Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.
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Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.

Utopía, distopía, ucronía

Son tres palabras que están de moda… La última, no tanto, porque su significado va en contra de los intereses y designios del Sistema, pero lo estará. Se entiende, según Wikipedia, por ucronía ‒el ordenador no conoce esa palabra y, cuando la escribo, la subraya… ¿Por qué lo hará?‒ «un género literario que también podría denominarse novela histórica alternativa y que se caracteriza porque la trama transcurre en un mundo desarrollado a partir de un punto en el pasado en el que algún acontecimiento sucedió de forma diferente a como ocurrió en realidad».   ¿No es eso, exactamente eso, lo que pretende la Ley de Memoria Histórica en lo concerniente, aunque no sólo, a los años de la segunda república, a los de nuestra infausta guerra civil y al fantasmagórico relato de lo que sucedió o no sucedió en los siete lustros, con sus luces y sombras, pues de todo hubo, del franquismo? 

‘1984’ podría reescribirse ahora con otro título: 2030. Alguien lo hará.

En mi último libro ‒Galgo corredor. Los años guerreros (1953 a 1964)‒, que el otro día glosaba en La Gaceta la pluma de Antonio Enrique, evoco parte del tercer tramo y cuento las cosas tal como yo las vi y las viví. No enseño, no alecciono, no adoctrino. Hago mía la lección de Motaigne y me limito a eso, a contar lo que viví y lo que vi.  Ningún historiador financiado por el ministerio de la verdad ‒Orwell lo predijo. Ya está aquí‒ y ningún mozalbete progre de cerebro lobotomizado por la propaganda del gobierno y la de la prensa servil, podrá convencerme nunca de que no vi lo que vi ni viví lo que viví. Cesen los manipuladores de la historia en sus esfuerzos. No me reeducarán. Soy tan irrecuperable para el Sistema como el Rubachov de El cero y el infinito, de Koestler, y el Hugo de Las manos sucias, de Sartre. A ambos me remito.

Pero dejo, por ahora, el inhóspito territorio de la Ucronía, en el que ya vegetan, tan desvertebrados como la España de Ortega y tan desorientados como el Bufalito Bill del asalto al Capitolio, las víctimas de los ocho planes de estudio de la santa Democracia o nueva religión ecuménica y económica, y me voy al de la Utopía y la Distopía, que son anverso y reverso de un mismo género filosófico, sociológico, antropológico y literario. Lo que diferencia al uno del otro no es el planteamiento ni el tratamiento de la materia narrativa, sino el desenlace. La utopía describe una luminosa sociedad futura ‒la de Tomás Moro y la de Campanella, por ejemplo‒ mientras la distopía opta por lo contrario: lo que anticipa es una sociedad sombría y ominosa. La de Orwell, por supuesto, en l984 y La granja de los animales, y también, aunque en clave irónica y por ello ambigua, las del gran Aldous Huxley en Un mundo feliz (revisitado luego en otro libro), en Mono y esencia y en La isla.

Sería conveniente que ciertos ridículos especímenes de la sociedad más infantilizada que la historia ha conocido leyeran los libros distópicos que aquí menciono

Este breve repaso de los grandes hitos de la literatura utópica y distópica no estará completo si no figura en él Ray Bradbury y su estremecedor, aunque esperanzado, Fahrenheit 451. En él, por cierto, también estamos. La prensa de papel se extingue, las librerías cierran, las tiradas descienden en picado, nadie lee más de ciento cuarenta caracteres, hay ya más sedicentes escritores que lectores, y los vertederos de basura acogen enteras bibliotecas arrojadas por sus herederos a esa fosa común… ¡Bonito modo de escupir a la ilustre e ilustrada memoria de sus padres!

Sería conveniente, aunque no sucederá, que los ridículos especímenes del homo festivus característico de estos años terminales ‒los de la Araña (Internet), Bill Gates, Soros, Biden, los Rotschild, los Rockefeller y demás valedores del transhumanismo y la Agenda 2030‒ y de la sociedad más infantilizada que la historia ha conocido leyeran los libros distópicos que aquí menciono. Todos ellos pertenecen, en definitiva, al acervo de lo que dio en llamarse ciencia-ficción, que es el género literario más significativo y representativo de la modernidad literaria (no así de su posmodernidad).

Lo que importa y cuenta no es ya la ciencia, sino la ficción. Es decir: el relato

En él predominan abrumadoramente las obras distópicas sobre las utópicas. Todo un síntoma. Decadencia y pesimismo son el eje de abscisas y de ordenadas en torno al cual gira el mundo de nuestros días y no digamos de los que están por llegar. 1984 podría reescribirse ahora con otro título: 2030. Alguien lo hará. Los demiurgos de esa siniestra agenda nos brindarán, dicen, la desaparición de la propiedad privada y del dinero en metálico, o sea, de la libertad individual que los dos mecanismos citados garantizan, y compensarán la pérdida con el advenimiento en píldoras farmacéuticas y estériles algoritmos de algo que nunca ha sabido nadie lo que es: la felicidad, sinónimo, al parecer, de encefalograma plano. Lo que importa y cuenta no es ya la ciencia, sino la ficción. Es decir: el relato. 

Apocalipsis now. Soy irrecuperable. Que los zurzan. Me voy a Patmos. 

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