Diario de Información y Análisis de Intereconomía
TRIBUNA

Falsedad en tiempo de guerra

El Estado español está en jaque a causa de décadas de fraudes históricos sobre los que los nacionalismos periféricos han crecido y de los que se han valido para educar a varias generaciones.

En 1928, Arthur Ponsonby publicó en el Reino Unido su libro “Falsehood in wartime” (Falsedad en tiempo de guerra), acerca de las falsedades que la propaganda aliada hizo circular sobre Alemania durante la Gran Guerra. De entre todas estas falsedades, una tuvo un éxtio especial: en febrero de 1917 el periódico “North China Daily News”, un periódico chino en lengua inglesa, publicó que los alemanes estaban utilizando cadáveres del frente para fabricar glicerina. Por entonces el Reino Unido andaba buscando que China se sumara a la coalición aliada contra Alemania. 

 

 

Más tarde, en la primavera de 1917, el “Times” y el “Daily Mail” publicaron simultáneamente, procedentes de fuentes anónimas belgas y alemanas, la misma historia arrancando con ello la condena indignada del embajador chino. Pese a las protestas del gobierno del Kaiser, China declaró la guerra a Alemania -indudable peligro para el Imperio del Centro- el 14 de agosto de 1917.

Pero unos años después, en 1925, Sir Austen Chamberlain admitió, en una declaración ante la Cámara de los Comunes, que “nunca hubo fundamento” para lo que él denominó “esta falsa noticia”. También ese mismo año, el parlamentario británico conservador John Charteris – que sirvió en su país como responsable de inteligencia-, admitió durante un ciclo de conferencias en EEUU, que él había inventado la historia.

Se dice que la mentira tienen las piernas cortas. Puede ser. Pero no en todos los casos. Buena parte de la historia del siglo XX se ha escrito a base de infundios y de medio verdades. Hoy, la mentira política masivamente difundida constituye la primera arma de destrucción masiva de nuestro tiempo. Con embustes se organizó una coalición internacional para invadir Iraq y Afganistán. Con embustes se coloniza hoy la tierra palestina en Jerusalén este y  hace unos años se organizó la guerra de Siria y la crisis de los refugiados. Es con embustes también con lo que pretende llevársenos a una nueva “guerra fría” con Rusia. 

El problema afecta a nuestro país también. El Estado español está en jaque a causa de décadas de fraudes históricos sobre los que los nacionalismos periféricos han crecido y de los que se han valido para educar a varias generaciones. La división entre los españoles cunde a causa de la polución ideológica, que florece más por filias a fobias personales que por un anhelo de vivir en la verdad y construir sobre ella. 

A poco que se reflexione, uno se percata del enorme y siniestro poder de la mentira, de manera que, si bien resulta muy difícil reducir a los hombres a unos pocos criterios, la actitud ante la verdad –o alternativamente, ante la mentira- supone una de las razones más poderosas y radicales para clasificar a las personas. Sin duda esa mencionada actitud ante la verdad dice mucho de cualquiera porque no solo es una dimensión de nuestro fuero interno sino que también dice como van a ser las relaciones con los que nos rodean y en definitiva, cómo y en qué manera vamos a contribuir a modelar nuestro mundo.

Por todo ello constituye un enorme error de nuestra época desvincular la vida pública de la verdad para vincularla a la ideología. Esta  con mucha frecuencia se mira en el espejo de la propaganda, del reconocimiento del que manda y de los respetos humanos. En cambio la verdad la vemos cuando miramos a lo que en realidad somos. Nadie puede escapar a un autoexamen concienzudo en el que cada uno mira a tumba abierta en su interior. En consecuencia resulta imperioso que cualquier acción política se interrogue por su fundamento, por lo que hace, por lo que quiere hacer y por lo que pretende para el futuro. Nadie puede vivir en contra de la verdad y aunque los tiempos parezcan sugerir otra cosa, esta convicción supone una luz capaz de vencer las más obstinadas tinieblas.

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