancy, la mujer estadounidense que estranguló a sus tres hijos con unas bandas elásticas de hacer ejercicio. Y que se ha convertido en un tétrico icono para el feminismo más surrealista, burdo y escalofriante. El imposible de entender. La filicida estrella ha cosechado una legión de seguidoras; apoyos como tenían y tienen los más notorios asesinos, de Ted Bundy a Daniel Sancho, con miles de cartas remitidas de rendidas admiradoras.
Con Clancy se concentran todas las rompehuevos, para darle su apoyo, en los exteriores del edificio donde se celebra el juicio. Juicio en el que se decidirá si le cae la perpetua en una cárcel común o si pasará el resto de su miserable vida en una institución psiquiátrica.
Es un fenómeno más femenino que varonil, entendido lo femenino no como feminidad, sino desde el punto de vista trastornado de la hibristofilia, pues no recuerdo a muchos hombres con camisetas de apoyo a José Bretón, y no es que fuera un ejemplo de salud neurológica; aunque, como Clancy, tenía plena conciencia para conocer la maldad de lo que hacía.
Aquí la triple asesina tiene su nicho de fama en Estados Unidos; en España contamos con nuestras zumbadas pata negra, que hacen llamamiento a que los niños tengan libertad sexual para «tener relaciones con quienes les dé la gana», siempre y cuando puedan llegar a ser niños, y no se los hayan quitado antes del medio hasta en el último mes de embarazo, porque mi cuerpo mi decisión. La decisión de darle ecuánime matarile a un ser humano en ciernes, si no le viene bien en ese momento, como si fueran unas obras en el ascensor de la comunidad o ir a hacerse el láser.
Sólo la ignorancia deliberada de la historia y una infantil manipulación actual puede desdeñar con feos descalificativos los estudios del eminente psiquiatra Antonio Vallejo-Nájera, al que llaman de forma hiperbólica ‘El Mengele español’, que tiene tanto sentido como apodar a Pedro Sánchez ‘El Pol Pot de Tetuán’.
Vallejo-Nájera llegó, en su serie de trabajos, a conclusiones sumamente interesantes en la relación entre marxismo e inferioridad mental, predispuestos por cualidades biopsíquicas a ser imbéciles sociales, que forman la masa gregaria y fanática.
Nadie que haya tenido intensas interacciones con personas de la merma progre puede, con el corazón en la mano y la cabeza fría, decir que Vallejo-Nájera no tenía razón. No hay mayor argumento que la experiencia empírica.
Experiencia que estamos comprobando a raíz de la invasión marroquí en su guerra híbrida. Nuestro vecino está usando a la ciudad española de Ceuta como teatro de operaciones y de pulso a España.
Se ha visto florecer de entre la basura nacional a la podredumbre habitual, esta vez dispuesta a congraciarse con el enemigo, tratando de colar un falso humanismo barato y una solidaridad embustera y demagoga, mientras parte de esa escoria disfrazada de activista ONG ya se ha iniciado en el noble oficio del tráfico humano.
No les importan los ciudadanos que van a tener que vender su casa y abandonar su hogar porque viven en una plaza tomada, abandonados a su suerte por el Gobierno en dejación de funciones, por el Estado en el que tributan.
Familias que no pueden ya ir al parque, ni a la playa, ni al trabajo. Ceutíes desesperados, contemplando su vida puesta patas arriba, teniendo que buscar la autodefensa ante el aumento de la inseguridad, preocupados sobre todo por sus hijas, cuando se cuenta una violación por día.
Sobreviviendo así para que unos enfermos del alma, de un alma profundamente negra y ponzoñosa, les llamen racistas, xenófobos, nazis. Se lo llaman desde la comodidad de los estudios de televisión en Madrid donde van a esparcir su agitación a favor del oficialismo y bajo cuerda, o en las redes sociales donde regurgitan sincronizados el argumentario que les han filtrado.
El indescriptible Edu Galán se rebotó porque la Guardia Civil confirmó una larga serie de violaciones en los primeros días de la invasión, y dijo el sonrosado holgazán que ni de coña, que muy mal la Benemérita, ya no se podía confirmar nada hasta que los casos no pasaran a los juzgados. Ojo a la piel fina cuando se reportan agresiones sexuales en Ceuta y lo vomitivo de su argumentación. Como si los operativos en el terreno no pudieran constatar y dar parte de ese terror sexual. No, porque a los mamadores profesionales del presidente les viene mal que los moros invasores se dediquen a ir a por mujeres, en vez de echar currículums y optar de forma alegre y voluntaria al pago de las pensiones.
