Diario de Información y Análisis de Intereconomía
TRIBUNA

Una Europa sin miedo

La afirmación de que la Unión Europea está en crisis ha sido recurrente a lo largo de sus setenta años de existencia. También es un tópico reconfortante, repetido muchas veces como una excusa para posponer las grandes decisiones, que la Unión ha salido más fuerte de cada una de sus crisis.

El reciente debate sobre el resultado del último Consejo Europeo celebrado en el Congreso de los Diputados no ha arrojado demasiado luz sobre las posiciones de los diferentes Grupos en torno al futuro de una Unión sumida en el desaliento y la desorientación. Ninguna de las intervenciones, con la honrosa excepción de Albert Rivera, que insufló algo de nervio y energía en el lúgubre panorama de la sesión, marcó un camino transitable hacia la recuperación del impulso integrador. El Libro Blanco de la Comisión sobre el futuro de Europa ha abierto un período de discusiones que se prolongará hasta fin de este año cuando el Consejo Europeo de Diciembre establezca sus conclusiones y marque las líneas de acción para la próxima década. En este proceso de reflexión han de participar la Comisión, los Gobiernos nacionales, el Parlamento Europeo, los Parlamentos nacionales, los poderes regionales y locales y la sociedad civil. Hitos de este itinerario serán la publicación de los documentos de la Comisión sobre el futuro de la dimensión social europea, de una Europa competitiva en un mundo globalizado, de la Unión Económica y Monetaria, del sistema europeo de seguridad y defensa y del sistema financiero europeo. La Comisión fijará su posición en el Debate sobre el Estado de la Unión que se celebrará en el Parlamento Europeo en Septiembre.

España ha de aportar valor añadido a este ambicioso ejercicio de análisis y de decisión. Al Consejo Europeo no se va sólo a escuchar y a comparecer en rueda de prensa para ratificar lo que otros han precocinado. Al Consejo Europeo se va a presentar y defender la posición de España y las propuestas de España. Al Consejo Europeo se va a intercambiar opiniones con los demás, a contribuir con las propias y, si es posible, a liderar. España es uno de los Estados Miembros de mayor territorio, producto interior y densidad histórica y, como tal, su papel no debe ser pasivo, sino muy activo. La Unión Europea renovada y fortalecida que se ponga en marcha a final de este año debería llevar el impulso y la visión de España, pero después de escuchar la lista de lugares comunes autocomplacientes del Presidente del Gobierno al respecto, las perspectivas de que tal cosa suceda parecen más bien escasas.

La afirmación de que la Unión Europea está en crisis ha sido recurrente a lo largo de sus setenta años de existencia. También es un tópico reconfortante, repetido muchas veces como una excusa para posponer las grandes decisiones, que la Unión ha salido más fuerte de cada una de sus crisis. Sin embargo, este concepto, aunque consolador, no responde a la realidad. Las crisis marcan y producen heridas, despiertan sentimientos de frustración y de insatisfacción en los ciudadanos, y van acumulando un descontento que finalmente puede ser muy peligroso. La actual crisis del proyecto europeo no es una más, es una crisis existencial. En el pasado, la Unión tuvo que afrontar dificultades, tropiezos y retrocesos, pero nunca como ahora se habían conjurado tantas fuerzas oscuras pugnando por destruirla. Del resultado que surja de las urnas en Holanda y, sobre todo, del veredicto que emitan en Francia en Mayo, dependerá no ya esta o aquella política, esta o aquella partida presupuestaria o esta o aquella directiva o reglamento, de lo que decidan holandeses y franceses en uso legítimo de su soberanía pende la supervivencia misma de nuestra Unión de Estados y ciudadanos y, con ella, la vigencia de nuestros valores de libertad, igualdad, solidaridad e imperio de la ley,

La Unión necesita un proyecto racionalmente convincente y un relato emocionalmente motivador. Los populismos rojos y pardos que están empeñados en liquidar el mayor logro político, económico, jurídico y social de la era contemporánea tienen un proyecto, el de la destrucción de la Unión, y un relato, el del miedo y el de la exclusión. Los defensores de la continuidad y el fortalecimiento de la integración europea, que en el Congreso de los Diputados son, en teoría, los cuatro quintos de la Cámara, han de oponer a estos planteamientos deletéreos, que nos retrotraen a los siniestros años treinta del siglo pasado, la capacidad de arrastre del ideal europeo, de sus éxitos probados y de su enorme potencial de cara al futuro. En un mundo globalizado, el aislamiento y la división equivalen al suicidio. Si comparamos lo conseguido por la Unión con la situación de Europa hace setenta años, cualquier argumento en contra del avance hacia una cohesión más estrecha y una acción común más eficaz de los quinientos millones de ciudadanos europeos queda automáticamente desvirtuado.

Atravesamos un período histórico que exige apertura, serenidad, realismo y coraje y en el que el repliegue egoísta, las pasiones irreflexivas y la cobardía conducen sin remedio al desastre. En este año de configuración del futuro de la Unión Europea, España ha de ser un componente esencial de ese futuro y no ha de regatear esfuerzos para que sea brillante y sea posible.

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