«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Violencia contra mujeres, inmigración y otras cosas

Un informe de la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea subraya la gravedad de los fenómenos de violencia contra las mujeres. Para sorpresa de muchos, los datos más alarmantes son los que conciernen a los países nórdicos, donde se suponía –tal era el tópico- que la mujer gozaba de una posición envidiable. Por el contrario, países como España o Italia salen mucho mejor parados.

La violencia contra las mujeres es un fenómeno muy complejo que conviene examinar en todos sus aspectos. Es fácil, pero simplista, hablar de una “violencia contra la mujer” que en realidad viene a ser un trasunto posmoderno de la lucha de clases. La realidad es que no hay una Mujer universal y abstracta, como no hay un Varón universal y abstracto, sino varones y mujeres concretos y singulares en situaciones concretas y singulares. El fenómeno siempre es condenable y alarmante, pero el mejor modo de no resolverlo nunca es enfocarlo de manera equivocada o sobre la base de prejuicios de carácter ideológico. A bote pronto, de este informe de la UE se deducen varios aspectos que los comentaristas al uso han omitido porque son políticamente incorrectos, pero que es imprescindible señalar para hacerse una idea cabal del problema.

Primer aspecto: llama la atención que los países con menores índices de violencia sean aquellos donde la institución familias tradicional permanece más arraigada, que son los países mediterráneos. Medio siglo de adoctrinamiento ideológico nos había llevado al prejuicio de que la familia tradicional era un sórdido nido de explotación para la mujer en manos del despiadado macho patriarcal. Los datos parecen indicar lo contrario. Esto no quiere decir que la familia tradicional sea en todos los casos un refugio seguro, pero sí es posible deducir que la destrucción de la familia no ha mejorado la condición de las mujeres, sino más bien al revés.

Segundo aspecto que es importante señalar: sorprende que los índice más altos de violencia contra las mujeres se den en sociedades donde desde hace muchos años se educa a los jóvenes en la igualdad entre los sexos. El dato debería hacer reflexionar a los poderes públicos. Educar en la igualdad –dogma contemporáneo- no implica necesariamente educar en el respeto. Mujeres y varones son igualmente dignos (¡faltaría más!), pero no son lo mismo. Obtener una sociedad donde se respete al prójimo es mucho más importante que formar a la gente en el dogma igualitario. Y en nuestras sociedades, por lo que se va viendo, muchas veces el dogma igualitario conduce a que se pierda el respeto al prójimo.

Hay un tercer elemento que no aparece en el informe, pero eso es justamente lo llamativo: la incidencia del fenómeno de la inmigración en los datos generales. Entre los países que la UE consigna como más problemáticos los hay con mucha inmigración (Dinamarca) y con muy poca (Letonia), pero al mismo tiempo sabemos que con frecuencia las cifras de violencia doméstica (o “violencia de compañero íntimo”, como se dice con mayor propiedad) presentan una altísima proporción de ciudadanos extranjeros. Lo sabemos porque todas las estadísticas sociales así lo señalan, por más que la prensa, en general, omita esta realidad. En España, por ejemplo, donde la población masculina extranjera era del 13% en 2010, los asesinos extranjeros de mujeres en aquel mismo año fueron el 41% del total de condenados. Del mismo modo, la población extranjera femenina era del 12%, pero la proporción de extranjeras víctimas de violencia fue del 38%. Estas cifras de 2010 se repiten con muy pocas variantes en los años sucesivos. La conclusión es obvia: la violencia contra las mujeres incide con mayor crudeza en las comunidades inmigrantes. Por países de origen, la mayor proporción se da entre ciudadanos de origen iberoamericano y de la zona magrebí. Esto no hace menos grave el problema, pero, si queremos ser rigurosos, obliga a matizar el análisis.

Estos datos de incidencia en las comunidades inmigrantes no son ningún secreto: figuran en los informes trimestrales y anuales del Observatorio contra la violencia doméstica y de género del Consejo General del Poder Judicial, y cualquier ciudadano puede consultarlos porque están en la web del CGPJ. Pero hay demasiado periodista que informa según sus prejuicios y demasiado demagogo que deforma la realidad en provecho de objetivos rara vez confesables. Lo peor es que, ocultando esa realidad –es decir, mintiendo con toda la boca-, no hacen sino agravar el problema que denuncian. Y de paso crean una injusticia nueva, a saber: la de poner bajo sospecha a todo varón por el hecho de serlo.

Lo dicho: el mejor modo de no resolver nunca un problema es enfocarlo de manera equivocado. Y en este asunto de la violencia contra las mujeres, que ciertamente es un problema, parece que hay demasiados intereses torticeros.

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