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CRÓNICA DESDE ROMA

Un funeral de Altura

Funeral de Benedicto XVI. Vaticano

A las 7.15 de la mañana La Gaceta ya estaba en la tribuna de prensa en la plaza de San Pedro. En la azotea derecha del Vaticano, conocida como «el brazo de Carlomagno», la prensa internacional, muy numerosa, ha seguido con atención el funeral por Benedicto XVI. A las 7.15, decía, estaba La Gaceta y a esa hora ya rondaba por la plaza de San Pedro el Cardenal Sarah, que hoy escribe en un periódico francés sobre su amistad con Benedicto. A esa hora podía pensarse que la cúpula del Vaticano había desaparecido. La niebla lo ha cubierto todo y Roma me ha parecido más romana que nunca. Al poco de llegar todos los que merodeábamos por San Pedro hemos escuchado las voces angelicales del coro de la Capilla Sixtina, que andaba ultimando sus cánticos. Ayer cené con uno de los monaguillos que hoy han ayudado en el funeral y la solemne sobriedad –o la sobria solemnidad– que pidió Benedicto XVI en su testamento ha sido respetada. Con creces.

La gente entraba en masa a la plaza más imponente de la cristiandad y la muchedumbre se ha ido agolpando en las primeras filas. Nadie quería perder un detalle de las exequias del sumo pontífice. Mientras por un lado entraban los peregrinos que de todas las esquinas del globo han viajado a Roma, por la puerta de San Pedro salían obispos y arzobispos, revestidos del reverendísimo rojo papal, solo usado en los funerales de los pontífices. Y junto al altar han esperado la llegada de los santos padres –quien oficiaba y por quien se oficiaba–, aguantando no poco frío. Han entrado también con sus magnas coronas los patriarcas ortodoxos, los obispos de ritos impronunciables y, poco antes de la llegada del féretro, numerosos cardenales de la Iglesia Católica.

Dijeron que cuarenta minutos antes de la misa saldrían los restos del Santo Padre y ha sido, exactamente, a las 8:50 de la mañana cuando las campanas de San Pedro han redoblado un triste sonar. Entraban también en ese momento George Gänswein y «las mujeres de Benedicto», las cuatro consagradas de Memores Domini que durante más de una década han acompañado silenciosamente al Papa Benedicto XVI. Y todos los allí presentes hemos comenzado a rezar el Rosario. Allá por el tercer misterio han irrumpido en el lateral de autoridades Matarella, Meloni y demás representantes de Italia y Alemania. Y en las letanías, siempre en las postrimerías de la importancia, ay, ha llegado la delegación española, encabezada por la Reina Doña Sofía, que iba flanqueada por el ministro Bolaños. Refugio de los pecadores, ruega por nosotros, se escuchaba en ese momento en San Pedro. 

A las 9.23 de la mañana, con la exactitud de los italianos y la parsimonia de los argentinos, entraba el Papa Francisco a la plaza, visiblemente cansado y en una silla de ruedas que desde hace tiempo se ha convertido en inseparable. Quedó atrás aquel tiempo del papamóvil. Y con la misma exactitud ha empezado la misa a las nueve y media. Se tapaba con una manta zamorana Giorgia Meloni y nos recordaba a todos el frío que cubre Roma en enero. Matteo Bruni, portavoz de la Santa Sede, nos ha saludado a los «periodistas» que hemos cubierto el funeral. Dicen algunos que la misa podría haber valido para el panadero del Vaticano o para el oftalmólogo de Francisco. Se equivocan, porque toda la liturgia ha ido dirigida, quizás de forma algo latente, hacia la vida de Benedicto, que con tantos buenos frutos ha bendecido a la Iglesia. Leían el Evangelio del Buen Ladrón y algunos nos hemos emocionado, así como con la doxología cantada por los más de tres mil sacerdotes que han concelebrado la Eucaristía.

Siguiendo la sobriedad benedictina, a las 10.30 de la mañana estábamos todos ya comulgados y en ese momento ha salido el sol, el sol que nace de lo alto (sic), claro. Meloni se removía el sayo y una luz ha brotado del cielo. Los periodistas comenzaban a sonreír. Quizás ha sido ese momento, cuando el brillo del cielo iluminaba Occidente, en el que quien escribe esto ahora más se ha emocionado. Han cargado el féretro de Benedicto XVI y, mientras todos aplaudíamos, unánimemente, un grito ha atravesado la plaza: ¡Santo subito! Y muchos son los que han redoblado en aplausos, en cánticos, en gritos y en alegría. Porque el funeral de Benedicto XVI lo hemos terminado todos con una sonrisa: la sonrisa de festejar una nueva entrada en el cielo.

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