No sé de qué se quejan. Hay aquella frase atribuida al entonces presidente de Argelia, Huari Bumedian, en un discurso en la ONU en 1974: «Un día, millones de hombres abandonarán el hemisferio sur para dirigirse al hemisferio norte. Y no irán como amigos, sino para conquistarlo. Y lo conquistarán con sus hijos».
Y, si no otra, en este caso de Oriana Fallaci (1929-2006). Aunque se refería al Viejo Continente, no a Estados Unidos: «Los quince millones de musulmanes que hoy viven en Europa (¡quince!) son solamente los pioneros de las futuras oleadas».
La periodista italiana, que entonces vivía en Nueva York, fue testigo del 11-S. A raíz de eso escribió La rabia y el orgullo (2001). Y luego La fuerza de la razón (2004). Le costó la vida. Estaba bajo tratamiento por un cáncer y lo descuidó para poder terminarlos.
Finalmente, hay que mencionar también al líder libio Muamar el Gadafi, que pronunció una frase similar a la del mandatario argelino en 2006. «Tenemos 50 millones de musulmanes en Europa. Hay señales de que Alá concederá la victoria al islam en Europa, sin espadas, sin armas, sin conquistas», afirmó.
En su opinión, esos millones de musulmanes convertirían Europa en un continente musulmán en pocas décadas. Dos años antes, calificó la posible entrada de Turquía en la UE como un «caballo de Troya» del islam.
Cuatro años después, en agosto de 2010, volvió a la carga. Advirtió de que Europa podría dejar de ser europea por la inmigración, al tiempo que reclamaba 5.000 millones de euros anuales a la UE para frenarla. En eso no era tonto. Como los turcos, que tampoco lo son. Llevan cobrados casi 10.000 millones desde 2016 en este menester.
Gadafi era un nacionalista árabe, pero no un islamista radical. El último representante de una serie de gobernantes panarabistas de los años 50 y 60: Nasser en Egipto, Asad en Siria y Sadam Husein en Irak.
Por supuesto, era un hijo de puta. El propio régimen de Trípoli aceptó en el 2003 su responsabilidad en el atentado de Lockerbie. Cuando un Jumbo de la Pan Am explotó en pleno vuelo encima de este pueblo escocés. Fallecieron 259 personas, una decena de la propia localidad. Paradojas de la vida, yo visité hace años el cementerio y honré a las víctimas. Pero, en estos casos, más vale hijo de puta conocido que hijo de puta por conocer, frase que se atribuye a Henry Kissinger. Acabó asesinado —más bien linchado— por milicianos tras su derrocamiento.
A ello contribuyeron poderosamente los bombardeos de Francia y Reino Unido. El primer ministro británico David Cameron, y el presidente de la República Francesa Nicolas Sarkozy sucumbieron a la presión de un intelectual como Bernard-Henri Lévy. Los intelectuales deberían ejercer de conciencia moral, no entrometerse en política. Quizás contribuyeron los servicios secretos franceses. No en vano el partido de Sarkozy fue acusado de recibir dinero del líder libio —supuestamente unos 50 millones de euros— para la campaña presidencial del 2007.
Sea como fuere, las tres profecías mencionadas parece que han empezado a cumplirse en Estados Unidos. Casi media docena de representantes musulmanes han salido elegidos en las recientes elecciones de medio mandato. Todos Demócratas: Adam Hamawy (Nueva Jersey), Darializa Ávila Chevalier, latinoamericana conversa (Nueva York), Ilhan Omar, de origen somalí (Minnesota) y Rashida Tlaib, de procedencia palestina (Michigan).
Sin olvidar, por supuesto, el primer senador que profesa la religión islámica: Abdul El-Sayed (también por Míchigan). Ni el alcalde de la propia Nueva York elegido hace un año: Zohran Mamdani, la misma ciudad en la que vivía Oriana Fallaci. Si levantara la cabeza, seguro que se preguntaría si el voto islámico empieza a influir en el resultado. Y así tenemos las de perder.