'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Las memorias de Dragó son un fastuoso libro de compañía

‘Galgo corredor’: la piel y lo que hay más adentro de Fernando Sánchez Drago

La primera impresión que se tiene de Galgo corredor bien puede ser la que a mí mismo me asaltó: algo tantálico, por lo metódico y casi monumental; por mucho que se apresure este hombre, y en vistas de que aún va por el año 1964, nunca llegará a término. A semejanza de Aquiles, no podrá rebasar a la tortuga; igual le ocurre a los personajes de Kafka: nunca parecen llegar a su destino. Pero es una simple aporía, ya se sabe. Ulises la desmintió, utilizando la astucia. Únicamente habla Aquiles de emprender el camino opuesto, encontrándose de bruces con la tortuga. Y aquí viene lo trascendente de la fábula: si sigues en pos de la tortuga, el espacio se fragmenta hacia lo infinito, pero no si en vez de la recta acometes la línea curva, envolvente. Esto es, por el camino inverso. El propio autor parece haberse apercibido al final del presente grueso tomo de seiscientas páginas de sus Memorias (tras Esos días azules, Planeta, 2011), cuando aventura la posibilidad de emprender el siguiente volumen “en forma de viñetas, de brochazos, de fogonazos, de instantáneas especialmente significativas” (pág. 562). Es del caso que la distancia entre Aquiles y la tortuga son los 84 años de la edad del autor, cuando aún faltan por relatar 54 por ahora, y sería la primera vez que se resignase a no concluir lo emprendido. Es claro que sólo puede impedírselo aquello que esté fuera de su voluntad. 

Fernando Sánchez Dragó es un escritor torrencial, esto no habrá quien lo niegue; pero es, aún más, un escritor esplendoroso. Esto habrá quien se lo discuta, aprovechando que sus gustos, los de tal lector, se decanten hacia unos parámetros más convencionales. Yo, sin embargo, me permitiría disentir de tal criterio reduccionista. Sánchez Dragó es un hombre de acción, y su estilo lo acredita: corredor, como un galgo. Es rápido, ágil, nunca pierde el ritmo, tampoco nunca su cadencia de fondo. Baroja o Hemingway (pero también Steinbeck o Hesse, imposible establecer un hilo en tal floresta bibliográfica) laten en lo profundo de su temperamento, que es visceralmente entusiasta, es decir, afirmativo de la vida. Lo que ocurre es que este escritor camina (o corre) repleto de vivencias. Su linaje es cervantino por los cuatro costados. Es un lenguaje ornamental, pletórico, en extremo imaginativo, lleno de sabor, con vetas casticistas, en las antípodas de la anemia que hoy se considera paradigmática, cuando es simplemente sustitutiva de lo periodístico. Pero es, sobre todo, cervantino por sus convicciones éticas, primera de las cuales es la defensa de la libertad de conciencia y expresión, soporte de toda dignidad personal. Ello se entiende si considerásemos el Quijote no ya como la obra suprema de la narrativa occidental, sino como una plasmación vital que excede lo estético para adentrarse en lo sensorial, pues leer el Quijote comporta (para la mentalidad consciente) algo así como investirse de estado de gracia, equivale, así pues, a una experiencia humana de dimensiones espirituales. Pues transforma. Pero todo lo hace a través de la palabra, pues palabras son todos los libros de este mundo. Verbo. Pero palabras fecundadoras. Palabras creadoras de mundos. Verbum spermatikum, el Logos spermatokós de los estoicos. 

Cárceles, viajes, libros y mujeres rotan en el texto como en una noria en ocasiones vertiginosa

