Diario de Información y Análisis de Intereconomía
DESDE LA TORRE DE BABEL

Bienvenido Mr. Trump

O sea, que lo que Trump pone en peligro verdaderamente es el castillo de cristal en el que han habitados nuestros dirigentes políticos desde el final de la segunda Guerra Mundial en el caso europeo y desde el final del franquismo en el caso patrio.

Es seguro que muchos norteamericanos odian a Donald Trump. Sus razones tendrán. En Europa, sin embargo, más que odio que es un sentimiento muy próximo al amor, simplemente se le desprecia. “Es un demagogo”, se escucha. Y vulgar.  Y machista. Y agresivo… la lista de calificativos es larga aunque todos se condensa en una frase: “No es uno de los nuestros”.  En realidad nunca antes las élites políticas y los gurus mediáticos habían coincidido en expresar tanto rechazo frente a un candidato a presidente de los Estados Unidos.

Es verdad que Trump resulta agresivo en sus discursos y que sus palabras a veces son gruesas. Pero no creo que ese sea el verdadero motivo del rechazo de los dirigentes políticos europeos, sinceramente. Me da que el disgusto de ver a Trump en campaña –y el shock de imaginarle instalado en la Casa Blanca-  se debe más bien a dos cosas: la primera, que el candidato republicano (a pesar del establishment de dicho partido, dicho sea de paso) es un fiel reflejo de la sociedad real en la que vivimos. Por mucho que las elites se nieguen a aceptarlo, la irrupción del individuo como fuerza de expresión del descontento social, es el fenómeno político de nuestro tiempo.  Quienes aspiran a manejar a su antojo los mensajes positivos para ellos en las redes sociales, se rasgan las vestiduras cuando salen trasquilados en sus intentos. El estado de malestar contra los ideólogos y gestores del estado de bienestar es generalizado y trasciende fronteras. Y si a Trump lo apoyan muchos americanos no sólo es por lo que dice sino también por cómo lo dice: sin pelos en la lengua.

¿Es inaceptable que Trump diga en privado que la posición de poder sirve para aprovecharse de las mujeres, convertidas en sumiso y oscuro objeto  de deseo?  Me gustaría saber si los millones de fans de los  Rolling Stones, por nombrar una banda musical, quemarían sus discos porque en algún momento sus ídolos pop no veían en sus numerosas groupies más que un feliz pasatiempo.  Nos guste o no, el poder impone sus reglas y por mucho que intentemos mantenerlo bajo control, es lo que es, la capacidad de imponer la voluntad de quien lo detenta sobre otro, mujer, hombre, institución o país.

O sea, que lo que Trump pone en peligro verdaderamente es el castillo de cristal en el que han habitados nuestros dirigentes políticos desde el final de la segunda Guerra Mundial en el caso europeo y desde el final del franquismo en el caso patrio. Trump no es que sea grosero, es que es descarnado. No pretende engatusarnos con las mentiras almibaradas de la política de la izquierda y la derecha tradicionales. Trump no es el retorno del barbarismo, representa el final del contrato social imperante en el mundo occidental hasta ahora, basado en un elitismo encubierto, en la opacidad institucional y en unas promesas de progreso económico y social imposibles de sostener.

La segunda razón por la que nuestros dirigentes rechazan a Donald Trump tiene que ver menos con sus formas y más con el contenido de sus recetas para salir victoriosos de la crisis en la que estamos. Tremp apela la nacionalismo y a anteponer los intereses nacionales  a cualquier otro juicio; la nación es su unidad política primaria, cuyas fronteras deben ser activamente defendidas. Y es verdad, puede que en Bruselas no se quiera hablar más de naciones y sus fronteras, pero si hay algo que la Historia debería enseñarnos es que aquella nación que no defiende sus fronteras se está condenando a desaparecer. Trump, con sus diatribas contra los ilegales y sus defensa de los ciudadanos americanos primero, cuadra mal con el buenismo europeo y las pancartas que cuelgan de ayuntamientos como el de Madrid de “refugees welcome”. No es una ninguna broma: mientras que nuestros ministros y presidentes se empeñan en combatir la crisis económica, Trump nos dice que la verdadera crisis es civilizacional. Se trata de mantener nuestra identidad frente a quienes quieren acabar con ella.

Trump personifica un doble dilema para nuestras elites gobernantes: por un lado, escuchar las pulsiones de los ciudadanos no es algo que ya pueda limitarse a mentir sistemáticamente cada cuatro años, sabiendo que lo que se dice en campaña no es para cumplirse; por otro, deja en evidencia que el sueño europeo es, en realidad, una pesadilla cuyo único producto sólo puede ser el suicidio de aquel que lo siga ciegamente.

 

 

El mundo del Siglo XXI no va a ser el paraíso terrenal que nos han prometido durante los años de bonanza. No es ni jauja ni un camino de rosas, vino y miel.  Más bien se parece cada vez más al medioevo. Cierto, contamos con armas futuristas y más que vendrán, pero nuestros enemigos se bastan con machetes, allá y aquí. Lo nuestro no es un problema de stagflación o de cualquier otro concepto del argot de los economistas.  Es un problema de nosotros y ellos. Ante tal dilema, ¿con quien estaría más tranquilo, con Merkel, Rajoy o Renzi, o con un Trump al frente de su gobierno? No lo diga en alto si no quiere, pero sea honesto consigo mismo.

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