Puede que esa enfermedad del alma lleve consigo la destrucción física y moral de tipejos como el inofensivo Galán, de ahí su rápido deterioro en los últimos años, con un rubicundo rostro de anfibio de charca, e inmenso perímetro abdominal como colofón a lo grotesco de su estampa. Quizás haya tenido forma humana alguna vez, pero esa vez fue hace mucho tiempo. Casi se puede percibir ese hedor que desprende la maldad, el envilecimiento y la falta de talento.
Las mujeres no se pueden columpiar, y mucho menos los picoletos, porque en Ceuta no ha pasado nada hasta que salga la condena, si es que sale. Lo del ex Mongolia es la desfachatez convertida en auténtica obra de arte. El arte de convertirse en la persona más despreciable de este mundo: aquel que se posiciona sobre las violaciones de mujeres según convenga a su postura política.
En la izquierda chorlita no tienen una relación sana y honesta con la realidad, profesan esa cosa difusa, inaprensible e irracional que se llama fe en la causa. Para la gente como el marido de la Nietísima, la causa es algo tan banal y común como seguir comiendo cada día gracias a limpiar y blanquear de forma procaz a la PSOE y sus ramificaciones delincuenciales. Un baño de mierda en el que impúdicamente se revuelcan con desvergüenza y codicia.
Ante semejante desierto intelectual, no sabemos las piruetas mentales que esta tropa mermada tendrá que hacer para vivir en paz con su propia conciencia. Tal vez cobrar por el activismo socialista, a costa de la vida de las personas, es una baba viscosa que ahoga conciencias y dignidades. Todo compensa mientras se mantengan en el estratégico y fundamental objetivo de seguir enriqueciéndose, cínicamente movidos en nombre de un intangible progresismo y muro contra la ultraderecha, pero directamente a favor de sí mismos.
Me repele, a su vez, la pasiva complacencia cómplice del que nunca se moja, por el qué dirán. No se marcan ni cuando una ciudad española se asoma al abismo, o cuando la gente más odiosa que conocemos sigue cerrando filas en torno a su sonriente y entrajeado presidente. La cínica praxis del equidistante determina el mirar para otro lado, no complicarse la vida para que no te llamen racista. Conlleva la cobarde aceptación de una existencia anestesiada, mientras se tenga la nómina asegurada y el estómago lleno, mientras en Ceuta se llenan las entrañas de amargura, de rabia impotente.
El caos lo ha desatado el poder gubernamental que ha permitido entrar a 80.000 ilegales para ocupar suelo español, donde viven ciudadanos también españoles que están aprendiendo por las bravas que cuando la presión asfixia, la violencia es un medio legítimo.
Prueba de su afección es que los enfermos del alma, y con un mala indigestión de ideología, viven soñando con esos absurdos imposibles que son los paraísos utópicos socialistas, a los que son tan dados en las izquierdas retóricas del mundo desarrollado y su estupidez doctrinaria.
La historia nos enseña que no hay nada más peligroso que un salvador iluminado, pero se sigue cayendo en ese viejo error, de Lenin al engendro político de Podemos, de comprar las bondades intrínsecas del totalitarismo criminal, por el que sienten una repugnante fascinación.
Hicieron de propagandistas del nuevo evangelio bolivariano, en el aventurismo de una minoría chavista, y ahora intentan salvar a la «coalición de progreso» mientras todo se desmorona, de forma metafórica y también trágica y real, con los españoles muriendo en las vías de tren desatendidas y carreteras casi en ruinas por la negligencia de un ministro primate y faltón.
Enfermos del alma, cínicos rastreros y propagandistas sin escrúpulos conforman la vanguardia de un ejército civil con el objetivo de mantener el ilustre trasero del autócrata bien atornillado en la poltrona del poder monclovita, y sin otro propósito que el de perpetuarse en él de forma vitalicia, a ser posible.
La única cura para esa enfermedad es no callar, no ceder, no regalarles los espacios de expresión ni la superioridad moral, dar la batalla cultural y sobre todo, que sientan el desprecio de la gente honesta y decente, que sean conscientes de lo que nos asquean sus deditos levantados, su indecencia y sus trastornos; porque aunque la mayoría de enfermos no sean culpables de su enfermedad, la consecuencia de sus síntomas las estamos pagando todos, y no estamos dispuestos a seguir soportando sus esputos virulentos.