Hay a este respecto un momento revelador en las presentes Memorias, ya relatado en El camino del corazón, en la que el escritor refiere el hallazgo en su camarote de la  Antología personal de Borges, ejemplar olvidado por un pasajero. Borges era apenas un nombre en aquella noche de san Silvestre de 1961, rumbo el autor, de edad de veinticinco años,  a Génova. Nuestro autor abre y lee con creciente avidez. El pasaje alude a un hecho de la vida del poeta Giambattista Marino, gloria del Barroco literario italiano. Una muchacha coloca una rosa amarilla en un jarrón a la vista del poeta, en su lecho de agonía. Y es entonces cuando se le revela la gran verdad, al mirar la rosa con ojos de pura videncia. Esa rosa “estaba en la eternidad y no en sus palabras” (pág. 527), pues las palabras mencionan pero no expresan el ser, aluden pero no encarnan el sentido. De manera que constituyen “una cosa más agregada al mundo”. Y es esta la lucha demiúrgica de todo creador literario, por más que sea prometeica contra la pura inercia del lenguaje: sacudir las palabras hasta extraerles ese logos spermatikós que las convierte en fundacionales de sentido, arrancarles, en suma, el alma originaria. Yo creo que Sánchez Dragó no se entiende, sus cuarenta y siete libros de tejuelo ancho no se entienden, si no es por esta lucha contra la inercia, por esta sublevación contra la arbitrariedad del signo lingüístico. Se trata de buscar el mantra de cada palabra. Se trata de mirar los objetos como recién creados, y creados mediante la palabra más exacta a su naturaleza. El poeta Marino lo atisbó; es lo propio de un poeta. Pero ¿y el prosista, y el narrador? En el fondo, todo narrador de raza es un poeta, un poeta épico. La extensión de sus versos dista una hoja de papel de la del novelista invasor de la realidad mediante sus párrafos poderosos e imperturbables, potentes e inconmovibles. Compactos, marmóreos, definitivos. La prosa de Sánchez Dragó aspira a ello y lo consigue aún esté hablando de lo más aparentemente trivial. Es como una armadura que mantiene firme el cuerpo del guerrero. Esta abundosidad épica, traducible en metáforas y adjetivaciones robustas, ¿cómo no verla ni sentirla en Gárgoris y Habidis (1978), su vastísima Historia mágica de España, obra que sin duda ya le sobrevive?

Su posición es consecuente, y nos la reitera: puesto que sabía a lo que se exponía, y lo asumió, más con deseo de aventura que otra cosa me parece a mí

Toda su obra es autobiográfica, como pedía Borges. Y en este volumen sobrevuelan pasajes de Eldorado (1984), de Las fuentes del Nilo (1986), de El camino del corazón (1990), e incluso de Un mar violeta oscuro (2018) de Ayanta Barilli, su hija, a la manera de un espejo que lo mira, conteniéndolo desde otra perspectiva. Por esto, no estamos ante una autobiografía, por más exhaustiva y reglada cronológicamente que se nos ofrezca, pues el lenguaje la excede; en todo caso, las memorias mejor se ajustarían a semejante trepidación de hechos plasmados con subjetividad lejana de la crónica, aun su formación de romanista y por tanto latinista fraguado en  Séneca y Salustio. Y no hay reiteración, antes bien insistencia en sus legítimas obsesiones. Más bien, entiendo, su género se ajusta al término egografía, expuesto en la Declaración de intenciones que encabeza el presente volumen, subtitulado Los años guerreros (1953-1984). En las mencionadas novelas pueden rastrearse anécdotas y personajes que reaparecen ahora, permitiendo al lector una recreación desde una perspectiva más íntima y esclarecedora, una más ajustada percepción de su temperamento. Y no ya en novelas, sino en libros testimoniales como el que le dedicó Joaquín Arnáiz en una fina monografía, Una vida mágica (1985), precisamente sobre esta época de que se ocupa Galgo corredor. Tal empeño autobiográfico no se detiene en estos predios novelísticos sino que se extienden a dietarios como La dragontea (1992) o Sentado alegre en la popa (2004). Con toda honradez, sólo encuentro un parangón a semejante exégesis autobiográfica, el de los veintidós volúmenes de El salón de los pasos perdidos (Pretextos, a partir de 1990), por ahora, de Andrés Trapiello; supongo que algún día se le hará justicia.

Y el autor no lo encubre, este es otro valor: su plena franqueza. Él mismo nos dice que si lo que quieres es ejercitar la hipocresía, no escribas unas memorias

Sin cárceles, sin exilio, sin viajes, sin libros y sin mujeres me quedo en nada”, él mismo nos dice de sí (pág. 367), pero, también, y muy principalmente, que “la exactitud granítica del dato y de su matemática cronología no deben prevalecer sobre la emoción e intensidad de lo evocado” (pág. 217). Bien, ya tenemos al autor y al libro en plano corto, pues yo diría que entre ambas afirmaciones, apocadípticas en este caso, anda el juego. Cárceles, viajes, libros y mujeres rotan en el texto como en una noria en ocasiones vertiginosa. Pesan, a mi parecer, más las cárceles; en la retentiva del lector es lo que queda como más grávido: las cinco veces que visitó la galería 9 y otras de Carabanchel, desde 1956, dieciséis meses por junto, y los siete de prisión domiciliaria. En mi opinión, su interés excede lo biográfico y testimonial para remontarse a lo sociológico. A Sánchez Dragó le cupo estar en la santabárbara de los balbuceos antifranquistas, en el ámbito preferentemente universitario, que fue por donde comenzó a romperse el cesto, junto con las revueltas mineras. ¿Qué dio ello de sí? Aquí, en este cuaderno de bitácora tiene el lector los entresijos, de primera mano y bien claritos, por más que el tiempo haya depositado su pátina piadosa y que su temperamento abierto le impela a la benevolencia: ni una gota de resentimiento va a encontrar el lector

El sentido de la libertad e independencia de Fernando Sánchez Dragó, y en suma de la vida, pero más aún de la literatura, lo hacen incompatible con toda intolerancia

Su posición es consecuente, y nos la reitera: puesto que sabía a lo que se exponía, y lo asumió, más con deseo de aventura que otra cosa me parece a mí, grotesco pareciera quejarse; a lo hecho, pecho, se diría como buen castellano en más de una ocasión, y que, por otra parte, tampoco es que recibiera un trato vejatorio; le sirvió para aprender tanto como de los libros. Cuanto más que conoció a individuos irrepetibles, algunos muy pintorescos, una zona del libro que calificaría de entrañable: la más narrativa del texto, a mi parecer; de esos personajes, causa impresión saber que sólo ha quedado ese testimonio. De los demás, políticos en ciernes entonces, sí, pero no desde esta perspectiva humana que esgrime el autor. Pues estamos ante la historia en plano corto, esto es íntimo, vivida y vista por uno de sus protagonistas. Los demás personajes, sí tienen nombre, por tanto. Era la aurora roja, el tiempo catecumenal del Partido Comunista. ¿Algo más que los verdes de las eras dio de sí? Más interesante aún es la constatación de la infra e intra historia. Por lo general fueron personas rígidas, puritanas, dogmáticas, nada empáticas, represivas, distantes, de una seriedad que rozaba la fatuidad, con nulo sentido del humor y aun menos ironía; esto en general, y comenzando por el Pajarito (Semprún), experto en escabullirse, más con trazas de actor de cine que con ganas de escritor, que bien poco de esto nos dejó. Cómo será que, al lado de esta gente atrabiliaria e intolerante, los propios de la Brigada Social del Régimen nos parecen más humanos. Y el autor no lo encubre, este es otro valor: su plena franqueza. Él mismo nos dice que si lo que quieres es ejercitar la hipocresía, no escribas unas memorias. Puede, esto sí, la ficción llegar hasta donde no la crónica, pero no desvirtuar la esencia. En resumen, y a lo que nos interesa: el autor, al fin, reconoce que está fuera de lugar, porque su sentido de la libertad e independencia, y en suma de la vida, pero más aún de la literatura, lo hacen incompatible con toda intolerancia. No, no eran de su tribu, o él no lo era de aquella tribu, supongo que se diría. Y emprendió el viraje. Algunos no se lo han perdonado. España es así. Y quien lo sabe, pasa a otras cosas, porque lo es, lo que esto sea, genéticamente. 

‘Galgo corredor’ es más que nada un fastuoso libro de compañía, un espacio de amistad y confidencia compartida con el lector

Las mujeres, los viajes y los libros conforman los demás canjilones de esta rueda de fortuna. Las mujeres, sobre todo, configuran todo un mundo; tres en la presente entrega: Elvira, Carmen y Caterina; observar cómo la madeja de sus preferencias se encoje y dilata, a veces de modo rocambolesco, se enreda hasta el puro virtuosismo emocional, es regocijante, más aún enaltecedor, pues el autor no omite la autocrítica. Misoginia, ninguna: las mujeres, para Dragó, constituyen su mejor yo, como pedía Shelley. Fue, en esto, un avanzado de su tiempo, un tiempo híbrido, una época anfibia, puesto que, bajo la moral estricta nacional-católica, la gente del común hizo de su capa un sayo, y disfrutó en el ámbito privado de una libertad que hoy ni soñando. Y quien lo vivió, lo sabe.

Habría para largo, pero el autor nos tiene anunciado un próximo volumen, a partir de 1965, que llevaría por título La rosa amarilla, con cuya mención del simbolismo comenzamos el presente comentario. Para mí, Galgo corredor, cuya redacción, a salto de tantas vicisitudes y ciudades del mundo, comenzó en 2011, es más que nada un fastuoso libro de compañía, un espacio de amistad y confidencia compartida con el lector. Sin sonrojos, sin falsos pudores, sin limitaciones ni cortapisas: la piel y lo que hay más adentro. Posee un enorme poder de absorción. Imanta, seduce. No entre nadie aquí que no sepa parar. Tampoco que no sepa reír de sí mismo.


Antonio Enrique es un escritor y poeta español, sillón ‘Ñ’ de la Academia de Buenas Letras de Granada.

Galgo Corredor (Editorial Planeta, 2020), de Fernando Sánchez Drago, puede adquirirse en el siguiente enlace.

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